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Los Abuelos de la Navidad

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El anciano de frondosa barba blanca y de considerable circunferencia abdominal amaneció con una sonrisa en los labios. Era día 1 de diciembre y eso significaba, que la Navidad estaba tan cerca que casi podía tocarla. Se levantó de la cama con más energía de lo habitual y se dirigió al armario. Antes de abrir la puerta observó su reflejo en el espejo de la puerta y se descubrió un poco más viejo y un poco más gordo, pero también un poco más feliz, con la cara iluminada de un sonrosado tono, propio de la felicidad. Abrió el armario y dentro comprobó que las dos cajas de regalos seguían allí, con sus lazos perfectamente hechos y con los nombres de sus destinatarios.

Una vez vestido con ropas abrigadas, acicalado y aseado salió de su estancia. Sin dilación fue directo a la zona común del salón-comedor, donde ya le aguardaban sus dos mejores amigos, dos ancianos, barbudos como él y con unas sonrisas igual de amplias, como la de él. Sin duda aquellos tres hombres habían estado aguardando la llegada de la Navidad con la ilusión de unos auténticos niños.

 

— ¡Hombre! ¡Por fin se levantó Melchor! —  exclamó uno de ellos.

— Buenos días, chicos. — dijo este nada más llegar, observando a sus compañeros esperándole frente a una mesa bien servida de toda clase de alimentos —  Sin duda desayunáis como Reyes.

— Como debe de ser. — respondió uno de ellos.

— ¿Cómo has dormido, Gaspar? —  le espetó el otro.

— Pues regular, como siempre. Además, aquí nuestro querido Baltasar ronca como una retro excavadora y lo escucho a través de las paredes.

— No ronco. — espetó el tal Baltasar — Es que respiro muy profundo.

— Ya claro, y Melchor no llega siempre tarde, es que los relojes no siguen su ritmo, ¿no?

— Me gusta la idea. — replicó este.

— A mí también. — secundó Baltasar.

 

Los tres rieron con sus juegos y chanzas habituales.

— Bueno. Al grano. — zanjó la cuestión, Gaspar — Vosotros ya tenéis vuestros regalos preparados. Ahora faltan los míos. Así que hoy sin falta tenemos que comenzar a prepararlos, que siempre me quedo el último.

— Es que los tuyos siempre son los más elaborados, por no decir especialitos.

— Bueno. Algunos tenemos más estilo.

— Ahora le llaman estilo. — inquirió Baltasar con maldad cariñosa —  En mi juventud se le llamaba ser un tiquismiquis.

— En la mía también. —  le secundó Melchor.

— Iros a la porra. —  fingió enfadarse Gaspar.

 

Los tres ancianos acabaron de desayunar entre bromas y planes para ese día. Eran tres hombres de complexiones similares, luciendo barbas a juego y cuya mayor ilusión era la llegada de aquellas fechas, pues en ellas se producía la magia que tanta felicidad les producía.

Los días pasaron y después la semanas, y en todo ese tiempo el trío de adorables cascarrabias se dedicaron a hacer acopio de toda clase de materiales y herramientas, para poder llevar a cabo el montaje de los regalos de Gaspar, que como siempre elaboraba complejos diseños laberínticos y toda clase de manualidades para confeccionar sus regalos navideños.

Entre quejas varias y bromas intercaladas completaron por fin su labor y llegó el gran día. El año viejo se marchó y en un suspiro llegó el ansiado momento. Era día 6 de Enero. Día de Reyes, y Melchor, Gaspar y Baltasar amanecieron incluso antes de que lo hiciese el mismo sol, nerviosos e ilusionados. Ninguno había llegado a dormir mucho, a causa de esas inquietas mariposas que aleteaban en sus viejos estómagos. Se arreglaron y bajaron hasta las zonas comunes, donde el salón-comedor se había convertido en un escenario navideño entrañable, repleto de personas felices, con atuendos a juego con las fechas y con el elemento característico y novedoso de aquel día; los visitantes. Caras nuevas y no tan nuevas de familiares que habían acudido a celebrar el día con sus seres queridos.

