La historia de Juan | Melones el Abuelo
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La historia de Juan

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La historia de Juan

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Hay miles de historias dignas de ser contadas y que forman parte de las vidas de nuestros seres más queridos, en “La historia de Juan” damos voz a una de ellas.

Capítulo 1

Corría el año 1918 en una familia humilde. Fernando, era un padre de familia de tres hijos, dos de ellos suyos (Juan y Sara) y un tercero de su mujer María (Manuel) que quedó viuda siendo muy joven. Juan el mayor de los hermanos era un chico trabajador, obediente, tranquilo y respetuoso con su familia. Le encantaba el trabajo del campo. El ocuparse de los animales, de la siembra y recogida de las plantaciones.

Juan iba a un colegio de niños. Eran tiempos difíciles. La ropa y el material escolar era escaso. Los niños únicamente llevaban una cartera de trapo y un libro llamado Catón Escolar que servía para todas las lecciones. El disfrute de los más pequeños de la época se basaba en los juegos en la calle y en las fantasías que cada uno imaginaba a la hora de leer un libro.

Una mañana de Septiembre, su hermano Manuel despertó con fiebres altas y sudores fríos. El cuerpo le temblaba y los paños de agua fría no servían para nada. Los escalofríos le recorrían todo el cuerpo y el dolor se pronunciaba de forma intensa en el costado derecho. Vino el médico del pueblo de al lado, el curandero, el barbero… nadie puedo hacer por la vida de Manuel. El “dolor miserere” se lo llevó y con él un trozo de todos los que en aquella casa habitaban.

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Fueron días difíciles. Pero el trabajo en el campo y la rutina diaria no te dejaban mucho tiempo para pensar. Pasaron los años y con ellos la inocencia de Juan. Dejó atrás su niñez y dentro de él se generaban las ganas de conocer nuevas experiencias, de salir de casa y de descubrir nuevos horizontes.

Todos aquellos sueños fueron frenados en seco por el estallido de la Guerra. Corría el año 1936 y con 18 años recién cumplidos, Juan fue reclutado para acudir al frente. Una fría mañana de Diciembre partió desde la estación de tren sin saber el destino. El abrazo que su madre le dio le recorrió el cuerpo de pies a cabeza. Sabía que iba a estar mucho tiempo fuera y tan solo la idea de estar lejos de su familia, le aterraba.

Los días en la batalla se hacían interminables. Los días eran largos, duros y muy fríos, aún más sin saber si llegarías a ver el siguiente amanecer. Todas las noches, Juan, escribía a su madre sin tener la certeza de que las cartas llegasen a su destino. El simple hecho de que las leyera le llenaba de esperanza. Tras tres eternos años llenos de sufrimiento, un día llegó una carta que decía; que Juan Rodríguez Soria tenía la libertad para regresar a su casa… (continuará)

Capítulo 2

La mañana del 20 de diciembre de 1939, Juan bajó del tren que lo había traído de vuelta a casa. Tocó a la puerta y un sentimiento de tranquilidad le invadió el cuerpo. Su madre al verlo le dio un abrazo inmenso, lo miraba a cada instante porque no creía que su hijo estuviera allí.
 
Durante varios días Juan se sentía como en una nube, había soñado el regreso a casa en muchas ocasiones, y al fin estaba de vuelta. En los días siguientes a su llegada Juan sentía cada detalle, aprovechaba cada instante junto a su familia y saboreaba los productos de su casa.
 
Llegó el día de Nochebuena y en la casa se respiraba ambiente de fiesta y de alegría. La madre de Juan puso todo el empeño del mundo para tener en la mesa lo mejor para ese día. Ya con el fuego encendido y haciendo la masa para los cordiales, Juan ayudaba a su madre gustosamente. La casa se inundaba de un embriagante olor dulce que abría el apetito a todo el que rondase la calle. Durante la cena Juan saboreaba cada plato como si fuera el último. Aquellos platos le parecían manjares, las pelotas de su madre, el aceite de las oliveras, el anís Paloma, todo aquello y el calor de su familia reconfortó a aquel hombre que tanto había sufrido en la guerra. En esos momentos tan idílicos Juan se dio cuenta que quería formar una familia, que era algo maravilloso a lo que nadie debería renunciar.
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Con el paso de los días Juan retomó sus tareas en el campo, el mantenimiento de los animales y la recogida de la cosecha. Su responsabilidad para el trabajo era admirable. Poco a poco también comenzó a hacer vida social con los chavales del pueblo, a salir al baile, pasear en moto, ir al cine…
Los sábados a las 6 de la tarde comenzaba el baile en el Bar del pueblo. Una tarde Juan se animó a ir con sus amigos, y lo que no sabía es que esa tarde marcaría su vida. En el Bar el ambiente era acogedor. Las chicas se dejaban llevar por la música y no paraban de bailar. Desde la barra del fondo una chica morena y de ojos verdes sonreía sin cesar mientras hablaba con una amiga. Juan en ese momento, sintió que el tiempo se paraba y sólo existían ojos para ella. Se llamaba Teresa, y tenía la cara más dulce que cualquier otra joven que Juan hubiese imaginado. Cada vez que la veía se echaba a temblar y su corazón se exaltaba. Uno de esos sábados, Juan armado de valor decidió acercarse a Teresa e invitarla a bailar. Teresa muy recatada y sonrojada, se ajustó el pelo y comenzó a hablar con Juan. Aunque pasaron la tarde hablando sin parar, no fue suficiente para conseguir sacarla a bailar.
Quedaron en volverse a ver la siguiente semana. Juan se pasó el camino de regreso a casa en una nube, muy ilusionado y sin dejar de pensar en ella, deseando que el tiempo pasara rápido para volver a verla. Por otro lado, Teresa se sentía igual de atraída por ese chico misterioso, pero, tan simpático, que en una sola tarde le había robado el corazón.
 

