Tarongers

Tarongers

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Con la entrada de la primavera, vuelven nuestros relatos. Habéis sido muchos los que nos habéis pedido que sigamos compartiendo con vosotros estas historias de ayer y de hoy. Esta nueva historia se titula, Tarongers (naranjos en valenciano) y está escrita por Narciso Martín (en este enlace podéis saber más acerca del autor). El sabor del fruto de este árbol y la nostalgia, será el punto de partida para que su protagonista, recorra un bonito camino a su pasado.

 

Esperamos que os guste!!! 

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Capítulo 1.

De la vida poco se sabe a ciencia cierta, excepto que solo hay una. Una cuestión muy cierta y demasiado evidente cuando el final se aproxima, pero que parece invisible y difusa en los primeros años, cuando la infancia y la juventud lo impregnan todo con desenfadada alegría y escasa responsabilidad. Tal verdad escapa de la comprensión de todo niño, como debe de ser, y el caso de Tomás no fue una excepción. Tomás creció rápido, sin mirar atrás y tampoco demasiado a delante pero, tras dos breves pestañeos, cuatro risas, dos llantos y algunas siestas, Tomás ha cumplido cincuenta y dos años. –Madre mía, los sesenta acechan. Si ayer jugaba al “sambori” y me inflaba a pipas…-. Pese a la incredulidad que le suscita el espejo de su habitación, la realidad vuelve desde su reflejo sin cortapisas ni tacto alguno.

Y es en este momento, en un punto de no retorno entre el ser un cincuentón y ser un señor de sesenta años, cuando Tomás comprende que está un poco perdido. Esa es otra verdad a la que no suele escapar casi nadie. ¿Quién no está perdido en algún momento de su vida? Tras una ducha con poca presión, un desayuno descafeinado y un repaso desanimado a las nefastas noticias del periódico, Tomás emprende este prosaico martes, tan parecido al lunes que ya pasó como lo será posiblemente del miércoles que llegará. Los días no parecen diferenciarse entre sí y eso que podría ser asfixiante y opresivo, resulta completamente indiferente para Tomás.

La rutina es una compañera de vida muy desagradecida y acaba por hacer pensar a las personas, no sin antes anestesiarlas críticamente. Tomás reparte el butano por el barrio del Cabañal todas las mañanas desde hace veinticinco años. Algo que pueden corroborar sus callosas y curtidas manos, al igual que sus castigadas y escandalosas vértebras. Durante la jornada de subir y bajar bombonas, de frío húmedo en invierno y de calor levantino y sofocante en verano, suele desconectar su mente todo lo posible, repitiendo siempre los mismos chascarrillos y comentarios, sonriendo sin ganas y contando las horas para finalizar. Pero últimamente este último hábito le resulta curioso pues, cuando el reloj marca los últimos treinta minutos de faena, en esos últimos instantes, se percata de que, en cuanto acabe, guarde el camión y se cambie de ropa, regresará a su vida, la cual hace ya tiempo que no le resulta nada estimulante, por no decir soporífera.

Por suerte hoy no es un día normal. Hoy es un bonito día de principios de octubre. El otoño siempre es un poco triste, pero a estas alturas parece que el verano todavía no se ha percatado de que ya debería haberse marchado. Luce un sol espléndido y la temperatura es ideal. La proximidad con la costa convierte el día de hoy en una prórroga veraniega, que hace más llevadera la tediosa rutina. Tomás realiza su ruta habitual. Se cruza con las mismas personas de siempre. Eso no ha cambiado. Pero hoy hay mercadillo. Y hoy, después de mucho tiempo, Tomás no va a almorzar con su compañero y amigo Emilio. –Hoy no hay carajillo. Hoy voy a comer algo de fruta, que esto se me está yendo de las manos-. Ha comentado agitando con gracia y sin vergüenza su barriga que, pese a no ser muy prominente, ya denota que se ha descuidado bastante. El trabajo es muy físico y tanto él como Emilio están robustamente cincelados a base de cargar bombonas, pero Tomás está decidido a llevar una vida más saludable o al menos a intentarlo.

Es entonces cuando, paseando por el mercado municipal, pasa delante de un puesto de naranjas y algo le hace detenerse. Las observa, son espectaculares. Lucen hermosas, redondas, en tonos ambarinos increíbles. Todas juntas, unas sobre otras, parecen docenas de soles al amanecer. Tomás no puede contenerse y coge una para llevársela a la nariz. –Aprovecha, hombretón, que son las primeras de la temporada, las tengo “regalás”-. La señora mayor que regenta el puesto, le anima con un desparpajo sin igual. Él le sonríe, esta vez no ha fingido tanto como de costumbre al hacerlo. Y, al aspirar el aroma de la esférica fruta, algo salta dentro de Tomás. Un resorte, por mucho tiempo adormecido, parece haber prendido una luz, que no se encendía ni daba calor dentro de su cabecita desde hacía demasiado. Un flash llega a su mente, como metraje antiguo de una película en tonos sepia. Es un retazo, a penas una diapositiva, de su lejana juventud. –Qué cosas te hacen recordar los olores…-

Al final acaba comprando las naranjas y se dirige sin prisa pero sin pausa al paseo de la playa. Esta a pocos minutos y allí se sienta a observar a los rezagados veraniegos, a esos obstinados bañistas que se niegan a aceptar que la mejor parte del año se aleja para no regresar hasta el próximo. Tomás saca una naranja de la bolsa. Observa a su alrededor y no puede evitar sonreír, al ver a un par de turistas que han adoptado, un poco saludable, tono rojizo en la piel. –Estos turistas no aprenden… deberían tener más cuidado con el sol…- Entonces clava sus grandes dedos en la fruta para abrirla y comérsela a la antigua, de dentro a fuera, la forma más deliciosa y placentera, al igual que la más pringosa y engorrosa. ¿Por qué así y no pelarla con la navaja, como él aprendió a hacer de su abuelo? No hay respuesta. Puede que haya sido ese resorte que se ha activado y que ha dejado encendido esa olvidada lucecita dentro. El caso es que ha querido hacerlo así, como un crío desmañado y, al pegar el primer bocado a la naranja, el jugo sale disparado por la comisura de sus labios, salpicando en todas direcciones. Efectivamente no es la forma más limpia pero, por todos los santos que Tomás lo está disfrutando como nunca.

Con cada dentellada, con cada gota de jugo cayendo por su garganta y también por su barbilla, con cada salpicadura acompañada de aroma a la “terreta”, Tomás siente algo que ni recordaba, es añoranza, es el pueblo, es su juventud y de repente se descubre sonriendo de verdad. Es tan extraño que incluso siente cierta vergüenza y mira a su alrededor, por si alguien le estuviese observando. Tras degustar otra naranja, acompañada de más flashes y morriña infantil, mira el reloj y comprende contrariado que debe regresar a la rutina. Más trabajo, más chascarrillos repetitivos, más de lo mismo. Al menos ahora el sabor y el aroma del ayer le acompañarán el resto de la jornada. Sin saber que cada una de esas fragancias, de esos matices y de esos sabores le llevará a un lugar que él no hubiera imaginado. La vida es un conjunto de sorpresas, solo hay que dejarse maravillar y sorprender. Eso es todo…

 

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Capítulo 2.

La larga y agotadora jornada concluye y Tomás regresa a su casa. Allí donde nadie le espera. El camino hasta ella es el mismo, caminar las veinte calles que separan su hogar del almacén de camiones. De normal ese paseo suele transcurrir con paso lento, casi arrastrando las botas ya sin anudar, sin prisa por llegar donde no le esperan, pero hoy es distinto. Hoy Tomás siente algo diferente. Le parece que hoy es un buen día. No sabe por qué, pero su estómago le hace cosquillas y le dice que así es. Hoy merendará unas naranjas. Sí, cortaditas en rodajas y espolvoreadas con un poco de canela… Es una buenísima idea. Y ese ínfimo e insignificante detalle le tiene, contra todo pronóstico, muy contento.


Y el día pasa y la noche ha llegado, casi furtivamente y sin avisar. Tomás está en su sillón, viendo un programa al cual por minutos le ha ido prestando menos atención. Sin saber por qué su mirada se ha desviado de las luces de la pantalla. Lleva varios segundos con los ojos clavados en las tres naranjas que quedan, redondas y brillantes, luciéndose en la mesa del comedor. “Els tarongers…” Piensa susurrando para nadie, tratando de no molestar al silencio. No sabe cómo ni por qué, pero ahora está observando involuntariamente la estantería de al lado, a un punto en concreto, a un lomo desgastado de cuero oscuro. Se levanta, como llevado por unos hilos que ascienden hasta donde no alcanza la vista y coge el viejo álbum de fotos. Regresa de nuevo al sillón y abre la tapa de piel. Esta le gruñe levemente, parece molesta por tanto tiempo de olvido. Dibuja una sonrisa, la del almuerzo, la de verdad. En la tele un señor agita las manos muy airado, pero a Tomás ya no le interesa. Solo recuerda cosas agradables y entrañables conservadas en blanco y negro, algunas a color, y con bastantes grietas en las esquinas. Qué tiempos aquellos…El pasado se presenta ante él y lo secuestra con amables instantáneas, que le hacen rememorar muchas cosas.


