Tarongers

Tarongers

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Con la entrada de la primavera, vuelven nuestros relatos. Habéis sido muchos los que nos habéis pedido que sigamos compartiendo con vosotros estas historias de ayer y de hoy. Esta nueva historia se titula, Tarongers (naranjos en valenciano) y está escrita por Narciso Martín. El sabor del fruto de este árbol y la nostalgia, será el punto de partida para que su protagonista, recorra un bonito camino a su pasado.

Esperamos que os guste!!! 

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Capítulo 1.

De la vida poco se sabe a ciencia cierta, excepto que solo hay una. Una cuestión muy cierta y demasiado evidente cuando el final se aproxima, pero que parece invisible y difusa en los primeros años, cuando la infancia y la juventud lo impregnan todo con desenfadada alegría y escasa responsabilidad. Tal verdad escapa de la comprensión de todo niño, como debe de ser, y el caso de Tomás no fue una excepción. Tomás creció rápido, sin mirar atrás y tampoco demasiado a delante pero, tras dos breves pestañeos, cuatro risas, dos llantos y algunas siestas, Tomás ha cumplido cincuenta y dos años. –Madre mía, los sesenta acechan. Si ayer jugaba al “sambori” y me inflaba a pipas…-. Pese a la incredulidad que le suscita el espejo de su habitación, la realidad vuelve desde su reflejo sin cortapisas ni tacto alguno.

Y es en este momento, en un punto de no retorno entre el ser un cincuentón y ser un señor de sesenta años, cuando Tomás comprende que está un poco perdido. Esa es otra verdad a la que no suele escapar casi nadie. ¿Quién no está perdido en algún momento de su vida? Tras una ducha con poca presión, un desayuno descafeinado y un repaso desanimado a las nefastas noticias del periódico, Tomás emprende este prosaico martes, tan parecido al lunes que ya pasó como lo será posiblemente del miércoles que llegará. Los días no parecen diferenciarse entre sí y eso que podría ser asfixiante y opresivo, resulta completamente indiferente para Tomás.

La rutina es una compañera de vida muy desagradecida y acaba por hacer pensar a las personas, no sin antes anestesiarlas críticamente. Tomás reparte el butano por el barrio del Cabañal todas las mañanas desde hace veinticinco años. Algo que pueden corroborar sus callosas y curtidas manos, al igual que sus castigadas y escandalosas vértebras. Durante la jornada de subir y bajar bombonas, de frío húmedo en invierno y de calor levantino y sofocante en verano, suele desconectar su mente todo lo posible, repitiendo siempre los mismos chascarrillos y comentarios, sonriendo sin ganas y contando las horas para finalizar. Pero últimamente este último hábito le resulta curioso pues, cuando el reloj marca los últimos treinta minutos de faena, en esos últimos instantes, se percata de que, en cuanto acabe, guarde el camión y se cambie de ropa, regresará a su vida, la cual hace ya tiempo que no le resulta nada estimulante, por no decir soporífera.

Por suerte hoy no es un día normal. Hoy es un bonito día de principios de octubre. El otoño siempre es un poco triste, pero a estas alturas parece que el verano todavía no se ha percatado de que ya debería haberse marchado. Luce un sol espléndido y la temperatura es ideal. La proximidad con la costa convierte el día de hoy en una prórroga veraniega, que hace más llevadera la tediosa rutina. Tomás realiza su ruta habitual. Se cruza con las mismas personas de siempre. Eso no ha cambiado. Pero hoy hay mercadillo. Y hoy, después de mucho tiempo, Tomás no va a almorzar con su compañero y amigo Emilio. –Hoy no hay carajillo. Hoy voy a comer algo de fruta, que esto se me está yendo de las manos-. Ha comentado agitando con gracia y sin vergüenza su barriga que, pese a no ser muy prominente, ya denota que se ha descuidado bastante. El trabajo es muy físico y tanto él como Emilio están robustamente cincelados a base de cargar bombonas, pero Tomás está decidido a llevar una vida más saludable o al menos a intentarlo.