Ilusionada sabía que el siguiente día en verse sería emocionante y que en aquella cita seguro que saldría a bailar con él…

Mientras pasaban los días, Juan sólo fantaseaba con la idea de formar una gran familia junto a Teresa. Llegó el sábado y Juan se acicalaba con esmero para su ansiada cita.

Teresa también impaciente por su cita, salió de su casa acompañada de sus primas y con los zapatos para el baile en la mano. Lo hacían así para no estropear los zapatos de fiesta, cuando quedaba poquito para llegar escondían los zapatos viejos a un lado del camino y se ponían los nuevos. Al llegar al baile Juan buscaba con la mirada a Teresa, que de pronto apareció con un precioso vestido azul, sus zapatos de tacón y carmín en los labios. Juan se quedó prendado. Comenzaron a hablar, pero las palabras duraron poco, enseguida el joven tomó la mano de Teresa y salieron a bailar. El tiempo se paraba junto a ella, hablaron de sus vidas, sus familias y de todo un poco. Vivían en pueblos diferentes pero cercanos. Ella era la mayor de 12 hermanos. Juan al conocer ese dato se quedó petrificado, pero, encantado a la vez de pensar que esa familia debía de ser maravillosa.

Siguieron bailando un rato más, pero se acercaba la hora en la que Teresa tenía que marcharse, así que Juan la acompañó a la calle y le dijo; “Teresa si te parece bien me encantaría ir a tu casa y hablar con tu padre, me gustaría ser tu novio y visitarte”. La muchacha ensimismada le contestó que sí. Entonces Juan la cogió de la mano y caminaron hasta el callejón. Se acercó a ella, y al acariciarle la mejilla pudo sentir su delicada piel, en ese momento de cercanía la miró a los ojos y la besó.

De regreso a su casa el joven, no podía ni darle a los pedales de la bicicleta, de la emoción que sentía, se quedaba atrás mientras sus compañeros le adelantaban, él divagaba pensando en ese beso, en ese precioso instante. Por otro lado Teresa flotaba como si estuviera en una nube, regresó con sus primas y no atendía a palabras. El beso de Juan la había dejado en el limbo.

Llegó por fin el día de las presentaciones oficiales. Juan estaba nervioso pero dispuesto a presentarse en casa de Teresa. Se acicalaba con esmero, se puso su mejor camisa y salió en bicicleta de su casa. Cuando quedaba poco para llegar se bajó de la bicicleta y continuó a pie. Al aproximarse vio en la puerta a cinco niños, hacía frío y el día estaba nublado, pero, a pesar del mal tiempo los niños estaban jugando y pasándoselo en grande. Juan llamó a uno de los niños y le preguntó por Teresa y este le contestó; “Si, es mi hermana y está dentro de casa”, Juan le pidió que la llamara. Teresa salió y vio a Juan debajo del pino que había en su puerta. Nerviosa, se acercó para saludarlo, y él le preguntó si estaba su padre en casa. Juan, quería pedirle permiso para entrar y contarle sus intenciones de comprometerse con Teresa. Ella sonrojada y nerviosa avisó a su padre.

El joven esperaba en la puerta atacado de los nervios e intentaba distraerse mientras veía a los niños jugar. De pronto Antonio, el padre de Teresa, salió y se le acercó. Durante la conversación que los dos mantuvieron, Juan tartajeaba por los nervios, ante esta situación Antonio, viendo al pobre joven lo mal que lo estaba pasando le invitó a entrar en casa. Juan caminó detrás del el mientras le rodeaban todos los niños que jugaban en la calle y entraron. Antonio invitó a pasar a los niños, pues todos eran sus hijos. En ese momento Juan pensó lo bonito que era tener una familia tan grande. Al llegar a la cocina se encontró una nueva sorpresa y es que en la casa había aún más niños que en la calle. Se quedó boquiabierto al ver esa gran familia. Además se le caía la baba al ver a Teresa tan hacendosa ayudando a su madre en la cocina. Estaba muy orgulloso de haber dado el paso de conocer a esa maravillosa familia y de formalizar su compromiso con ella.

Tomaron unas pastas y una copita de vino viejo. Era navidad y en esa casa el olor a dulces impregnaba las paredes. Al rato de estar hablando con Antonio, la madre de Teresa salió para conocer a Juan. Estaba embarazada, para su sorpresa. Se quedó atónito, no sabía que decir. Saludó a la señora mientras se servía otra copa de vino y de pronto notó como alguien le tiraba del pantalón, bajó la mirada y se encontró con una niña gateando. Juan estaba alucinando al estar rodeado de una familia tan numerosa.

Ya una vez tranquilos sentados en la puerta, la joven se reía del asombro del muchacho, al comprobar que sí que era verdad, Teresa era la mayor de doce hermanos.

Llegó la hora de marcharse, Juan se despidió de toda la familia y emprendió el rumbo a casa. Cuando llegó, sentó a sus padres en el salón y les contó toda la historia…

Capítulo 3

Mientras pasaban los días, Juan sólo fantaseaba con la idea de formar una gran familia junto a Teresa. Llegó el sábado y Juan se acicalaba con esmero para su ansiada cita.