El ayer siempre resulta bello. Incluso cuando no lo fue. Algo tiene, tal vez la lejanía, tal vez la juventud, no se sabe el qué, pero de alguna forma todo siempre parece mejor, más luminoso, más cálido. Tomás se sumerge en el lago de los recuerdos y nada por horas en sus evocadoras aguas, que apenas traen pena, y la que llega es leve. Ningún pesar resiste cuarenta años. Y así transcurre la velada, hasta que, a las once de la noche, Tomás se regaña a sí mismo. Y se dirige perezosamente a su habitación vacía, no sin antes pasar por al lado de las naranjas y oliendo una. Tal vez deseando que ese dulce y a la vez ácido aroma le lleve esta noche a algún lugar que merezca la pena soñar.
Es increíble como la noche alberga toda clase de cosas inexplicables. Es algo que tiene que ver con la luna. Debe ser eso. Sea lo que sea, la noche es ese momento en el que cualquier evento, por extraño o imposible que parezca, podría producirse. Pero de entre todos ellos los más valiosos a la par que intrascendentes son los sueños, pues en su interior todo es posible. Hay quien piensa que son un lugar concreto, un lugar que existe, como otro planeta o universo distinto y cada uno tiene el suyo. Tomás ya lleva un par de horas durmiendo. La noche es fresca y sin ser consciente de ello se arremolina girando sobre sí mismo, para que la sabana lo envuelva. Da la sensación de ser un bebe en el vientre de su madre. Mientras tanto en el planeta de los sueños de Tomás se está sucediendo algo importante, algo que podría cambiar el discurrir de su vida.


Está de pie, sobre una loma alta. Es un día de finales de verano, podría ser este mismo día. El sol brilla con fuerza, como si pretendiera traer el calor estival a golpe de llamaradas lejanas, pero el aire que sopla viene del norte y apacigua tal sensación. Frente a Tomás se extienden decenas de campos verdes, parecen no tener fin. Cientos de tonos verdosos danzan de forma uniforme, como siguiendo el ritmo de una canción que solo ellos pueden escuchar y todos ellos lucen moteados de lunares ambarinos. Cientos y cientos de naranjas se agitan en las ramas, esperando a ser recogidas. Es una estampa preciosa.

Cuadrillas de jornaleros, caminan entre los árboles, recogiendo el fruto del verano. Tomás los puede ver a lo lejos, como hormiguitas con sombrero de paja, laboriosos y entregados. Parecen felices. Sí, diría que lo son. La tierra otorga una extraña sensación de satisfacción. La unión del hombre y la tierra es ancestral y especial. Una sutil melodía de piano parece viajar arrastrada por el viento. Es extraño, pero es un sueño y en ellos puede suceder cualquier cosa. La escena de la recolecta llena de felicidad a Tomás, que alza la mano y se seca el sudor de la frente cuando, algo extraño le hace alertarse. Es como si algo no encajase. Se mira las manos y algo hay en ellas que no le resulta familiar, pero no sabe qué es. Entonces otra mano, la de un niño, se aproxima a la suya y la coge. Por un instante siente paz y también amor. No mira a la criatura que desde abajo le sujeta, sino que devuelve la mirada al horizonte. Segundos después una risa infantil, casi armoniosa, llama de nuevo su atención y entonces por fin se vuelve a observar de dónde viene ese soniquete juguetón.

A sus pies hay un chiquillo de unos seis años. Es hermoso y robusto, con unos caracoles en el pelo que dan vértigo verlos. Está sentado sobre dos cajas vacías, comiendo una naranja a bocados, pringando su manita, su ropa y hasta sus zapatos, pero disfrutando como lo que es, un niño. Madre mía, cómo te estás poniendo… Tomás le riñe con ternura y con una sonrisa en la boca. Es entonces cuando el crío le mira y todo se detiene. Esa cara, esa ropa, esas cajas, esa naranja… la información está ahí, pero es difícil descifrarla. Los sueños son enigmáticos y caóticos. No se dejan entender fácilmente. La sorpresa en el rostro de Tomás es reveladora. Ya sabe lo que ocurre, sabe quién es ese niño… ese niño es él. Y ese hombre de manos rugosas y de brazos velludos, es en realidad su abuelo.
El sueño se desvanece y Tomás sigue soñando. Al amanecer es probable que no recuerde nada pero, si hiciera por recordar, si el sueño quedase grabado, todo podría cambiar. No siempre podemos escapar de nuestros sueños ni de nuestro destino manifiesto. No siempre podemos obviar quiénes somos o quiénes debimos ser. No siempre podemos dejar de buscar el sentido de la vida.

Continuará…

 

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Capítulo 3.

La mañana llega y Tomás abre los ojos, segundos antes de que el despertador se ponga a sonar en el silencio de la todavía madrugada. Las seis es una hora demasiado temprana para cualquier cosa. La noche ha pasado en un pestañeo y Tomás se extraña de no haberse levantado ni una sola vez para ir al baño o beber agua. Es raro en él. Hace mucho tiempo que no conciliaba una velada completa, lo cual lo tiene siempre algo decaído. Pero hoy es un día raro, se ha despertado antes de que el despertador le zarandee los oídos y encima lo ha hecho con una extraña sensación de ánimo. No es normal tampoco. De hecho es tan raro que incluso se preocupa. Cuando uno se acostumbra a no ser feliz, la misma felicidad o el atisbo de una mínima emoción que se le parezca, puede llegar a asustar.

La rutina habitual de Tomás discurre con una normalidad casi calcada a otras mañanas, pero hoy suena una musiquita en su cabeza. Tararea por la casa, mientras enciende la cafetera eléctrica. Tararea mientras se cepilla los dientes. Tararea mientras se ducha. ¿Qué maldita canción es y por qué la tengo grabada? No hay respuesta. En la mesa del comedor, desayuna su tostada integral aderezada con nada y su café mojado con deliciosa nada. Es la nueva dieta que se ha propuesto para recuperar la forma. En la tele las noticias matutinas. Desgracias a primera hora. Así es normal que la gente no vaya alegre a los sitios. Todo son desdichas, tragedias y fechorías varias.
Tomás no presta mucha atención al informativo, ¿para qué?, es lo de siempre, piensa. Hasta que llega la sección de deportes, también es lo de siempre, pero hablan de su equipo. El Valencia arrastra una racha muy floja y podría descender de categoría. Eso no es algo que le quite el sueño, pero al niño que lleva dentro, valencianista de corazón como su padre y como su abuelo, le duele un poquito. Afortunadamente ayer ganaron. Tres esplendidos goles, que parecen animar a la afición. Ser valencianista es ser un sufridor. “Patidors Taronges…” decía su padre. Tomás sonríe al recordar y echa mano a una de las naranjas que quedan de ayer y la abre con las manos. De nuevo el pringue se produce por toda la mesa y entre sus dedos, pero el aroma que se desprende al salpicar el aspersor de jugo le hace reaccionar. El sueño…
Como si de un metraje en diapositivas se tratase, toda la información que ayer se reprodujo en estéreo y a todo color en su mente, regresa ahora a la pantalla, aunque sea a pedazos y en un blanco y negro mudo. Los campos de naranjos. El calor, las cajas amontonadas, la cancioncita, el abuelo… El “yayo”… Pero más cosas también aparecen en esas diapositivas. El pueblo y sus escalinatas. La plaza principal con sus banquitos alrededor. La iglesia, pequeña pero preciosa, reluciente de blanco como una novia el día de su boda. El patio de la casa de su “yaya”, con un pequeño jardín con tomateras plagadas de enormes esferas coloradas como a fuego. La bicicleta, aquella BH bronce, con las ruedas pequeñas, y el fardo cargado siempre atrás. La lluvia de imágenes que parecen haberse sucedido a lo largo de la noche, abruman a Tomás que apenas puede acabarse el café, mientras trata de ordenar todo aquello. Hay más, mucho más. Hay quien diría que haya dormido por semanas, sino ¿de qué manera ha podido almacenar tanta información en un sueño de una sola noche? No encuentra respuesta y aun así siente que significa algo. Tiene esa sensación de tener que hacer algo o decir algo, pero no alcanza a encontrar la solución.