Es entonces cuando, paseando por el mercado municipal, pasa delante de un puesto de naranjas y algo le hace detenerse. Las observa, son espectaculares. Lucen hermosas, redondas, en tonos ambarinos increíbles. Todas juntas, unas sobre otras, parecen docenas de soles al amanecer. Tomás no puede contenerse y coge una para llevársela a la nariz. –Aprovecha, hombretón, que son las primeras de la temporada, las tengo “regalás”-. La señora mayor que regenta el puesto, le anima con un desparpajo sin igual. Él le sonríe, esta vez no ha fingido tanto como de costumbre al hacerlo. Y, al aspirar el aroma de la esférica fruta, algo salta dentro de Tomás. Un resorte, por mucho tiempo adormecido, parece haber prendido una luz, que no se encendía ni daba calor dentro de su cabecita desde hacía demasiado. Un flash llega a su mente, como metraje antiguo de una película en tonos sepia. Es un retazo, a penas una diapositiva, de su lejana juventud. –Qué cosas te hacen recordar los olores…-

Al final acaba comprando las naranjas y se dirige sin prisa pero sin pausa al paseo de la playa. Esta a pocos minutos y allí se sienta a observar a los rezagados veraniegos, a esos obstinados bañistas que se niegan a aceptar que la mejor parte del año se aleja para no regresar hasta el próximo. Tomás saca una naranja de la bolsa. Observa a su alrededor y no puede evitar sonreír, al ver a un par de turistas que han adoptado, un poco saludable, tono rojizo en la piel. –Estos turistas no aprenden… deberían tener más cuidado con el sol…- Entonces clava sus grandes dedos en la fruta para abrirla y comérsela a la antigua, de dentro a fuera, la forma más deliciosa y placentera, al igual que la más pringosa y engorrosa. ¿Por qué así y no pelarla con la navaja, como él aprendió a hacer de su abuelo? No hay respuesta. Puede que haya sido ese resorte que se ha activado y que ha dejado encendido esa olvidada lucecita dentro. El caso es que ha querido hacerlo así, como un crío desmañado y, al pegar el primer bocado a la naranja, el jugo sale disparado por la comisura de sus labios, salpicando en todas direcciones. Efectivamente no es la forma más limpia pero, por todos los santos que Tomás lo está disfrutando como nunca.

Con cada dentellada, con cada gota de jugo cayendo por su garganta y también por su barbilla, con cada salpicadura acompañada de aroma a la “terreta”, Tomás siente algo que ni recordaba, es añoranza, es el pueblo, es su juventud y de repente se descubre sonriendo de verdad. Es tan extraño que incluso siente cierta vergüenza y mira a su alrededor, por si alguien le estuviese observando. Tras degustar otra naranja, acompañada de más flashes y morriña infantil, mira el reloj y comprende contrariado que debe regresar a la rutina. Más trabajo, más chascarrillos repetitivos, más de lo mismo. Al menos ahora el sabor y el aroma del ayer le acompañarán el resto de la jornada. Sin saber que cada una de esas fragancias, de esos matices y de esos sabores le llevará a un lugar que él no hubiera imaginado. La vida es un conjunto de sorpresas, solo hay que dejarse maravillar y sorprender. Eso es todo…

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Capítulo 2.