Teresa también impaciente por su cita, salió de su casa acompañada de sus primas y con los zapatos para el baile en la mano. Lo hacían así para no estropear los zapatos de fiesta, cuando quedaba poquito para llegar escondían los zapatos viejos a un lado del camino y se ponían los nuevos. Al llegar al baile Juan buscaba con la mirada a Teresa, que de pronto apareció con un precioso vestido azul, sus zapatos de tacón y carmín en los labios. Juan se quedó prendado. Comenzaron a hablar, pero las palabras duraron poco, enseguida el joven tomó la mano de Teresa y salieron a bailar. El tiempo se paraba junto a ella, hablaron de sus vidas, sus familias y de todo un poco. Vivían en pueblos diferentes pero cercanos. Ella era la mayor de 12 hermanos. Juan al conocer ese dato se quedó petrificado, pero, encantado a la vez de pensar que esa familia debía de ser maravillosa.

Siguieron bailando un rato más, pero se acercaba la hora en la que Teresa tenía que marcharse, así que Juan la acompañó a la calle y le dijo; “Teresa si te parece bien me encantaría ir a tu casa y hablar con tu padre, me gustaría ser tu novio y visitarte”. La muchacha ensimismada le contestó que sí. Entonces Juan la cogió de la mano y caminaron hasta el callejón. Se acercó a ella, y al acariciarle la mejilla pudo sentir su delicada piel, en ese momento de cercanía la miró a los ojos y la besó.

De regreso a su casa el joven, no podía ni darle a los pedales de la bicicleta, de la emoción que sentía, se quedaba atrás mientras sus compañeros le adelantaban, él divagaba pensando en ese beso, en ese precioso instante. Por otro lado Teresa flotaba como si estuviera en una nube, regresó con sus primas y no atendía a palabras. El beso de Juan la había dejado en el limbo.

Llegó por fin el día de las presentaciones oficiales. Juan estaba nervioso pero dispuesto a presentarse en casa de Teresa. Se acicalaba con esmero, se puso su mejor camisa y salió en bicicleta de su casa. Cuando quedaba poco para llegar se bajó de la bicicleta y continuó a pie. Al aproximarse vio en la puerta a cinco niños, hacía frío y el día estaba nublado, pero, a pesar del mal tiempo los niños estaban jugando y pasándoselo en grande. Juan llamó a uno de los niños y le preguntó por Teresa y este le contestó; “Si, es mi hermana y está dentro de casa”, Juan le pidió que la llamara. Teresa salió y vio a Juan debajo del pino que había en su puerta. Nerviosa, se acercó para saludarlo, y él le preguntó si estaba su padre en casa. Juan, quería pedirle permiso para entrar y contarle sus intenciones de comprometerse con Teresa. Ella sonrojada y nerviosa avisó a su padre.


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El joven esperaba en la puerta atacado de los nervios e intentaba distraerse mientras veía a los niños jugar. De pronto Antonio, el padre de Teresa, salió y se le acercó. Durante la conversación que los dos mantuvieron, Juan tartajeaba por los nervios, ante esta situación Antonio, viendo al pobre joven lo mal que lo estaba pasando le invitó a entrar en casa. Juan caminó detrás del el mientras le rodeaban todos los niños que jugaban en la calle y entraron. Antonio invitó a pasar a los niños, pues todos eran sus hijos. En ese momento Juan pensó lo bonito que era tener una familia tan grande. Al llegar a la cocina se encontró una nueva sorpresa y es que en la casa había aún más niños que en la calle. Se quedó boquiabierto al ver esa gran familia. Además se le caía la baba al ver a Teresa tan hacendosa ayudando a su madre en la cocina. Estaba muy orgulloso de haber dado el paso de conocer a esa maravillosa familia y de formalizar su compromiso con ella.

Tomaron unas pastas y una copita de vino viejo. Era navidad y en esa casa el olor a dulces impregnaba las paredes. Al rato de estar hablando con Antonio, la madre de Teresa salió para conocer a Juan. Estaba embarazada, para su sorpresa. Se quedó atónito, no sabía que decir. Saludó a la señora mientras se servía otra copa de vino y de pronto notó como alguien le tiraba del pantalón, bajó la mirada y se encontró con una niña gateando. Juan estaba alucinando al estar rodeado de una familia tan numerosa.

Ya una vez tranquilos sentados en la puerta, la joven se reía del asombro del muchacho, al comprobar que sí que era verdad, Teresa era la mayor de doce hermanos.

Llegó la hora de marcharse, Juan se despidió de toda la familia y emprendió el rumbo a casa. Cuando llegó, sentó a sus padres en el salón y les contó toda la historia…

Capítulo 4

Eran fechas de reuniones familiares y Teresa pidió permiso a sus padres para invitar a Juan a comer el día de año nuevo, estos aceptaron gustosamente. Llegó el día, el joven entró a la casa y vio aquella enorme mesa llena de niños. Todo estaba muy bien organizado, no faltaba detalle y los niños eran muy educados. Teresa llevaba en brazos a su hermana pequeña que aún gateaba y el resto de niños cantaban villancicos acompañados de panderetas, mientras que Antonio el padre de familia, tocaba el laúd y la madre la bandurria. En aquella casa el espíritu navideño se respiraba en cada esquina. Juan no dudó en unirse a los cánticos, y disfrutó de aquel momento como un niño más.