Toca ir a trabajar. El día transcurre lento, como envuelto en una espesa niebla. Hoy a duras penas habla con Emilio. No bromea ni sonríe a los clientes. Ni tampoco hace comentarios chistosos, por los que es tan conocido. Hoy no puede hacer nada de eso, porque algo espolea su cabecita. Ese sueño… Esos recuerdos… ¿por qué? No hay respuesta todavía. Está ahí. Él lo sabe, pero no llega. A punto de concluir la jornada, su compañero Emilio, preocupado y algo molesto por el infrecuente silencio, le pregunta por su estado. A tí te pasa algo, macho… Tomás le cuenta su extraño sueño y su inquietud al no entenderlo, pero su amigo le responde con total naturalidad. “Che”, eso es morriña. Así de “fassil”. A veces las respuestas más simples son las correctas. La jornada concluye, en el mismo silencio con el que comenzó, pero la teoría del psicoanalista doctor Emilio no le abandona. Morriña… ¿será eso? ¿Nostalgia? Será eso. Podría ser.


La mitad del rompecabezas parecía estar clara. Pero aun así, seguía sin verse la imagen que este representaba. Al llegar a casa, tras un paseo largo y arrastrado, como tantos otros, Tomás está decidido a hacer algo. Rebusca por la casa, a la caza de una vieja libreta. Una agenda de papel de las que ya no se usaban. Eso anda buscando por los cajones. Por fin la encuentra y su primera impresión es de nudo en el estómago, ya que no es suya, él únicamente la heredo de su madre, junto a otras tantas cosas viejas y ya en desuso. Agita las hojas, sin ninguna delicadeza. Busca la P. Una vez en la página correcta sondea los nombres hasta que aparece. Paquita, Prima.
El teléfono es un fijo y Tomás duda. Puede que al llamar ni si quiera dé tono, pero de igual forma marca y sí da tono. Una voz rasgada y anciana responde al otro lado. Es la voz de la prima de su madre, para él su tía, de siempre. Hace más de veinte años, desde el fallecimiento de su querida madre que Tomás no hablaba con nadie de la familia. Es un momento extraño, precedido por un silencio que la anciana interpreta como molesto e insiste carraspeando y alzando la voz. Sí… tía Paquita… soy Tomás… el hijo de la Amparito… Le ha costado hasta pronunciar su nombre, pero ya está. La conversación fluye y la anciana al teléfono se alegra sobremanera de la inesperada llamada. Conversan por más de treinta minutos. Se tratan de poner al día en un intento fútil por obviar los años de silencio e indiferencia. Sigue existiendo un cariño que va más allá de los apellidos, pues está ligado a la sangre. Es entonces cuando la revelación llega a Tomás, que comprende todo o quiere hacerlo. El hijo de su tía, el “prim” Luis, su primo segundo, con el que él se crió los veranos de infancia y juventud, está ahora muy enfermo. Están todos muy preocupados y no saben si se recuperará.


Tomás, con un nudo en la garganta, siente la necesidad de dejarlo todo y acudir al rescato de un hombre al que hace más de treinta años que no ve y que aun así era su mejor amigo de infancia. Aquel crío de ideas traviesas y de resistencia a los azotes sin igual, con el que trasnochó, jugó y cazó lagartijas, hoy se moría. Tomás no le debía nada. No tenía obligación de nada. Pero sentado a la mesa de su solitaria casa, con el teléfono en la mano, miró las dos naranjas que quedaban del día anterior. Su fragancia, su color, su sueño… el sueño… las naranjas… no podía ser una coincidencia. No quería que lo fuese. Al fin y al cabo las señales del destino están ahí para que hagamos con ellas lo que nos dé la gana.


Sí, tía, mañana mismo iré a veros. No te preocupes…

Continuará…

Capítulo 4.

Aún no se ha hecho de noche, aunque los días ya comienzan a acortar. Son las siete de la tarde y el sol comienza a enrojecerse y el cielo ya se torna más oscuro, como mar profundo. Tomás cuelga el teléfono y llevado por un ímpetu impropio de él vuelve a marcar. Está decidido hasta un punto preocupante. Sería capaz de hacer cualquier cosa ahora mismo con tal de cumplir la promesa hecha a su tía. Al otro lado del aparato contesta su supervisor, el señor Polinario, un hombre normalmente seco y de carácter agrio, al menos en el trabajo. Se dice que fuera de él es un bromista, que gusta de compartir carajillos con cualquiera que tenga ganas de escuchar sus chistes verdes, y que nunca le duelen prendas en invitar. -A ver… y tú, ¿qué quieres ahora, “gurriol”?- Ya desde su contestación demuestra que hoy es otro día en el que no está de buen humor. Es una persona que parece haber nacido con una astilla clavada en un pie, siempre molesto, siempre irritado y siempre a punto de saltar sobre alguien. Pese a todo eso, Tomás tiene que conseguir disponer de esos días que tanto necesita.
Le explica que tiene un familiar muy enfermo y que va a gastar esas libranzas para poder ir a visitarlo antes del estertor final. Se ofrece a entrar a trabajar más temprano, para que esto le permita salir dos horas antes y poder emprender carretera antes de que entre la noche. En el teléfono se produce un silencio un poco incómodo, que finaliza al poco rato con un -sí, vale, de acuerdo- .

Tomás sonríe victorioso. Puede que a su regreso deba lidiar con horas extras, pero le da igual. Cuelga el teléfono muy orgulloso de sí mismo y, para festejar, se sirve una cerveza fría de la nevera, mientras ojea de nuevo el antiguo álbum de fotos. Hay tantos recuerdos y tantas personas que ya no están. La foto de él de pequeño sentado dentro de una cesta de mimbre enorme y con su abuelo en su taburete a su lado le hace sonreír. Alza su cerveza para hacer un brindis solitario y se permite un pensamiento para aquel buen hombre cuya única meta en la vida fue trabajar para su familia. -Por ti “yayo”…-

Tras ese pequeño momento de regalo para sí mismo, se pone en pie. Debe prepara su equipaje. Mañana en cuanto regrese del trabajo debe coger un autobús y quiere tenerlo todo listo. Son dos semanas las que pasará allí así que diez pares de calcetines, diez calzoncillos, tres pantalones largos, dos cortos, varias camisetas y tres camisas, sus únicas camisas decentes. Con todo amontonado en la maleta, supuestamente doblado, se da cuenta de que casi lleva todo su armario. No tiene mucha ropa. ¿Para qué? Su vida es trabajar y poco más. Por un instante, detenido frente a su escasa y no muy decente ropa, se da cuenta de que no tiene vida. Al menos no una vida de verdad. Lo sabe de hace tiempo. Tampoco es una sorpresa. Ha estado años aletargado, alejándose de todo el mundo sin irse muy lejos. Escondido tras una rutina y en el interior de una casa vieja. No es una revelación que desorbite los ojos de nadie. Ya llevaba semanas planeando sobre su cabeza y pese a ello le pilla algo desprevenido. Pero todo eso podría estar a punto de cambiar. Lo bueno de tener poco que conservar o perder, es que no hace falta mucho para comenzar a ganar.

La noche llega y luego pasa, lenta. Las manecillas del reloj se agitan adelante y a atrás, jugando con la mente de Tomás, que no puede conciliar el sueño al saber que, en pocas horas, volverá a su pueblo. -El “poble”… cuánto tiempo. ¿Cómo estará? ¿Lo reconoceré? ¿Me conocerán?- Las preguntas se amontonan en la parte trasera de su mente, como un remolque de incertidumbre que deberá de arrastrar por la carretera nocturna en la que se encuentra. Por suerte no hay inquietud que no acabe doblegada por la luna, y al final Tomás se duerme. Una vez en su planeta de sueños, vive decenas de experiencias, pero no las recordará al despertar. Hoy no es una de esas noches especiales.
Amanece, hoy con más dificultad. El despertador ha tenido que rescatar a Tomás de la cama, agotado por el desvelo de la noche anterior. No obstante, sigue animado y nervioso. En menos de siete horas partirá hacia sus raíces. Es lo que más ganas tiene de hacer ahora mismo. A lo largo del reparto, vuelve a estar tan dicharachero como siempre, aunque necesita de algunas dosis esparcidas de café para aguantar el cansancio. Al contarle a Emilio su decisión y su conversación con el supervisor, su compañero le aplaude. -Eso es lo que tenías que hacer. Con dos “collons”…- ambos se ríen y bromean. Y, a dos horas de concluir la jornada, Tomás se despide de su amigo y salta casi en marcha del camión para regresar a casa.

El camino de vuelta se hace hoy ligero y dinámico. Los pies no arrastran por el suelo, sino que más bien vuelan. Tiene el tiempo justo para llegar, coger la maleta y salir hacia la estación de autobuses. Si llega a tiempo el autocar que pasa por su pueblo sale en hora y media, pero si se retrasa un poco tendrá que esperar dos horas más. Una vez en casa, todo está listo así que se ducha rápidamente y entonces, al mirar el reloj y ver que todo va según lo previsto, se detiene. -Un último regalo-. Tiene un antojo final para celebrar esta extraña aventura. Coge las naranjas del comedor, las lleva a la cocina, las pela con un cuchillo, las corta en rodajitas y las baña en viscosa y deliciosa miel de flores. Sin duda un premio ganado con honor y un final más que digno para esas premonitorias y misteriosas naranjas de la nostalgia. -Deliciosas…-

Continuará…

 

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Capítulo 5.