La larga y agotadora jornada concluye y Tomás regresa a su casa. Allí donde nadie le espera. El camino hasta ella es el mismo, caminar las veinte calles que separan su hogar del almacén de camiones. De normal ese paseo suele transcurrir con paso lento, casi arrastrando las botas ya sin anudar, sin prisa por llegar donde no le esperan, pero hoy es distinto. Hoy Tomás siente algo diferente. Le parece que hoy es un buen día. No sabe por qué, pero su estómago le hace cosquillas y le dice que así es. Hoy merendará unas naranjas. Sí, cortaditas en rodajas y espolvoreadas con un poco de canela… Es una buenísima idea. Y ese ínfimo e insignificante detalle le tiene, contra todo pronóstico, muy contento.
Y el día pasa y la noche ha llegado, casi furtivamente y sin avisar. Tomás está en su sillón, viendo un programa al cual por minutos le ha ido prestando menos atención. Sin saber por qué su mirada se ha desviado de las luces de la pantalla. Lleva varios segundos con los ojos clavados en las tres naranjas que quedan, redondas y brillantes, luciéndose en la mesa del comedor. “Els tarongers…” Piensa susurrando para nadie, tratando de no molestar al silencio. No sabe cómo ni por qué, pero ahora está observando involuntariamente la estantería de al lado, a un punto en concreto, a un lomo desgastado de cuero oscuro. Se levanta, como llevado por unos hilos que ascienden hasta donde no alcanza la vista y coge el viejo álbum de fotos. Regresa de nuevo al sillón y abre la tapa de piel. Esta le gruñe levemente, parece molesta por tanto tiempo de olvido. Dibuja una sonrisa, la del almuerzo, la de verdad. En la tele un señor agita las manos muy airado, pero a Tomás ya no le interesa. Solo recuerda cosas agradables y entrañables conservadas en blanco y negro, algunas a color, y con bastantes grietas en las esquinas. Qué tiempos aquellos…El pasado se presenta ante él y lo secuestra con amables instantáneas, que le hacen rememorar muchas cosas.
El ayer siempre resulta bello. Incluso cuando no lo fue. Algo tiene, tal vez la lejanía, tal vez la juventud, no se sabe el qué, pero de alguna forma todo siempre parece mejor, más luminoso, más cálido. Tomás se sumerge en el lago de los recuerdos y nada por horas en sus evocadoras aguas, que apenas traen pena, y la que llega es leve. Ningún pesar resiste cuarenta años. Y así transcurre la velada, hasta que, a las once de la noche, Tomás se regaña a sí mismo. Y se dirige perezosamente a su habitación vacía, no sin antes pasar por al lado de las naranjas y oliendo una. Tal vez deseando que ese dulce y a la vez ácido aroma le lleve esta noche a algún lugar que merezca la pena soñar.
Es increíble como la noche alberga toda clase de cosas inexplicables. Es algo que tiene que ver con la luna. Debe ser eso. Sea lo que sea, la noche es ese momento en el que cualquier evento, por extraño o imposible que parezca, podría producirse. Pero de entre todos ellos los más valiosos a la par que intrascendentes son los sueños, pues en su interior todo es posible. Hay quien piensa que son un lugar concreto, un lugar que existe, como otro planeta o universo distinto y cada uno tiene el suyo. Tomás ya lleva un par de horas durmiendo. La noche es fresca y sin ser consciente de ello se arremolina girando sobre sí mismo, para que la sabana lo envuelva. Da la sensación de ser un bebe en el vientre de su madre. Mientras tanto en el planeta de los sueños de Tomás se está sucediendo algo importante, algo que podría cambiar el discurrir de su vida.
Está de pie, sobre una loma alta. Es un día de finales de verano, podría ser este mismo día. El sol brilla con fuerza, como si pretendiera traer el calor estival a golpe de llamaradas lejanas, pero el aire que sopla viene del norte y apacigua tal sensación. Frente a Tomás se extienden decenas de campos verdes, parecen no tener fin. Cientos de tonos verdosos danzan de forma uniforme, como siguiendo el ritmo de una canción que solo ellos pueden escuchar y todos ellos lucen moteados de lunares ambarinos. Cientos y cientos de naranjas se agitan en las ramas, esperando a ser recogidas. Es una estampa preciosa.