El joven Juan estaba viviendo unos momentos maravillosos, la navidad le había traído unos instantes tan especiales que su alma se había colmado de ilusión. Su promesa de formar una gran familia, parecía que iba cogiendo forma. Algo mágico invadía su corazón y no quería que esa sensación desapareciera.

Transcurrían los días, y Juan visitaba a Teresa cada vez que podía. Estaba muy enamorado y ella le correspondía. En una de esas visitas, al llegar a su casa ésta salió muy arrebatada diciéndole que tenía que marcharse ya que su madre se había puesto de parto y ella estaba ayudándola. Juan un poco asustado, pues se escuchaban los gritos desde la puerta, decidió que lo mejor era marcharse. Antes, cogió la mano de Teresa, se acercó a ella, le dio un tierno beso en la mejilla y le dijo; “Cuida de tu madre y tus hermanos, yo vendré mañana a verte y si me necesitas avísame, te quiero mi vida”.

Para Teresa el atender a su madre en el parto no era nada nuevo, además se desenvolvía con mucha soltura. A las pocas horas nació una niña grandota y muy linda. La mimaban y cuidaban como si fuera la primera que llegaba al mundo. Cuando habían pasado las horas y la madre estaba más relajada, Teresa, abrió la puerta de la habitación y todos los pequeños de la casa pasaron corriendo a abrazar y a besar a su madre.


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Pasaron varios días y Juan volvió a galantear a la joven. Un par de noches a la semana la visitaba. Se sentaban en la entrada de la casa, cada uno en su silla. Lo primero que hacía la madre de Teresa era sacar la cuna y ponerla junto a Juan para que mientras meciera a la niña. Él estaba encantado de hacerlo, mientras mecía a la pequeña no dejaba de mirar a Teresa, le encantaba contemplarla y si tenía oportunidad le daba un abrazo o simplemente le acariciaba la mano.

Pasaron dos años de noviazgo y llegó el día en el que Juan le pidió matrimonio a Teresa. Ella no dudo ni un instante, dijo que sí y sus padres también dieron su aprobación. Así que para formalizar la situación los padres de Juan fueron a pedir la mano de Teresa. Tuvo lugar una cena y como era tradición, los padres del joven dieron un dinerillo a Teresa para que se comprara el vestido de novia. En aquellos tiempos los vestidos eran de color negro y cortos y las novias incluían en su atuendo un ramito de azahar que era símbolo de pureza. Por otro lado Juan, fue a casa de un sastre para que le hiciera un traje a medida. En la solapa del novio nunca podía faltar un clavel rojo. La fecha que se decidió para la boda fue un 6 de enero, día de Reyes, ya que para ambos la navidad había sido muy importante.

Llegó ese día tan esperado. A las siete y media de la mañana Juan estaba en la puerta de la Iglesia, a las ocho en punto comenzaba la celebración. El joven esperaba hecho un manojo de nervios. No pasó mucho tiempo cuando se escuchó llegar el viejo coche de Antonio. Juan miró a la puerta de la iglesia y empezó a ver pasar a todos los hermanitos de Teresa que iban derecho a saludarlo. Cuando el joven alzó la mirada y vio a esa preciosa novia se quedó ensimismado.

Una vez casados fueron a casa de los padres de Teresa a tomar chocolate, bizcocho y paparajotes, que habían preparado la noche de antes. A las doce de la mañana y una vez acabado el humilde banquete, el nuevo matrimonio cogió el tren que partía a la ciudad dónde pasarían tres días de viaje de novios. Nada más entrar en el tren una sensación de libertad se apoderó de ambos. Teresa cansada, apoyó su cabeza en el brazo de Juan y este encantado la abrazaba, la sentía más que nunca. Había reservado una habitación en un modesto hostal dónde pasarían tres noches y culminarían su amor.

Capítulo 5

Después de esa corta pero intensa Luna de Miel, volvieron al pueblo y se instalaron en la casa de los padres de Juan, hasta que encontrasen una casita para ellos.

Pasaron dos semanas y Juan se enteró de un terrateniente que buscaba a alguien para que se ocupara de trabajar sus tierras y a cambio le daría alojamiento gratuito en la propia finca. No lo pensaron dos veces y al poco tiempo estaban trasladándose a la nueva casa. Entre ambas familias compraron muebles para la pareja, eso sí, lo esencial. Una cama, un cofre, una mesa y cuatro sillas. Antonio le regaló a su hija dos macetas preciosas, pues a Teresa le encantaban las plantas. Por la noche y ya en la cama, Juan abrazaba con fuerza a Teresa mientras le susurraba al oído que le haría la mujer más feliz del mundo y juntos alcanzarían todos sus sueños. Las lágrimas recorrían las mejillas de Teresa, pero eran de felicidad y de amor.

Transcurrían los meses y Juan incansable trabajaba las tierras de su amo como si fueran suyas. Una tarde al caer el sol, Juan llegó a casa mientras que Teresa terminaba de preparar la cena. Juntos se sentaron para disfrutar un día más de esos alimentos que con tanto esfuerzo conseguían. Teresa miró a Juan y cogiéndolo de la mano le dijo que estaba embarazada. Juan dio un salto de la silla y abrazó a Teresa. Estaban muy felices con la idea de ser padres, pues era lo que siempre habían querido.