 

Tomás llega a la estación cuando el autobús que debe llevarlo a su pueblo abre sus puertas. Todavía no ha subido ninguno de los pasajeros y el conductor se está preparando en el habitáculo, antes de comenzar a cortar tickets. La cola no es muy larga, poca gente va a los pueblos pasadas las vacaciones de verano. Tomás se pone al final de esta y sonríe educadamente a la señora que le precede. Él no es muy sociable fuera de su trabajo. Con el tiempo se ha ido cerrando al exterior. No le gustan las conversaciones de ascensor, ni las preguntas indiscretas en la pescadería, ni nada similar. Se ha convencido a sí mismo de que ya habla con demasiada gente en su jornada laboral, por lo que el resto del tiempo prefiere disfrutar del silencio o como mucho de un buen libro, si es que aún le quedase alguno bueno por leer. No obstante hoy, sin motivo o explicación, se siente animado e incluso podría charlar con alguien, si se diese la ocasión.
Antes de subir, un empleado de la estación comienza a recoger las maletas para guardarlas, por lo que Tomás se apresura, algo indispuesto y sorprendido, a sacar de dentro un par de cosas. No hay nada de valor en su interior, a excepción del álbum de fotos. No quiere separarse de él. Tal acción no pasa desapercibida para la señora que tiene delante, la cual le devuelve la sonrisa del principio. – ¿Recuerdos? – Inquiere ella muy amable, como sabiendo lo que significan por su edad. Tomás asiente un poco avergonzado. – Son muy importantes…- Asevera la mujer que sube al autocar y saluda de forma educada al conductor. – Buenas tardes tenga usted…-

Una vez todo el mundo sentado en sus asientos, el autobús emprende la marcha, lenta pero segura. Es un trayecto relativamente corto. Normalmente se puede realizar en unos cuarenta y cinco minutos yendo en coche, pero el autobús se demora por más de hora y media. Tal cuestión hubiera importunado a Tomás que, pese a no tener nunca excesiva prisa, parece que siempre llega tarde y odia perder el tiempo. De nuevo hoy no es un día normal en la vida de Tomás y, sentado en su butaca pegada a la ventanilla, le parece perfecto que el viaje discurra por entre los pequeños municipios. Como entretejiendo la carretera con su estela por toda la comarca. De nuevo una caricia de nostalgia le roza la piel y le produce un hormigueo que le llega hasta la nuca. Como antes…
Cuando Tomás era pequeño, el pueblo era el destino de las vacaciones, desde que acababa el colegio hasta que tocaba regresar. Eran de una familia humilde y no todos los años se podían disfrutar de viajes familiares. Pero al joven Tomás le daba igual. Él adoraba el pueblo. Disfrutaba de pasar allí cuanto más tiempo mejor. Vivir con sus abuelos le encantaba. Y a lo largo de las semanas estivales sus primos, que vivían en distintos rincones del país, iban llegando en su visita anual obligada, por lo que había sorpresas semanales y compañeros de juegos sin fin. Y por supuesto su primo segundo, el “prim” Luis, para él. Por lo que, cuando había que ir al pueblo, le tocaba hacer ese trayecto hasta allí y además solo. Por aquel entonces se podía facturar a un chiquillo en el autobús, bajo la atenta mirada del conductor, y a su llegada los abuelos lo recogían sin más complicaciones. Los recuerdos de aquellos trayectos sin despegar la nariz del cristal hacen sonreír a Tomás. Siempre iba observando a las personas que subían y bajaban del autocar. Incluso se despedía de los que se iban y entablaba conversación con casi todos los que se sentaban a su lado. Sin vergüenza y aunque nadie le hubiese dado pie, él les contaba sus andanzas sin reparos. – Voy a casa de mis abuelos. Voy a pasar las vacaciones a mi pueblo. Voy a veranear con mis primos.- Ante tal visión del ayer, a Tomás le cuesta verse en la piel de aquel pequeño desvergonzado y risueño pero, con todo y con eso, le trae alegría al rostro y emoción al corazón.


-¿De visita al pueblo?- Dice una voz amable y anciana. Es la mujer de la cola que está sentada en la fila lateral opuesta y que se inclina para conversar. Está intrigada por el álbum de cuero ajado que lleva Tomás sobre sus piernas. Él le responde que sí. Quiere preguntarle cómo lo sabe, pero no lo hace, es obvio, este autocar no viaja a ninguna capital de provincia, solo a municipios medianos o cercanos a aldeas. La conversación, que había comenzado algo lenta y a trompicones, con más merito de la señora que de Tomás, ahora es bastante fluida. Ambos se cuentan sus planes a corto plazo. Él le relata la historia de su primo, de su tía e incluso se atreve a sincerarse con el tema de las misteriosas naranjas, como si fuesen un personaje más de la historia, incluso uno principal.


La mujer, que sonríe agradable y atenta a todo el relato, asiente y hace gala de decenas de surcos en la piel, propios de una vivida prospera y longeva. Al concluir Tomás, ella le dice que eso es una señal. Él sonríe escéptico, pero no deja de escuchar. Ella continúa y le habla del fino abismo que existe entre las coincidencias y las casualidades. Le relata entonces el porqué de su viaje en ese autobús, que discurre por una ruta casi obsoleta. Ella va a su pueblo natal a presentar los respetos a sus difuntos padres, así como a su hermana mayor y muy especialmente a su marido. La viuda con una sonrisa le explica a Tomás que si no hubiese sido por una señal del destino ella no hubiese conocido a su Venancio, pues un torrente de agua calló hará ya más de sesenta años y ella, siendo entonces una jovencita de dieciséis años, se quedó incomunicada en la ermita del pueblo, en lo alto de un pequeño cerro, donde casualmente tuvo que refugiarse un joven y recio forastero, en busca de cobijo. De cualquier otra forma, no se habrían conocido. – Puede que incluso me hubiese quedado compuesta y sin marido, al igual que mi hermana, vistiendo santos. Ese diluvio era para nosotros y así fue que nos llovieron más de cincuenta años de matrimonio y tres chiquillos preciosos.-


Tomás se ha quedado sorprendentemente emocionado por tal relato. Él no dice nada más, a parte de lo inspirador que le ha resultado y felicita a la anciana por una vida tan plácida. Pero tras eso, se guarda sus pensamientos para sí mismo. Cae en la cuenta, como si de un recuerdo sellado a cal y canto se tratase, de muchos momentos concretos de su juventud, que sin duda la señora nostálgica hubiese catalogado de señales del destino. Momentos que por otro lado Tomás desechó uno detrás de otro, a la espera de un futuro más prospero e idílico. Aquella sensación de haber dejado pasar una serie de trenes para coger el que reluciese de oro y promesas le agotó el alma de repente. La sensación de vacío que durante años llevaba constriñendo su pecho sin razón ni explicación, toma ahora forma, una muy concreta, como un cuadro impresionista, pintado a base de trazos rápidos y vivos, pero que no muestra más que una imagen suspendida y triste. – Pasaron varios trenes y yo… yo me quedé a vivir en la estación…-

Continuará…

 

Historia-de-el-Abuelo-tarongers-6

Capítulo 6.

El autobús se detiene por fin. No es la última parada del trayecto, pero si la última para Tomás, que se despide de la señora Matilde, dejándola con esa encantadora sonrisa que denota paz para con la vida. Una vez en la calle, Tomás carga con su maleta y, antes de echar a caminar, se detiene a tomar una bocanada de aire mientras el autocar ruge afónico y prosigue su marcha. El silencio se instaura y parte del pueblo se muestra ante los ojos extrañados de Tomás, que trata de hacer un esfuerzo por reconocer algo, aunque sea una piedra, pero no lo logra. Es aquí, de eso no hay duda, y aun así no parece el mismo lugar que en sus recuerdos. Mira a su derecha y una plaza se extiende ante él, está adoquinada, con muchos bancos y macetones enormes, y frente a ella un edificio. – Claro… ese es el colegio -. El pasado parece ir tomando forma, pero está modificado por las obras y las restauraciones. Ahora que ya está orientado sabe que andando tres calles arriba y dos a la derecha llegará a casa de su tía Paquita.