Cuadrillas de jornaleros, caminan entre los árboles, recogiendo el fruto del verano. Tomás los puede ver a lo lejos, como hormiguitas con sombrero de paja, laboriosos y entregados. Parecen felices. Sí, diría que lo son. La tierra otorga una extraña sensación de satisfacción. La unión del hombre y la tierra es ancestral y especial. Una sutil melodía de piano parece viajar arrastrada por el viento. Es extraño, pero es un sueño y en ellos puede suceder cualquier cosa. La escena de la recolecta llena de felicidad a Tomás, que alza la mano y se seca el sudor de la frente cuando, algo extraño le hace alertarse. Es como si algo no encajase. Se mira las manos y algo hay en ellas que no le resulta familiar, pero no sabe qué es. Entonces otra mano, la de un niño, se aproxima a la suya y la coge. Por un instante siente paz y también amor. No mira a la criatura que desde abajo le sujeta, sino que devuelve la mirada al horizonte. Segundos después una risa infantil, casi armoniosa, llama de nuevo su atención y entonces por fin se vuelve a observar de dónde viene ese soniquete juguetón.

A sus pies hay un chiquillo de unos seis años. Es hermoso y robusto, con unos caracoles en el pelo que dan vértigo verlos. Está sentado sobre dos cajas vacías, comiendo una naranja a bocados, pringando su manita, su ropa y hasta sus zapatos, pero disfrutando como lo que es, un niño. Madre mía, cómo te estás poniendo… Tomás le riñe con ternura y con una sonrisa en la boca. Es entonces cuando el crío le mira y todo se detiene. Esa cara, esa ropa, esas cajas, esa naranja… la información está ahí, pero es difícil descifrarla. Los sueños son enigmáticos y caóticos. No se dejan entender fácilmente. La sorpresa en el rostro de Tomás es reveladora. Ya sabe lo que ocurre, sabe quién es ese niño… ese niño es él. Y ese hombre de manos rugosas y de brazos velludos, es en realidad su abuelo.
El sueño se desvanece y Tomás sigue soñando. Al amanecer es probable que no recuerde nada pero, si hiciera por recordar, si el sueño quedase grabado, todo podría cambiar. No siempre podemos escapar de nuestros sueños ni de nuestro destino manifiesto. No siempre podemos obviar quiénes somos o quiénes debimos ser. No siempre podemos dejar de buscar el sentido de la vida.

Continuará…

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Capítulo 3.

La mañana llega y Tomás abre los ojos, segundos antes de que el despertador se ponga a sonar en el silencio de la todavía madrugada. Las seis es una hora demasiado temprana para cualquier cosa. La noche ha pasado en un pestañeo y Tomás se extraña de no haberse levantado ni una sola vez para ir al baño o beber agua. Es raro en él. Hace mucho tiempo que no conciliaba una velada completa, lo cual lo tiene siempre algo decaído. Pero hoy es un día raro, se ha despertado antes de que el despertador le zarandee los oídos y encima lo ha hecho con una extraña sensación de ánimo. No es normal tampoco. De hecho es tan raro que incluso se preocupa. Cuando uno se acostumbra a no ser feliz, la misma felicidad o el atisbo de una mínima emoción que se le parezca, puede llegar a asustar.