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Con el paso de los meses el cuerpo de Teresa iba cambiando, el vientre le aumentaba poco a poco, y mientras aprovechaba para hacerse vestidos a su medida. Su día a día era un no parar, desde bien temprano se encargaba de las comidas y las tareas de la casa, se acercaba al pozo a por agua varias veces al día y siempre estaba ocupada haciendo sus labores. Por las tardes, salía a la calle con sus vecinas y allí entre anécdotas hacían su costura mientras los niños de las otras correteaban sin parar. Teresa daba puntadas para su niño, haciendo preciosos baberos, percheles, etc. A Juan por otro lado le encantaba ver esa ropita y soñaba con que se acercara el momento del nacimiento.

Un domingo fueron a visitar a los padres de Teresa, estos se alegraron muchísimo al verlos. Juana, la madre, emocionada, tocaba la tripa de su hija. Pasaron el día disfrutando de una apacible jornada. Al llegar la tarde cuando ya se habían despedido y se disponían a volver a casa, Juana, sujetó a Teresa y le dijo que no se asustara, pero que en esa barriguita no llevaba un niño, sino dos. Ésta rápidamente, alcanzó a Juan, que se le había adelantado, para contarle el presagio de su madre, en un primer momento quedó atónito, pero cuando pudo reaccionar su cara se llenó de alegría…

Capítulo 6

Los siguientes días a la visita de sus padres, Teresa seguía muy atareada y con una gran ilusión de saber que daría luz a dos pequeños. Por otro lado Juan no le quitaba ojo de encima, se preocupaba por ella y no quería dejarla sola ni un momento. Por lo que decidió encargarse de todas los quehaceres domésticos que mantenían a Teresa alejada de una vida más tranquila, propia de una mujer en estado. Juan hacía la comida, iba a por agua y realizaba todas las tareas, además se esmeraba porque todo quedase al gusto de su querida mujer. Ella admiraba a su marido, le estaba muy agradecida y el amor que ella sentía crecía más y más cada día. Todos esos detalles en los que Juan se fijaba, le hacían sentirse la mujer más afortunada del mundo. Solo tenía bonitas palabras para dirigirse a él y sabía que sería un magnífico padre. La  buena voluntad de Juan, sumada a la larga experiencia de Teresa criando a sus hermanos, seguro les iba a convertir en unos padres maravillosos.

Una noche Teresa empezó a tener dolores muy fuertes en el vientre. Despertó a su marido y le dijo que fuera a por las cosas que ella misma había preparado para ese momento. Juan estaba muy nervioso y la pobre Teresa estaba sudorosa, angustiada y se quejaba agriamente del dolor, pero aun así sacaba fuerzas para tranquilizar a su marido. Ella sabía que era normal y que aquellos dolores resultarían en el regalo más preciado que jamás podrían hacerse.

Las horas se hacían interminables. Juan le secaba el sudor y las lágrimas a su mujer. La cosa se complicaba y ella veía que acostada en la cama era imposible dar a luz. Teresa pidió a Juan que trajera una silla de la cocina y le rompiese el asiento. Este hizo lo que le pedía, ayudó a su mujer a levantarse de la cama y Teresa se acomodó encima de la silla de cara al respaldo. A Juan se le venía un color y se le iba otro, pero atento a todo lo que su mujer decía. Teresa le pidió que pusiera una almohada debajo de la silla por si el bebé salía. Empujó con todas sus fuerzas y tras un grito de alivio, de repente una cabecita asomó, Juan puso sus manos debajo y cogió a su primer hijo.

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Aún temblando, se sentó en la cama y con el bebe en brazos se percató de que era un varón precioso. Acababa de dejar al niño en manos de Teresa, cuando la joven sintió de nuevo dolores y se dio cuenta de que el parto no había terminado, otra criatura venía de camino. Juan arropó al pequeño ya nacido y se puso de nuevo a ayudar a Teresa, a ella con espíritu incansable le sobraba fuerza para dar ánimos a su marido. El muchacho andaba con mil ojos, miraba a Teresa, a su niño en la cama y a la vez preparado para recibir a su segundo hijo. De repente un nuevo grito de su mujer fue el resultado de un nuevo nacimiento. Teresa se puso encima al niño, cortó el cordón umbilical y por fin pudo respirar tranquila. Los dos hermanos habían llegado sanos a este mundo y la madre había sobrevivido como una heroína.

Juan cogió a sus dos hijos y los puso juntos para que estuvieran calentitos. Eran las cinco y media de la mañana de un 16 de Diciembre, habían pasado toda la noche de parto y Teresa bromeaba diciéndole a Juan que estuviera atento por si venía un tercero. La fuerza y el buen humor de Teresa era admirable, el muchacho estaba exhausto y se quedaba sorprendido al ver a su mujer bromear. Juan encendió la chimenea para que todos entraran en calor y preparó un buen vaso de leche caliente, procedente de sus cabras, para su amada mujer. Se marchó a por agua y por el camino a cada vecino que se cruzaba le iba dando la buena nueva, estaba como en una nube, orgulloso de sus preciosos hijos y de su maravillosa mujer…

Capítulo 7

Al día siguiente la nacimiento, Juan fue a buscar la romana para pesar a sus dos niños. El primer bebé, Manuel, pesó 3 kg y el segundo, Jesús, 2,850 kg. Los jóvenes padres sentían un gran orgullo al ver que sus hijos habían nacido tan sanos y hermosos.

Juan apenas tuvo tiempo para descansar y a los pocos días volvió al trabajo. El tiempo que pasaba mientras hacía las tareas le daba para pensar sobre muchas cosas. Se sentía muy afortunado por todo lo que le había pasado. La Navidad le había traído momentos maravillosos y estos quedarían grabados en su memoria para siempre… Su vuelta a casa desde el frente, conocer a Teresa, su boda y como no el nacimiento de sus hijos.