Emprende pues el camino y, conforme avanza, va observando ciertos patrones que le hacen reconocer objetos sin excesivo valor; unos canalones en una fachada, un bar, un árbol en una esquina, una fuente en la lejanía de la calle larga y también unas campanadas, que de repente suenan seguidas de un hilo musical. – No puede ser… ¿es el bando? – Se sorprende. Así es. Tras un melodía doliente, una voz con eco interminable proclama a los cuatro vientos que mañana por la mañana, a las doce en punto, se celebrará misa homenaje por Paquito el Manso. Tal mensaje se repite por tres veces, mientras Tomás avanza sonriente por el recuerdo del bando, pese a tratarse de una defunción. Después el municipio vuelve a reposar en una tranquilidad casi ensordecedora.

Frente al portón de roble oscuro, el mismo que atizaba cuando era un crío y venía a buscar a su “prim”, Tomás se detiene algo cansado de la caminata en pendiente y toca con poca energía. Nadie responde así que insiste, prolongando los golpes de sus nudillos en la madera por más tiempo. – ¡Ya va! ¡Ya va! – Se escucha a lo lejos desde el interior y, al abrirse la puerta, allí está, la envejecida y doblegada tía Paquita, que mira a ese extraño y corpulento hombre, con una inoportuna sonrisa.
– Tía Paquita… soy yo, el Tomás…- La mujer lo observa con detenimiento, como desconfiando, entrecerrando sus ojos para distinguir la mentira de la verdad. Entonces se aproxima, le agarra fuerte de la mejilla con sus dedos arrugados y alargados y aprieta la carne apresada. Entonces Tomás suelta un inconfundible… – ¡Ayyyy, Tía! ¡Paraaaa!. – Entonces la mujer suelta una exclamación y se le echa encima con más energía de la que aparenta.
– ¡Mi Tomasicoooo! –
Qué hermosos y fugaces son los reencuentros y todas esas sensaciones que llevan consigo. Semejan castillos de fuegos artificiales, pero concretamente la traca final, rápida, apoteósica y hermosa, pero efímera y siempre dejando con ganas de más. Ya en el interior de la casa la mujer le prepara una taza de té y parlotea sin parar. Tomás la escucha con una sonrisa de agrado, una de verdad. Él no se da cuenta pero lleva dos días sonriendo sin esfuerzo. Una vez dicho todo lo habitual dentro de la lista de temas del “cómo hemos cambiado” de turno, Tomás se arma de valor y pregunta por su primo Luis. Entonces la cara de la mujer se ensombrece un poco, pero menos de lo esperado. – En su casa está, con su mujer… el pobrecico mío está en las últimas. Es una bendición que hayas venido. Se va a alegrar tanto… – Le dice ella que, sin dar explicaciones se ha puesto un pañuelo en la cabeza y se ha ido hasta la puerta. Allí coge un garrote más torcido que ella misma y le hace una señal a Tomás. Él reacciona sorprendido. Es ahora y no después cuando van a ir a verle. No es lo que Tomás esperaba hacer, pero no rechista. Conoce a su tía y, de forma inconsciente, como aconsejado por su “yo” niño, obedece y sale de la casa ofreciendo su brazo a la mujer.


La casa de su primo está a solo dos calles y llegan despacito. Se han cruzado en el paseo con varias personas y la tía Paquita ha ido anunciándoles a todos ellos que había venido de visita su sobrino Tomás, Tomasico el de la Amparito. Él ha ido sonriendo y saludando a todos como buenamente le ha parecido. Entre saludo y saludo la anciana le ha ido explicando los cambios que se han ido sucediendo en el pueblo. Todo lo que él recordaba parece haber sucumbido al tiempo. Todos los establecimientos, como bares, kioscos, tiendas y demás han evolucionado en otras cosas muy diversas.
– Ahora gobierna un chico joven, las fiestas han cambiado, con más cosas para la juventud y hay una nueva piscina municipal, que en verano es la atracción estrella. Todo el pueblo se congrega allí para refrescarse y cotillear. Cuánto ha cambiado todo y qué iguales siguen siendo algunas cosas… – Piensa Tomás entre explicación y explicación.
Y como arte de teletransportación lenta y pausada ya están en casa de su primo. La esposa de este, Gema, les ha recibido y les ha ofrecido algo de picar. Es una mujer agradable y atenta, pero está triste, ojerosa y con signos de haber llorado hace poco. La tía Paquita campa a sus anchas y por un momento se pone a ordenar cosas en la casa. Lleva trastos de allá para acá e incluso se pone a cacharrear en la cocina. Trata de ayudar a su nuera, que sin duda necesita un respiro. De repente la mujer sale de la cocina, asomándose como un vigía y le lanza una orden a Tomás. – ¿Qué haces ahí parado todavía? Anda ves a ver a tu primo – . Él, como por arte de magia, se levanta y de nuevo asiente y obedece. – Buen chico…- Gema le acompaña al dormitorio y le invita a entrar, pero ella no pasa, no puede o no quiere.


Una vez dentro, Tomás reconoce la estancia. Ahora todo encaja. Esta era la casa de los “yayos”. Aquí es donde vivía en los veranos. Debieron heredarla o comprarla. De hecho esa habitación era la de los abuelos, a la cual tenían prohibida la entrada. Una ingente cantidad de recuerdos entran en tropel en su cabeza, pero no atiende a ninguno pues en la cama yace un cuerpo reposando en un sudario. – ¿”Prim”? Soy yo, Tomás… – El hombre que parecía dormido se agita, incorporándose y mostrando al fin su rostro. Es un semblante vencido por la inclemente enfermedad, de ojos sumidos en pozas oscuras y facciones marcadas por la penitente debilidad. Pero pese a lo que parece ser un lecho de tormento, el hombre sonríe. ¿”Prim”? Dios santo, ¡Qué alegría! Tomás se aproxima, se sienta con cuidado y deja que Luis le mire detenidamente. – Madre mía, que gordo estás… Qué envidia… – Ambos se ríen y después se funden en un fuerte aunque cauteloso abrazo. Tomás tiene la impresión de que si apretase con ímpetu, podría dañarlo.

Cómo es la vida. Los dos tienen la misma edad y mientras uno luce recio e incluso algo orondo, el otro denota una flaqueza extrema y una triste efigie. Y pese a lo evidente, sus sonrisas son las de esos dos críos que trotaban por el pueblo como animalitos silvestres, haciendo toda clase de travesuras y llevando de calle a casi todos los vecinos. De hecho así es como concluye este día, con ambos primos y amigos, hablando de forma distendida sobre su infancia, sobre los pormenores de sus vidas actuales y sobre todo aquello que aleja la tristeza de la enfermedad de sus cabezas. Pocos reencuentros podrían haber sido tan perfectos como el de estos dos hombres que, por un instante, vuelven a sentirse aquellos niños imberbes y mocosos que fueron, riendo por tonterías y dejando que el pasado se lleve cualquier pena lejos de su lado.

Continuará…

 

Historia-de-el-Abuelo-tarongers-7

Capítulo 7.

Tan solo dos días han pasado desde aquel tierno reencuentro de los primos y hoy vuelven a sonar las campanas, hoy suenan a despedida. – El “prim” ya se fue… – Es increíble cuánto dolor por una persona que no había visto en más de tres décadas. Pero dentro de Tomás la pena es como si el niño de doce años con el que creció acabase de marcharse. No hay tragedia más terrible que cuando un pequeño se va antes de tiempo. Eso mismo siente Tomás, que no puede retener unas lágrimas que empapan sus mejillas. – ¿Para esto regresé? ¿Para verle marchar? – Es una pena tremenda la que hierve dentro de él, mientras camina de la mano de su tía Paquita, entera y firme, y al lado de la recién enviudada Gema.

La ceremonia ha transcurrido con normalidad y tristeza y nada parecía poder aliviar la pena, pero alguien entre los presentes ha logrado que las lágrimas de Tomás se sequen en su rostro, iluminándolo inoportunamente. – Es la Mª Luisa, ¿te acuerdas de ella? – Le dice sin remilgos su tía, que ha aguantado estoicamente todo el sepelio, como habiendo asumido hace mucho tiempo que su hijo se marcharía más pronto que tarde. Tomás ha sentido la irrefrenable bocanada de calor al ver a aquella mujer y, aunque no ha sido consciente, su rostro se ha encendido como un semáforo en la noche. Ha sido una visión fugaz en medio de la multitud, pero ha sido una bendición que ha sofocado la pena y el llanto por un amigo perdido.