La rutina habitual de Tomás discurre con una normalidad casi calcada a otras mañanas, pero hoy suena una musiquita en su cabeza. Tararea por la casa, mientras enciende la cafetera eléctrica. Tararea mientras se cepilla los dientes. Tararea mientras se ducha. ¿Qué maldita canción es y por qué la tengo grabada? No hay respuesta. En la mesa del comedor, desayuna su tostada integral aderezada con nada y su café mojado con deliciosa nada. Es la nueva dieta que se ha propuesto para recuperar la forma. En la tele las noticias matutinas. Desgracias a primera hora. Así es normal que la gente no vaya alegre a los sitios. Todo son desdichas, tragedias y fechorías varias.
Tomás no presta mucha atención al informativo, ¿para qué?, es lo de siempre, piensa. Hasta que llega la sección de deportes, también es lo de siempre, pero hablan de su equipo. El Valencia arrastra una racha muy floja y podría descender de categoría. Eso no es algo que le quite el sueño, pero al niño que lleva dentro, valencianista de corazón como su padre y como su abuelo, le duele un poquito. Afortunadamente ayer ganaron. Tres esplendidos goles, que parecen animar a la afición. Ser valencianista es ser un sufridor. “Patidors Taronges…” decía su padre. Tomás sonríe al recordar y echa mano a una de las naranjas que quedan de ayer y la abre con las manos. De nuevo el pringue se produce por toda la mesa y entre sus dedos, pero el aroma que se desprende al salpicar el aspersor de jugo le hace reaccionar. El sueño…
Como si de un metraje en diapositivas se tratase, toda la información que ayer se reprodujo en estéreo y a todo color en su mente, regresa ahora a la pantalla, aunque sea a pedazos y en un blanco y negro mudo. Los campos de naranjos. El calor, las cajas amontonadas, la cancioncita, el abuelo… El “yayo”… Pero más cosas también aparecen en esas diapositivas. El pueblo y sus escalinatas. La plaza principal con sus banquitos alrededor. La iglesia, pequeña pero preciosa, reluciente de blanco como una novia el día de su boda. El patio de la casa de su “yaya”, con un pequeño jardín con tomateras plagadas de enormes esferas coloradas como a fuego. La bicicleta, aquella BH bronce, con las ruedas pequeñas, y el fardo cargado siempre atrás. La lluvia de imágenes que parecen haberse sucedido a lo largo de la noche, abruman a Tomás que apenas puede acabarse el café, mientras trata de ordenar todo aquello. Hay más, mucho más. Hay quien diría que haya dormido por semanas, sino ¿de qué manera ha podido almacenar tanta información en un sueño de una sola noche? No encuentra respuesta y aun así siente que significa algo. Tiene esa sensación de tener que hacer algo o decir algo, pero no alcanza a encontrar la solución.