Los días posteriores al nacimiento de los pequeños, su casa era un no parar. Los abuelos de los pequeños iban y venían siempre cargados de cosas. Los tíos pasaban las tardes entreteniendo a los pequeños y siempre se respiraba un ambiente muy familiar.

El tiempo pasaba y Juan veía que los rendimientos que le daba la cosecha no eran suficientes. Se encargaba de la explotación de tierras que no eran de su propiedad y la mitad de los beneficios iban destinados al propietario de las mismas. Por lo que empezó a buscar un trabajo que le permitiese llevar más ingresos a casa. Un conocido al que le había comentado su malestar le vino a buscar para ir a partir piedra y este aceptó. El lugar en el que ejercía el nuevo trabajo se encontraba a treinta kilómetros de su casa, y aunque en un principio se desplazaba a diario en bicicleta, el desgaste diario del camino le hizo tomar la decisión de pernoctar en el “tajo”, como hacían sus compañeros. El joven se marchaba los lunes bien temprano y volvía a casa los sábados por la noche. Aunque era muy duro separarse de su familia, la pareja entendía perfectamente que era cuestión de necesidad.

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Juan tenía mucha maña para cocinar y preparaba muchos platos diferentes, por lo que en su nuevo trabajo le propusieron encargarse de hacer las comidas para todos sus compañeros. Se hizo con varias ollas, sartenes y demás utensilios de cocinas. Todos los días se acercaba al pueblo más cercano y cargaba de lo necesario para elaborar las comidas del día.

A las seis de la mañana servía una olla grande de café de cebada, los trabajadores le añadían sopas de pan y enseguida marchaban a trabajar. Juan trabaja la piedra hasta las nueve de la mañana, hora a la que regresaba para amasar el pan para hacer una buena sartén de migas, cuando cocinaba siempre cantaba a los cuatro vientos y con alegría. Todos los días a las diez de la mañana aparecía el encargado para comer las migas de Juan y disfrutar del vino acompañado de los muchachos. Después el joven ya no marchaba para picar piedra, se quedaba para preparar la comida.

No pasaba momento en el que Juan no pensara en sus niños, en Teresa y en las ganas que tenía de pasar tiempo con ellos. Hasta que finalmente llegaba el sábado por la noche y partía para su casa, pedaleaba lo más fuerte que podía para llegar lo antes posible y ver a su familia.

Teresa arreglaba a los pequeños Manuel y Jesús para cuando llegase su padre, y ella se ponía preciosa para que Juan la viera como nunca. Cuando el joven cruzaba la puerta todo era felicidad, por fin todos se reunían. Los pequeños jugaban con su padre y el disfrutaba como un enano con sus hijos. Les traía caramelos a los pequeños y a Teresa siempre la sorprendía con algún detalle, unos pendientes, un pasador… Cuando los niños se dormían, la pareja aprovechaba para dedicarse todo el amor que se tenían. En la oscuridad los abrazos y los besos eran interminables y finalmente Teresa siempre se quedaba dormida en el regazo de Juan…

 

Capítulo 8

Ese fin de semana, no iba a ser un fin de semana como otro cualquiera, ya que Teresa iba a revelarle a Juan una muy buena noticia. Como ya venía siendo habitual los domingos, lo pasaron en familia. La joven pareja disfrutaba con las primeras travesuras de los pequeños y acabaron la tarde dando un paseo por el pueblo. Fue durante la caminata cuando la joven le contó a su marido que un nuevo bebe venía en camino. Juan, en un primer momento, se quedó sin palabras. Aunque su reacción no se hizo de esperar; “!Qué alegría, no nos íbamos a quedar solo con dos hijos¡”, exclamó. El joven desde que entró en casa de Teresa por primera vez y vio aquella gran familia, tuvo claro que quería lo mismo para él, y era un pensamiento, que obviamente, Teresa compartía.

Volvió al trabajo, aún con más ganas y empeño, pues sabía que necesitaba más que nunca los frutos que este le daba. Pasaron los meses y llegó el día del parto. Esta vez fue una niña, una niña preciosa, Juan atendió a su mujer, esta vez estaba tranquilo y todo fue más liviano. La vida continuaba y mientras los niños crecían, Juan seguía viendo a su familia de sábado a sábado. Una tarde al acabar la faena, le ofrecieron ir a segar a la Mancha, con una cuadrilla de compañeros, todos ellos conocidos y él aceptó. Nuevamente, lo que más le dolió de esa decisión fue separarse aún más de su familia, pues serían tres meses, que se harían interminables.

Durante este tiempo Juan, segaba el campo y también cocinaba para toda la cuadrilla. Eran en los momentos de las comidas cuando los muchachos se iban conociendo un poco mejor. Juan con quien mejor empatizó, fue con Luis, un joven muchacho que se había incorporado a la cuadrilla al poco tiempo de llegar a la Mancha. Otra de las tareas de la que Juan se encargaba era de recoger el correo. Luis, siempre le preguntaba con ansia si había llegado correspondencia a su nombre, pero la respuesta nunca era positiva. El pobre muchacho se había ilusionado con una chica y habían quedado en escribirse, pero no le llegaban noticias de ella. Por lo que no le quedaba otra que desahogarse con Juan. Pasaban los días y Luis, a pesar de los aires de esperanza que le daba Juan, iba de una lado para otro sin ilusión, una gran apatía se había apoderado de él.