Las horas pasan y ahora Tomás se encuentra sentado en la puerta de casa de su tía. Ella está tejiendo a su lado y él lee un libro, sentado en una vieja silla de mimbre. La esposa de su primo descansa dentro, todavía afligida. – ¿Qué debería de hacer ahora, tía? – Pregunta él, que hace rato que observar bailar las palabras en las páginas sin atender al mensaje que transmiten. La mujer, sin levantar la vista de su bordado le responde con total naturalidad. – Lo que tú quieras… ¿Tú qué quieres? –
La pregunta bien vale la pena ser respondida, pero Tomás guarda silencio. Ante tal disyuntiva devuelve la cuestión al revés. Preocupado por lo que harán ahora la viuda y la madre. La mujer resopla con una risa de resignación.
– ¿Qué vamos a hacer, hijo? Pues seguir adelante. La pena serán los campos… los campos del abuelo. Ahora que no está Luis, nadie se hará cargo de ellos. Supongo que los venderemos a alguien del pueblo y luego… Dios dirá… –
Los naranjos… ¿Será eso? Tomás no lo dice, pero a su mente ha vuelto la imagen de la señora Matilde, la simpática anciana del autobús. Se pregunta si será cierto, si las señales, como decía esa simpática y charlatana mujer, existen y se presentan así, sin aviso y sin más explicación. ¿Podría ser este otro tren? La cuestión no es baladí. Tiene toda la pinta, pero a su vez parece una locura. Si algo no tiene explicación decimos que es una señal, es tan solo eso. Y Tomás se deshace de esos nubarrones extraños de su cabeza y decide marcharse a pasear un rato, así se despejará. Mientras camina se ve obligado a reconocer que está más a gusto allí de lo que se ha sentido en mucho tiempo en su propio hogar, pero percibe que de alguna forma esta fuera de lugar esté donde esté, como si ya no hubiese lugar para él.

Con cada paso que da, el extraño peso sobre sus hombros se va diluyendo, sin saber muy bien por qué. Se va cruzando con vecinos por la calle que, sin conocerlo, o tal vez sí, le saludan y él les corresponde igualmente. A su mente regresa aquella tarde noche tan larga en la que se reencontró con su querido “prim” y las tantas historias que rememoraron juntos. Pasa por delante de la iglesia y sonríe. Ahí era donde, en las noches de verano, cazaban lagartijas que trepaban por la fachada iluminada del santo edificio. Y donde jugaban por las mañanas a chutar el balón contra la pared, hasta que el párroco salía airado por las molestias. Luego llega frente a un cartel, “camí del riu”. Cuántas locuras hicieron en aquel río. Chapuzones temerarios, quitarles la merienda a los mayores que se bañaban distraídos o jugar con los demás que estaban en el agua. Vaya par de bestias asilvestradas. Se dice Tomás, que recuerda que así era como daban a entender a las crías su interés, o tal vez su antipatía, no lo tenía claro.

Caminando llega a una enorme explanada, delante de unos almacenes. Ahí era donde, al pasar la hora de la siesta, iban todos los niños. Pues las fachadas regalaban una inmensa sombra y el suelo era tan amplio y llano que se disputaban tremendos y controvertidos campeonatos de chapas. Jugaban a emular a los corredores del Tour de Francia, que los abuelos habían visto durante la siesta. Tomás y Luis siempre hacían trampas y acababan ganando la mayoría de las etapas. Después los perdedores tenían que invitarles a un polo en el kiosco del tío Ramón, que hoy resulta ser una triste sucursal de un banco. El paseo concluye en la plaza del pueblo, frente al colegio. Allí se celebraban las verbenas.

Tomás se sienta en el respaldo de un banco y recuerda haber estado ahí mismo sentado, con tan solo doce añitos, bebiendo un refresco y observando a lo lejos el otro banco, en la punta contraria de la plaza. Puede ver, como si pasase ahora mismo, que entre la multitud de personas que bailaban con la orquesta de turno, o que iban y venían a por otra copa, se intuían las cabecitas de las niñas. Todos los críos miraban y hacían gestos de burla, para que ellas se enfadasen. Pero Tomás no, él solo contemplaba a una de ellas. La niña más bonita que jamás vi…
– ¿Tomás? ¿Eres tú? No me lo puedo creer… – Una voz irrumpe en la ensoñación y hace que Tomás por poco no se caiga de espaldas al suelo. Al recuperar el equilibrio y mirar a su izquierda, ahí está ella. – Ma… Mª Luisa… –
Ella sonríe. Él tiembla. El instante se detiene a penas un segundo. Está igual, pero no puede ser. Claro que no. Es una mujer igual que él, con sus años, sus arrugas y sus achaques, pero por un instante él solo ve que sus ojos son igual de grandes y bonitos, que su sonrisa es igual de dulce y reluciente y que todo en ella está igual, pese a no estarlo. Tras el choque y el ridículo inicial, ambos se dan dos besos y conversan en pie. Ambos se habían visto en el entierro, y ahora parece que todo cobra un extraño sentido. La conversación es breve. Mª Luisa debe ir al colegio a por “la niña”. Tomás sonríe, asiente, disimula el latigazo del dolor ante tal información y se despide.- Si quieres mañana a las nueve y media podemos tomar algo. Habré dejado a la niña en el cole y podemos ponernos al día. – Tomás, muy enrojecido, acepta, pese a que quería rechazar la invitación. Pero ya es tarde y la ve alejarse, como llevada por el viento, aunque no corre ni una brizna de aire. Está confuso y trastocado por dentro. Señales… ¿de verdad?

Continuará…

 

Historia-de-el-Abuelo-tarongers-8

Capítulo 8.

– ¿Y qué fue de tu vida? – Poca cosa… –
– ¿Te casaste? – Que va…-
– ¿En qué trabajas? – Administrativa en el Ayuntamiento. –
– Así que soltero… – Sí… y sin compromiso.-
– Así que divorciada, lo siento… – No que va, felizmente divorciada.-

El encuentro en el almuerzo se desarrolla con esa normalidad de quien charla con alguien a quien no ve hace tiempo, pero con el que existe una confianza de años, lo único extraño es que este no es ese caso. Desde aquel furtivo beso, una noche de verano en fiestas patronales con doce años, Mª Luisa y Tomás no se habían vuelto a cruzar ni a saber el uno del otro. Es por eso que él siente esa confusión que le acartona el estómago. ¿Cómo es posible tanta confianza? La hay, y es recíproca. Ambos se ríen con las bromas del otro y parecen amigos de toda la vida. Esa sonrisa sigue casi igual de bonita y su sonoridad trae evocaciones de los maravillosos ochenta, tan desenfadados, tan aniñados, tan auténticos.


Es un ángel…
Tras ponerse al día, Tomás se ha sentido aliviado al enterarse de la situación sentimental de su vieja amiga. Luego se ha reprendido. No debería alegrarse de una ruptura, pero el caso es que lo ha hecho. Además le ha parecido que ella sonreía más de la cuenta al saber que él sigue soltero. – Serán imaginaciones mías…- Pero el caso es que la conexión está ahí. Se percibe en el ambiente. La mañana pasa y tras tres horas de charla ininterrumpida, regada con alguna cerveza con gaseosa, Mª Luisa da un respingo. – ¡Madre mía! Si Valentina está a punto de salir del cole.- La mañana se le ha pasado volando, pero no parece querer despedirse. Tomás se levanta y le quiere invitar, pero ella hace un gesto al camarero y todo queda resuelto. – ¿Quieres que sigamos mañana? – La invitación sale de esos labios que parecen necesitar más palabras y él a penas acierta a decir que sí.- ¿Eh? Claro, claro… por mí… sí…- Ella se pone la chaqueta, se acerca y le da un fuerte abrazo, que deja al forastero de piedra, incluso segundos después de que ella se haya marchado, casi al trote y con una sonrisa que parece iluminar la calle.


Tomás, algo desconcertado pero con una inmensa euforia queriendo explotarle en el pecho, emprende el regreso a casa de su tía Paquita. – ¿Qué ha sucedido? ¿Qué hago yo aquí? – Nada parece tener sentido. Tomás es como una pieza de damas en una partida de ajedrez. Aquel no es su sitio, pero parece que sí. Su cabeza le dice que no, pero su corazón todavía está dando botes de alegría, al saber que mañana volverá a verla.
Llega a la casa y la tía Paquita sigue haciendo guardia sin dejar de tejer una prenda de lana sin forma definida, pero que parece gruesa. A su lado hoy está Gema que, pese a lucir unas ojeras negras como dos cuevas en la noche, parece estar tranquila, leyendo una novela. Es una estampa clásica, con ambas mujeres de luto disfrutando de un final de mañana de agradable aunque fresca temperatura. Por suerte el sol todavía ilumina parte de la fachada y se está muy a gusto.

Tras la comida, la viuda se retira a descansar. Ha comido poco, pero algo es algo. Ahora necesita conciliar un poco el sueño. Así que tía y sobrino se relajan en los dos sillones y de fondo suena una clásica telenovela. Tomás mira a la anciana y un flash de niñez viene a su mente.