Toca ir a trabajar. El día transcurre lento, como envuelto en una espesa niebla. Hoy a duras penas habla con Emilio. No bromea ni sonríe a los clientes. Ni tampoco hace comentarios chistosos, por los que es tan conocido. Hoy no puede hacer nada de eso, porque algo espolea su cabecita. Ese sueño… Esos recuerdos… ¿por qué? No hay respuesta todavía. Está ahí. Él lo sabe, pero no llega. A punto de concluir la jornada, su compañero Emilio, preocupado y algo molesto por el infrecuente silencio, le pregunta por su estado. A tí te pasa algo, macho… Tomás le cuenta su extraño sueño y su inquietud al no entenderlo, pero su amigo le responde con total naturalidad. “Che”, eso es morriña. Así de “fassil”. A veces las respuestas más simples son las correctas. La jornada concluye, en el mismo silencio con el que comenzó, pero la teoría del psicoanalista doctor Emilio no le abandona. Morriña… ¿será eso? ¿Nostalgia? Será eso. Podría ser.
La mitad del rompecabezas parecía estar clara. Pero aun así, seguía sin verse la imagen que este representaba. Al llegar a casa, tras un paseo largo y arrastrado, como tantos otros, Tomás está decidido a hacer algo. Rebusca por la casa, a la caza de una vieja libreta. Una agenda de papel de las que ya no se usaban. Eso anda buscando por los cajones. Por fin la encuentra y su primera impresión es de nudo en el estómago, ya que no es suya, él únicamente la heredo de su madre, junto a otras tantas cosas viejas y ya en desuso. Agita las hojas, sin ninguna delicadeza. Busca la P. Una vez en la página correcta sondea los nombres hasta que aparece. Paquita, Prima.
El teléfono es un fijo y Tomás duda. Puede que al llamar ni si quiera dé tono, pero de igual forma marca y sí da tono. Una voz rasgada y anciana responde al otro lado. Es la voz de la prima de su madre, para él su tía, de siempre. Hace más de veinte años, desde el fallecimiento de su querida madre que Tomás no hablaba con nadie de la familia. Es un momento extraño, precedido por un silencio que la anciana interpreta como molesto e insiste carraspeando y alzando la voz. Sí… tía Paquita… soy Tomás… el hijo de la Amparito… Le ha costado hasta pronunciar su nombre, pero ya está. La conversación fluye y la anciana al teléfono se alegra sobremanera de la inesperada llamada. Conversan por más de treinta minutos. Se tratan de poner al día en un intento fútil por obviar los años de silencio e indiferencia. Sigue existiendo un cariño que va más allá de los apellidos, pues está ligado a la sangre. Es entonces cuando la revelación llega a Tomás, que comprende todo o quiere hacerlo. El hijo de su tía, el “prim” Luis, su primo segundo, con el que él se crió los veranos de infancia y juventud, está ahora muy enfermo. Están todos muy preocupados y no saben si se recuperará.
Tomás, con un nudo en la garganta, siente la necesidad de dejarlo todo y acudir al rescato de un hombre al que hace más de treinta años que no ve y que aun así era su mejor amigo de infancia. Aquel crío de ideas traviesas y de resistencia a los azotes sin igual, con el que trasnochó, jugó y cazó lagartijas, hoy se moría. Tomás no le debía nada. No tenía obligación de nada. Pero sentado a la mesa de su solitaria casa, con el teléfono en la mano, miró las dos naranjas que quedaban del día anterior. Su fragancia, su color, su sueño… el sueño… las naranjas… no podía ser una coincidencia. No quería que lo fuese. Al fin y al cabo las señales del destino están ahí para que hagamos con ellas lo que nos dé la gana.
Sí, tía, mañana mismo iré a veros. No te preocupes…

Continuará…

Capítulo 4.

Aún no se ha hecho de noche, aunque los días ya comienzan a acortar. Son las siete de la tarde y el sol comienza a enrojecerse y el cielo ya se torna más oscuro, como mar profundo. Tomás cuelga el teléfono y llevado por un ímpetu impropio de él vuelve a marcar. Está decidido hasta un punto preocupante. Sería capaz de hacer cualquier cosa ahora mismo con tal de cumplir la promesa hecha a su tía. Al otro lado del aparato contesta su supervisor, el señor Polinario, un hombre normalmente seco y de carácter agrio, al menos en el trabajo. Se dice que fuera de él es un bromista, que gusta de compartir carajillos con cualquiera que tenga ganas de escuchar sus chistes verdes, y que nunca le duelen prendas en invitar. -A ver… y tú, ¿qué quieres ahora, “gurriol”?- Ya desde su contestación demuestra que hoy es otro día en el que no está de buen humor. Es una persona que parece haber nacido con una astilla clavada en un pie, siempre molesto, siempre irritado y siempre a punto de saltar sobre alguien. Pese a todo eso, Tomás tiene que conseguir disponer de esos días que tanto necesita.
Le explica que tiene un familiar muy enfermo y que va a gastar esas libranzas para poder ir a visitarlo antes del estertor final. Se ofrece a entrar a trabajar más temprano, para que esto le permita salir dos horas antes y poder emprender carretera antes de que entre la noche. En el teléfono se produce un silencio un poco incómodo, que finaliza al poco rato con un -sí, vale, de acuerdo- .