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Un día, a Juan se le ocurrió una idea para ayudar a Luis a recuperar la sonrisa, por lo menos de forma temporal. Cogió papel y boli y comenzó a escribir, haciéndose pasar por la chica por la que su amigo tanto suspiraba. A la noche siguiente el muchacho volvió a preguntar si había correo para él, esta vez sí, Juan sacó una carta, que aún sin remitente, venía a nombre de Luis. El muchacho se puso loco de contento y separándose del grupo se sentó en un rincón para leerla a solas. Juan, desde lejos, observaba como el rostro de Luis volvía a reflejar ilusión. Pasaron unos cuantos días en los que el joven era todo alegría e incluso segaba entre cantos, todos sus compañeros le habían preguntado acerca de la carta de su “pretendiente”, y él le comentaba orgulloso los detalles de la misma. Una mañana, inmerso en la rutina diaria, Juan fue a por el correo del día. Al recogerlo se encontró con una inesperada sorpresa, una carta para Luis y esta vez sí tenía remitente. Juan se quedó de piedra, al ver que la chica de la que Luis tanto anhelaba una carta, finalmente le había escrito. No le quedó otra que contar la verdad, y aunque Luis al principio, no se lo tomó muy bien, en el fondo sabía que su amigo Juan lo había hecho para que su día a día fuese más llevadero.

Pasó el tiempo, terminaron con la siega y finalmente volvieron a casa. De aquellos tres meses en La Mancha, Juan se llevó a casa un poco de dinero ahorrado, muchas anécdotas que contar y una amistad que duraría muchos años…(continuará)

 

Capítulo 9

Pasó el tiempo y la familia fue creciendo. Al nacimiento de la niña, que se llamó Carmen, le acompañaron el de Rafael, un año más tarde, y el de Andrés. Ya eran cinco hijos los que habían tenido y se habían convertido en una familia muy numerosa, como siempre había querido Juan. Teresa en su día a día se mantenía muy ocupada, entre los quehaceres diarios y el cuidado de los pequeños. Mientras tanto Juan trabajaba de sol a sol, para llevar a casa todo lo necesario para que no les faltase de nada. La familia se hizo tan grande que la casa en la que vivían se había quedado pequeña. Juan muy ilusionado encargó una mesa y sillas nuevas al carpintero del pueblo, para que todos juntos se pudiesen sentar a la mesa.

Juan y Teresa eran conscientes de que tener tantos niños conllevaba una gran responsabilidad y sacrificio. Tan claro lo tenían que llegaron al mundo otras cuatro criaturas. Una preciosa niña rubia y de ojos azules, llamada María. Otro niño, al que se le dio el nombre de su padre, Juan. Le siguieron Carlos el benjamín de los niños y Ana, la que sería la más pequeña de nueve hermanos. Todos los partos habían transcurrido con tranquilidad y ninguno de los niños había tenido muchas complicaciones de salud, salvo algún que otro resfriado. Fueron nueves los hijos que Teresa y Juan tuvieron a lo largo de 17 años.

Antes de nacer Carlos y Ana la familia ya había ampliado la vivienda, el mismo casero de su casa, era el propietario de la vivienda, cuyo patio era contiguo al de la familia, la que también alquilaron. La segunda casa se convirtió en las habitaciones de niños los más grandes.

Se puede decir que a pesar de ser una familia muy numerosa, nunca pasaron falta de nada gracias a los esfuerzos de sus padres. En la aldea en la que vivían no existían tiendas en las que comprar los productos necesarios para el día a día. Era un vendedor ambulante, llamado Justo, que iba en su carro tirado por dos caballos, el que surtía a todas las familias de los víveres necesarios. Era una persona muy amable y nunca dejó que ninguno de sus clientes pasara escasez de alimentos. Muchas fueron las veces en las que Juan no le puedo pagar toda la compra y Justo, sin pestañear, se la dejaba en casa. El tiempo y los años que Juan y Teresa estuvieron comprando a Justo, forjaron una buena amistad, tanto que Justo, fue el que animó a Juan a construir la casa en la que viviría la familia el resto de sus vidas.

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Justo se percataba de que iban muy justos de espacio en esa vivienda y que Juan por mucho que trabajará nunca ahorraría el dinero para poder comprar una casa nueva. Como todas las navidades, el vendedor, pasó por el pueblo a dejar a sus clientes turrón y dulces propios de la festividad. Esta vez además abastecer a la familia, Justo, sabiendo que los padres de Juan tenían un pequeño terreno, le propuso ayudarle en la construcción de una nueva casa en el mismo. Él pondría los materiales y algo de mano de obra, y esperaría el tiempo que hiciera falta para que Juan le devolviese el favor. En un primer momento, el padre de familia, quedó impactado, nunca se había propuesto tal cosa, aunque era consciente de la falta de espacio. Lo consultó con Teresa y sus dos hijos mayores. Los tres apoyarían la decisión que Juan tomase, además Manuel y Jesús ya se encontraban trabajando y podrían ayudar en la construcción de la casa.

Al cabo de un mes, Juan tomó la decisión y se la comunicó a Justo, iban a construir un nuevo hogar. La familia al completo se alegró, la idea de tener una casa más grande y además que le facilitara la vida, era un sueño para todos. Los niños normalmente andaban cuatro kilómetros diarios para llegar al colegio, y la ubicación de la nueva casa se encontraba a unos pocos metros de la escuela.