– Es como la “yaya”…- Efectivamente, de pequeño la misma enternecedora estampa se repetía, solo que él se situaba bajo las escaleras cercanas a la televisión de culo gordo y, con unas sabanas viejas y unas pinzas, se pasaba horas montando una especie de tienda de campaña, donde luego podría jugar o incluso dormir, imaginando que estaba en algún extraño y lejano lugar del mundo. Hoy no hay sabanas ni pinzas, pero sí culebrón. Entonces Tomás interrumpe la intrincada trama de hijastros, venganzas y bofetones aleatorios, para contarle a su tía lo sucedido con Mª Luisa. La mujer atiende, mientras una ligera sonrisilla malévola va asomando por la comisura de sus ingentes arrugas. Tras concluir el relato, excesivo en detalles y descripciones, la anciana se ríe y sin decir nada se levanta y se va a la cocina. No es hasta que está en el umbral, casi desaparecida de la vista de Tomás, cuando se escucha una sentencia premonitoria…
– Aún te quedarás en el pueblo y te encamarás…- si lo sabré yo… Y después desaparece a cacharrear y a farfullar cosas inteligibles.
En la tranquilidad de aquella sala de estar familiar y cómoda, Tomás rumia el augurio de aquella vieja bruja, tierna a la par que sabia. El caso es que, su primera reacción ante la absurda profecía ha sido reír, lanzando un bufido y negando con la cabeza tal disparate pero, conforme los minutos pasan, su cabeza, sin quererlo ni autorizarlo él, comienza a discurrir toda clase de posibilidades. La película en su cabeza no tiene forma y, con todo y con eso, parece clara. Al menos el sentimiento que evoca es agradable. Tan agradable que al final cae en un profundo y placentero sueño. De esos que secuestran a uno a mitad de tarde y lo arrullan por horas.


Al despertar está cubierto con una manta fina. No hay nadie y, tras despejarse, echa a caminar. Ha visto la puerta de la entrada abierta y allí están las dos mujeres. Tomás no dice nada, solo observa la escena. Se siente tan a gusto como no lo había hecho en mucho tiempo. Entonces la anciana repara en su presencia y deja su costura para levantarse con algo de dificultad. – ¿Te importaría acompañarnos a Gema y a mí a hacer unos recados?- El ofrecimiento es aceptado sin pensarlo y los tres echan a caminar. El paseo se hace algo más largo que la vez anterior, pero se hace ameno; saludos, anécdotas y silencios serenos y agradables. Cuando se quieren dar cuenta han llegado a las afueras del pueblo, pero las mujeres no se detienen, así que Tomás no dice nada y prosigue tras su estela. Después de casi cuarenta minutos de caminata, bajo un sol más dulcificado que va buscando su lecho, por fin culminan una pequeña loma en la que un hombre les espera.


Saludos y condolencias nada más llegar y enseguida Tomás se aleja de la conversación que se está produciendo y avanza casi levitando con cara de atontado. – No es posible…- su negación es absurda, porque sí que lo es. La brisa fresca le acaricia el vello de los brazos que agradece el frescor, pues el sol todavía calienta con cierta intensidad. Él no puede dejar de mirar el vasto y hermoso horizonte. Es tan sugestivo como inquietante… pero antes de caer en la zozobra una voz le tira de la oreja. Tomás reacciona algo despistado. Por lo que la voz repite la pregunta… – ¿Qué te parece, hijo? ¿No querrías hacerte cargo tú de los campos de la familia?-
Tomás frunce el ceño, abre la boca perplejo y, pasados unos segundos, ante la atenta mirada de todos pronuncia: – ¿Yo…? –

Continuará…

 

Historia-de-el-Abuelo-tarongers-9

Capítulo 9.

Nada hay que asuste más a alguien que un sueño hecho realidad. Nada más atenazador que una señal pueda tener el poder de convertir algo improbable en una realidad palpable. Sin duda es algo que podría hacer empequeñecer al corazón más valiente. Es inevitable sentir temor ante la posibilidad de ser feliz. ¿Por qué? Nadie lo sabe. Esa emoción de ver algo que ni si quiera sabías que querías al alcance de tu mano… te hace querer cogerlo fuerte y a la vez dar dos pasos hacia atrás. En ese extraño y caótico momento vital se encuentra Tomás ahora mismo, que acaba de ver cómo, lo que hubiera supuesto una locura hace tan solo unos días, parece no ser tan descabellado. Su cabeza le dice que nada tiene sentido y su pecho retumba de los golpes que el corazón está dando, aporreando su cuerpo, pidiendo a gritos que le dejen salir.


Su tía, Gema y el desconocido número tres le observan impacientes. El hombre ha resultado ser un agricultor de la zona, que podría comprarles los campos de naranjos por una buena suma. La encerrona es más que evidente. La anciana ha visto una oportunidad y no ha perdido la ocasión de aprovecharla, pero en ella no hay malicia alguna. Es una mujer que trata de luchar por conservar algo importante, algo especial. Todos los miembros de la familia, los que están y los que ya se fueron, todos han querido, cuidado y disfrutado de esas tierras por décadas. Generaciones enteras han corrido por entre sus árboles y han vivido de sus hermosos y deliciosos frutos.
¿Qué responder ante un legado similar? Tomás aleja la mirada de los tres jueces y regresa al horizonte. Sin duda es la imagen que vio en sus sueños. ¿Cómo es posible? Sencillamente no lo es. Pero entonces… ¿por qué estoy aquí? Nada. Su cabeza no logra encauzar los pensamientos, que se amontonan sobre él como un derrumbe de nieve tras un estrépito en la montaña.

Gema, que lleva en silencio dos días, se aproxima a él y le coge de la mano y del brazo. Tomás se gira y la observa extrañado y con un rictus de preocupación evidente. – Solo son “tarongers”… pero son nuestros, eran de Luis… No tengas miedo. – Él asiente. Quiere decir que sí, pero se refrena. ¿Qué estás pensando, loco? ¿Qué sabes tú del campo? Entonces, como si de brujería se tratase, la tía Paquita alza la voz, entre impaciente y ligera. -“Tranquil, xiquet”, que si decides quedártelos, el señor Roig te enseñará todo lo que “fassa” falta.- Tomás la mira entre sorprendido por sus artes adivinatorias y algo aliviado por tal aclaración. El hombre corrobora lo dicho por la mujer. Tendrá a bien mostrarle los pormenores del trabajo, que asegura que son sencillos aunque exigentes.


La encerrona comienza a asfixiar a Tomás, que acaba pidiendo un aplazamiento para deliberar el veredicto. No es lo que los allí presentes querían, pero comprenden que el forastero quiera calmarse, apaciguar sus miedos y poder decidir en consecuencia. De regreso a la casa el paseo se hace curiosamente más ligero. Ninguno de los tres habla del tema. Da la sensación de que a Gema le da un poco igual lo que suceda, aunque por su estado es normal la apatía. La tía Paquita en cambio sonríe como si ya supiese la decisión a su favor y el pobre Tomás camina con el ceño fruncido pero aun así sin pesar en su corazón. Rápidamente la noche cubre con su manto el pueblo y todos sus habitantes se retiran a sus planetas de sueños, cada uno al suyo, aunque tal vez haya quienes los compartan para soñar juntos. 


A la mañana siguiente Tomás amanece descansado. Él esperaba más cansancio e incluso dolor de cabeza, pero no es el caso. Está animado, pero podría ser porque va a desayunar con Mª Luisa y eso alegraría hasta al corazón más apenado. Hoy se arregla un poco. Se acicala con más colonia de lo habitual e incluso se afeita su perenne barba de tres días. La tía Paquita le ve salir y sin decir nada le sonríe con esa malicia que Tomás puede reconocer. Vieja bruja… menuda está hecha. El cariño no quita para que sepa que la mujer sabe más de él que él mismo. Al llegar a la terraza, su acompañante todavía no ha llegado, así que la espera con un café caliente y se permite recapacitar sobre el asunto de las tierras. Dejar el trabajo, dejar su casa, trasladarse al pueblo, trabajar en el campo… Todo le resulta una autentica chifladura. Es evidente que lo debería rechazar pero entonces… ¿Por qué demonios sigo pensándomelo? Y como todo lo que sucede estos días en su vida, la respuesta aparece por el fondo de la calle, radiante como un segundo amanecer y algo desastrada como una noche de sabanas enredadas.

Pasados los primeros instantes de nerviosismo casi incontrolable de Tomás, el desayuno-almuerzo discurre con la fluidez esperada. Nada podría desconectar a los dos tertulianos el uno del otro. Chismorrean sin parar de aquellos que todavía viven en el pueblo y que han tenido alguna que otra historia rocambolesca. Tomás trata de relatar su vida en la ciudad con algo más de emoción de la que en realidad tiene. Y de esa forma tan agradable, la mañana vuelve a escurrirse entre las manecillas del reloj. Antes de concluir abruptamente la conversación, Tomás le cuenta a Mª Luisa la oportunidad con tintes de demencia que se le ha planteado. Ella procesa la información y después, tras un silencio acompañado de tragos de clara de gaseosa, le mira fijamente poniéndolo algo nervioso y después le pregunta. – ¿Tú qué quieres? ¿Qué te haría feliz? – La cuestión vuelve a estar sobre la mesa y es tan sencilla como trascendental. Tras lanzar tal piedra filosófica, ella se vuelve a dar cuenta de la hora y sale disparada al grito de, – ¡La niña otra vez! ¡Me robas las horas, puñetero! – Y sin dilación sale disparada.