Tomás sonríe victorioso. Puede que a su regreso deba lidiar con horas extras, pero le da igual. Cuelga el teléfono muy orgulloso de sí mismo y, para festejar, se sirve una cerveza fría de la nevera, mientras ojea de nuevo el antiguo álbum de fotos. Hay tantos recuerdos y tantas personas que ya no están. La foto de él de pequeño sentado dentro de una cesta de mimbre enorme y con su abuelo en su taburete a su lado le hace sonreír. Alza su cerveza para hacer un brindis solitario y se permite un pensamiento para aquel buen hombre cuya única meta en la vida fue trabajar para su familia. -Por ti “yayo”…-

Tras ese pequeño momento de regalo para sí mismo, se pone en pie. Debe prepara su equipaje. Mañana en cuanto regrese del trabajo debe coger un autobús y quiere tenerlo todo listo. Son dos semanas las que pasará allí así que diez pares de calcetines, diez calzoncillos, tres pantalones largos, dos cortos, varias camisetas y tres camisas, sus únicas camisas decentes. Con todo amontonado en la maleta, supuestamente doblado, se da cuenta de que casi lleva todo su armario. No tiene mucha ropa. ¿Para qué? Su vida es trabajar y poco más. Por un instante, detenido frente a su escasa y no muy decente ropa, se da cuenta de que no tiene vida. Al menos no una vida de verdad. Lo sabe de hace tiempo. Tampoco es una sorpresa. Ha estado años aletargado, alejándose de todo el mundo sin irse muy lejos. Escondido tras una rutina y en el interior de una casa vieja. No es una revelación que desorbite los ojos de nadie. Ya llevaba semanas planeando sobre su cabeza y pese a ello le pilla algo desprevenido. Pero todo eso podría estar a punto de cambiar. Lo bueno de tener poco que conservar o perder, es que no hace falta mucho para comenzar a ganar.

La noche llega y luego pasa, lenta. Las manecillas del reloj se agitan adelante y a atrás, jugando con la mente de Tomás, que no puede conciliar el sueño al saber que, en pocas horas, volverá a su pueblo. -El “poble”… cuánto tiempo. ¿Cómo estará? ¿Lo reconoceré? ¿Me conocerán?- Las preguntas se amontonan en la parte trasera de su mente, como un remolque de incertidumbre que deberá de arrastrar por la carretera nocturna en la que se encuentra. Por suerte no hay inquietud que no acabe doblegada por la luna, y al final Tomás se duerme. Una vez en su planeta de sueños, vive decenas de experiencias, pero no las recordará al despertar. Hoy no es una de esas noches especiales.
Amanece, hoy con más dificultad. El despertador ha tenido que rescatar a Tomás de la cama, agotado por el desvelo de la noche anterior. No obstante, sigue animado y nervioso. En menos de siete horas partirá hacia sus raíces. Es lo que más ganas tiene de hacer ahora mismo. A lo largo del reparto, vuelve a estar tan dicharachero como siempre, aunque necesita de algunas dosis esparcidas de café para aguantar el cansancio. Al contarle a Emilio su decisión y su conversación con el supervisor, su compañero le aplaude. -Eso es lo que tenías que hacer. Con dos “collons”…- ambos se ríen y bromean. Y, a dos horas de concluir la jornada, Tomás se despide de su amigo y salta casi en marcha del camión para regresar a casa.

El camino de vuelta se hace hoy ligero y dinámico. Los pies no arrastran por el suelo, sino que más bien vuelan. Tiene el tiempo justo para llegar, coger la maleta y salir hacia la estación de autobuses. Si llega a tiempo el autocar que pasa por su pueblo sale en hora y media, pero si se retrasa un poco tendrá que esperar dos horas más. Una vez en casa, todo está listo así que se ducha rápidamente y entonces, al mirar el reloj y ver que todo va según lo previsto, se detiene. -Un último regalo-. Tiene un antojo final para celebrar esta extraña aventura. Coge las naranjas del comedor, las lleva a la cocina, las pela con un cuchillo, las corta en rodajitas y las baña en viscosa y deliciosa miel de flores. Sin duda un premio ganado con honor y un final más que digno para esas premonitorias y misteriosas naranjas de la nostalgia. -Deliciosas…-

Continuará…

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