No tardaron mucho en construir la casa, todos echaron una mano, incluso Juan después de trabajar iba a la obra, aun sin saber nada de albañilería. Finalmente llegó el día, cargaron todas las pertenencias en un carro y tras varios viajes de ida y vuelta culminaron la mudanza. Les costó mucho despedirse de la que había sido su casa, dónde habían nacido sus nueve hijos y en la que empezó a formarse la familia que ahora eran…

Capítulo 10

La experiencia construyendo la nueva casa fue muy satisfactoria para la familia, tanto que Manuel y Jesús, encontraron su vocación y decidieron que se iban a dedicar a la construcción. Eran chicos muy trabajadores y responsables y no tardaron en encontrar un puesto de trabajo que les permitía llevar un nuevo jornal a casa. Todo lo que iban ganando, se lo entregaban a sus padres para ayudar a pagar la deuda que habían contraído con Justo, que aunque no tenía urgencia, Juan quería solventar cuanto antes.
Juan también cambio de trabajo, ahora ejercía de guarda de un pozo de agua para regantes, trabajo menos físico y que le permitía estar más tiempo en casa. Fue un padre paciente y disciplinado. Quiso que sus hijos crecieran y adquirieran una serie de valores que les hiciera llegar a ser personas de provecho. Les inculcó puntualidad; en casa siempre se comía a las dos y se cenaba a las ocho, y a no ser que se estuviese trabajando, se exigía estar a esa hora sentado a la mesa. Pero sobretodo les demandaba responsabilidad, cada uno tenía unas tareas asignadas y sabían muy bien de sus obligaciones.

Pasado unos pocos años, Rafael y Andrés también empezaron a trabajar, que al igual que sus hermanos, destinaban el jornal para ayudar a pagar sus obligaciones. Al cabo de poco tiempo, la familia saldó su deuda con Justo, que se había hecho cargo de pagar los materiales y la mano de obra con la que se construyó la casa. Un favor que todos le agradecerían de por vida, ya que gracias a su buena fe, la familia podía disfrutar de una hogar que se adaptaba a sus necesidades.

Por otra parte Teresa a sus hijas, sobre todo a las más mayores, Carmen y María, les había enseñado a llevar la casa adelante, se ocupaban de muchas de las tareas; cocinar, coser, cuidar de sus hermanos más pequeños, etc. Habían aprendido a hacer labores de costura, desde vainicas y festones hasta bodoques perfectos.

Pasó el tiempo, Manuel y Jesús (los hijos mayores) fueron llamados para realizar el servicio militar, y cumplieron con su deber. Juan les ayudó mucho en esta etapa, dándoles consejos y preparándolos para que fuesen fuertes y lo superaran de la mejor forma posible. Fue un punto de inflexión, en el que Juan también habló con Rafael y Andrés para comentarles que cuando sus hermanos volviesen de la mili cada uno empezaría a ahorrar su sueldo. De esta forma podrían dar forma a su futuro y quién sabe si formar su propia familia. Al poco tiempo Juan heredó un terreno que pertenecía a su padre y se lo donó a sus 9 hijos, para que todos el día de mañana pudieran hacerse su casa. Los mayores comenzaron poco a poco a construir sus casas, estaban comprometidos y el tiempo pasaba muy deprisa.

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Carmen fue la primera de la familia en tomar matrimonio, se casó con un mozo del pueblo y al poco tiempo de la boda, dio a luz a un niño precioso. Ese niño, sería el primero de los muchos nietos que tendrían Teresa y Juan. Transcurrieron los años y cada hijo, poco a poco, fue dejando la casa familiar. Se fueron casando y labrando sus propias vidas. Juan y Teresa orgullosos de sus hijos, vivían con mucha ilusión cada paso que daban. Cada nacimiento, cada enlace, cada reunión familiar… solo de pensar que todo aquello lo habían forjado ellos, el corazón se les inundaba de alegría.
Eran ya mayores cuando Juan enfermó, de la enfermedad que ronda nuestras vidas. Teresa lo cuidó con todo el mismo amor que el primer día. Sus hijos no lo dejaron sólo ni un momento y lo visitaban constantemente. Un veinte y ocho de diciembre tras un largo período de tiempo luchando contra su mal, este, finalmente le venció. Falleció acostado su la cama, a los setenta y seis años de edad. En la casa que entre todos había construido hacía más de 30 años, rodeado de todos sus hijos y del amor de su vida, Teresa. Después de haber superado las mil y una pruebas que la vida le puso, Juan con muy poco consiguió todo lo que se propuso.
Fueron momentos duros en los que la familia se unió más que nunca, Teresa tenía una gran fortaleza, que sumada al apoyo de sus hijos le hizo seguir adelante. Vivió hasta los ochenta y nueve años de edad, después de una vida repleta de amor y felicidad.

Juan y Teresa dejaron como legado a nueve maravillosos hijos, cuarenta y cinco preciosos nietos y dieciséis hermosos bisnietos, en definitiva una gran familia, como siempre habían soñado. Todo lo que habían conseguido fue fruto del gran amor que se tenían, que nació aquella noche de diciembre, en aquel baile del pueblo. FIN

Queremos dar las gracias, a todas aquellas personas que han seguido “La historia de Juan” a través de nuestras redes sociales. Pero muy especialmente a Juliana Fructuoso, por aportarnos este relato, en el que ha puesto todo su corazón y empeño, contándonos esta historia basada en hechos reales y en la que muchos nos hemos visto identificados.

Seguiremos contando historias, estad muy atent@s.

Obra original: Juliana Fructuoso

Adaptación: El Abuelo de los Melones

 

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