Tomás se queda sentado, con una sonrisa de despedida. La observa corretear mientras lucha por no perder el bolso al ponerse la chaqueta en movimiento. Sabe lo que quiere y lo que le haría feliz. Lo sabe aunque no alcanza a discernirlo. El miedo en ocasiones nos roba parte de esa luz que alumbra sobre las cosas que queremos. Se levanta, se despide del amable camarero y camina. Paso tras paso, avanza ensimismado, ¿la dirección? La desconoce, pero al cabo de un rato está donde debe, en la cima de aquella loma. Ahora solo y tranquilo se sienta. Aun es pronto y el sol está en su punto más alto. Hace un día espléndido, con un cielo azul brillante y esponjosas nubes que lo cruzan lentamente. Observa a los jornaleros allá abajo, haciendo desaparecer cada uno de esos lunares naranjas del tapiz verdoso y sonríe. 


A su mente regresa esa imagen del sueño como un evocador deja vu. Sol, tierra, “tarongers”, paz… ¿Puede ser esto? ¿Esto es lo que quieres, Tomás? 
La vida no discurre por los cauces previstos casi nunca. Pocos se detienen y observan el camino andado y reconocen los trazos marcados desde el principio. Y es que vivir es aleatorio. Es lo hermoso de la existencia. Nadie conoce el destino final de este viaje, todo depende del tren que uno coge o deja pasar…

Continuará…

 

Historia-de-el-Abuelo-tarongers-10

Capítulo final

La vida es sin duda una caja de sorpresas y veinte años pasan en un suspiro, casi un parpadeo. La esencia de un pueblo pequeño, rodeado de campos de “tarongers”, es embriagadora. Podría encandilar al más incauto de los viajeros, aunque su ruta únicamente fuese de paso por el lugar. Un municipio humilde, lleno de gente sencilla y trabajadora, de comercios y tiendas acogedores, de fiestas con música y baile, de tradiciones hermosas y profundas, sin duda puede ser cautivador. Veinte años no son nada… Tomás camina con paso firme y decidido por el pueblo. Todo el mundo le saluda a su paso y él contesta con igual cordialidad. A su espalda una mochila gastada. Regresa con la caída del día rumbo a su casa. De camino pasa por la casa de la tía Paquita, convertida hoy en una agradable casita rural, regentada por la encantadora Gema que, al paso de Tomás, se asoma y le da una bolsita para que se lleve a casa. – Son para la cría, unos pendientes que me pidió. – Él sonríe, alza la mano para despedirse y prosigue su paso, mientras luce en la cintura el suéter anudado y castigado que la anciana tía Paquita comenzó a tejer incluso antes de que él supiese que se quedaría allí para siempre. 


El camino a casa sigue sin apenas descender el ritmo. Tomás avanza con energía y aire de sobra en sus viejos pulmones, como si todo un día en el huerto y seis kilómetros de paseo fuesen una minucia. Su pelo ya cano y algo menos abundante se agita suavemente con la brisa, que refresca su frente plagada de diminutas gotas de sudor labriego. Sus grandes manos lucen sucias de tierra, pero ello no le impide acariciar las cabezas de los pequeños que se cruzan a su paso y que le piden “taronges”. Mientras camina, saca de su mochila un par de frutas de gran tamaño y de color casi rojizo y se las regala a los niños, mientras estos brincan y agradecen el regalo. Una amplia sonrisa de satisfacción surca el rostro de Tomás, hoy marcado por decenas de pliegues claros y oscuros, cincelados a base de sol y frío.

Por fin llega a su hogar, una casita en la parte alta del pueblo, hogareña y plagada de fotografías con momentos especiales y hermosos, de esos que tanto se hicieron de rogar. Nada más atravesar la puerta una joven le recibe con cariño y bromea con no darle un beso hasta que no se lave esas manazas negruzcas. Él se desternilla y corretea tras ella, amenazando con pringar de marrón la ropa de la chica. Entonces una voz dulce aunque firme se escucha en la casa. – Menos juegos y a lavarse, caballero… – que la cena ya casi está. Él responde con un, – sí mi ama, – y se dirige al aseo. Unos minutos de agua y jabón y por fin Tomás sale al patio interior de la casa. Es entonces cuando sus ojos se iluminan.


En el exterior hay una mesa de madera bajo un techo de cañas plagado de enredaderas. El patio luce hermoso con algunas bombillas iluminando el ya acuciante atardecer. El olor a romero y citronela es penetrante y a Tomás le resulta profundamente agradable. Aguardándole están sus dos joyas más preciadas; la joven y encantadora Valentina, de cabellos rizados, sonrisa contagiosa y mirada dulce. Y por supuesto la razón de su existir, la hermosa y perfectamente madurada al sol, Mª Luisa. 


Por un instante Tomás se detiene sonriente. Es un momento único, de esos que pasan cuando menos te lo esperas, así que trata de capturarlo, haciendo una fotografía mental. Son preciosas… Luego se sienta y entre los tres se produce una agradable conversación. Hablan del campo, de la universidad, de las vacaciones en Roma y la velada se prolonga sin darse cuenta. Son una familia y son felices. 
En un momento dado la joven Valentina, como si un calco de juventud de su madre se tratase, da un respingo al darse cuenta de las horas que son y, sin dar muchas explicaciones, sale disparada. – ¡Sara me espera, llego tarde! – Mª Luisa y Tomás se miran y se ríen.


– De tal palo… – Dice él, sabiendo que ese comentario conlleva un precio, concretamente un pellizco y luego una sonrisa. Se quedan por fin los dos solos y, en la tranquilidad de la noche temprana, se observan. Sin decir nada Tomás se inclina y le da un beso dulce y breve a la que ha sido la alegría de su vida. Ella le acaricia la mano provocando en la piel de su brazo un escalofrió en forma de piel erizada. Ambos ríen. 
– Mi primer beso y el último… – Dice él con los ojos brillantes. Ella no entiende y Tomás se ríe, fingiendo indignación. 
– Será posible… No sé por qué te quiero… El verano del 78. Eran las fiestas del pueblo. Tú estabas con tu prima y el resto de las crías en la plaza. Yo estaba con el “prim” Luis y los demás. Yo te miraba entre la gente que iba y venía. Tú hacías que no, pero también me mirabas. Entonces la orquesta comenzó a tocar “Aunque Te Enamores” de Juan Gabriel. Yo me levanté, cagado de miedo y me fui directo hacia ti. Me planté allí delante y te pedí para bailar. Tú miraste a las demás, que no paraban de reír, me cogiste de la mano y me arrastraste al centro de la pista, camuflados entre los mayores. Bailamos un rato y entonces… me besaste. –
Mª Luisa le mira emocionada y tratando de bromear, como si no hubiese sucedido así esa hermosa anécdota.
– Perdona pero me besaste tú a mí, descarado. – Tomás se ríe e insiste. – Por ahí no paso. Fuiste tú, estoy seguro. – Ella le pregunta el por qué está tan seguro después de más de cincuenta años. Él sonríe y da un trago al vino afrutado que todavía queda en su copa. – Porque yo estaba aterrorizado de tenerte tan cerca. Aunque quería besarte a penas me respondían las piernas, no te digo ya los labios. – Ella le coge entonces la cara con ambas manos, le mira fijamente con los ojos vidriosos de amor y le besa, acariciando sus labios en una interminable declaración de amor sin palabras.
Tras unos preciados segundos, sus rostros se separan levemente, tornándose borrosa la imagen de ambos, hasta que vuelven a enfocarse en el amor de sus vidas de nuevo. Tomás abraza a Mª Luisa y durante ese instante, con ella pegada a su pecho, piensa en lo que han sido estos últimos años. 


Cómo ha cambiado todo. Sin duda el valor de una locura le hizo cambiar las bombonas de gas por unos “tarongers” y dejar una vida solitaria a cambio de una maravillosa familia. Ha resultado, sin ningún lugar a dudas, la mejor decisión de todo su humilde existir.
Es ahora, en el candor del momento y a la luz de la luna cuando él la observa entre sus brazos, como anidada en su pecho, regando su camisa de lágrimas de amor y le susurra suavemente, acariciando sus cabellos con la voz templada, lo que lleva guardando tantos años en su pequeño pero valeroso corazón… – Eres el tren que no podía dejar pasar… –

FIN.

Esperamos que hayáis disfrutado de este nuevo relato. Seguid muy atent@s porque seguiremos publicando.

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