Las caras de los tres ancianos se iluminaron.

Baltasar lo hizo al observar en el salón a su hijo, acompañado de su esposa y de una preciosa niñita, con coletas y abrigo rojo.

Gaspar sonrió ilusionado al ver a sus tres hijas aguardándole.

Y Melchor sintió una especial alegría al poder ver a su hija acompañada de su nieto.

Todos ellos se abrazaron con el cariño de quien se añora con fuerza, pero fue quizás Melchor el más emocionado y los tres lo sabían.

—Mi niña… — dijo con la voz trémula, al tener a su hija frente a él — Qué guapa estás…

— Papá… — ella no contuvo las lágrimas de emoción, que se desbordaron hasta alcanzar la comisura de sus labios convertidos en sonrisa — Feliz Navidad.

Tras el emotivo abrazo, ambos se separaron para que Melchor pudiese atender a su nieto. El anciano se agachó quejándose, como si las bisagras de su vieja espalda estuvieran oxidadas y se quedó sonriendo al pequeño, que no llegó a entender la emoción de los ojos de su abuelo, pues su corta edad le impedía interpretar la añoranza como lo hacían los adultos.

— ¿Martín…? ¿Eres tú de verdad?

— ¡Sí, abuelo!

— No puede ser… — dijo Melchor, fingiendo incredulidad — Martín es un niño pequeño y tú eres ya un hombrecito.

— ¡Que soy yo, abuelo!

— No sé, no sé…  Yo recuerdo que Martín me abrazaba muy fuerte. — Comentó el anciano con picardía — A ver; Dame un abrazo fuerte a ver si me abrazas como yo recuerdo

Al decir eso, el pequeño se apresuró a demostrar su identidad y se aferró a su abuelo con tal ímpetu, que casi derriba al anciano, entre las risas de este y la sorpresa de su madre.

Su hija vivía en Zurich desde hacía varios años junto a su nieto y su yerno y apenas podía verlos. Y por eso mismo aquella época era realmente tan especial y la había estado aguardando todo el año con tanto anhelo e ilusión.

La mañana avanzó entre anécdotas, risas, turrones y copas de champán. Todo era alegría y emoción y por un día parecía que nada de lo malo acontecido durante el año pesaba más que el gozo de la hermosa compañía de los seres queridos. Tras la copiosa comida navideña, llegó el momento de los regalos. Todos los presentes tenían algo que ofrecer y eso convirtió a todos los presentes en niños por unas horas. Nada hay como un paquete envuelto en papel brillante y colorido, rematado con un lazo para ilusionar y alegrar cualquier corazón.

— Toma, cariño. Espero que te guste. — le dijo Melchor a su hija haciéndole entrega de un paquete de considerable tamaño.

Cuando esta lo desenvolvió su sorpresa y emoción fueron inmensas. Era un lienzo en el que se podían ver tres figuras. Era ella de pequeña junto a su padre y a su madre, la replica de una foto especial de su niñez que hizo brotar unas lágrimas en la mujer. Rápidamente se echó a los brazos de su padre.

Se pudo escuchar de lejos algún exabrupto proveniente de Gaspar y de Baltasar, apodando a su amigo de “artista de brocha gorda” y “Van Gogh de pulso fino”, entre risas y complicidad cariñosa, que Melchor recibió con agrado y buen humor.

Después llegó el momento del pequeño.

— Toma, Martín. Este es tu regalo. — Le dijo al crío, ofreciéndole un paquete pequeñito.

Este, al abrirlo, reaccionó de forma entusiasta. Se trataba de un libro, pero no uno cualquiera.

— Este es el primer libro que le leí a tu mamá cuando tenía más o menos tu edad.

— El Principito… — leyó con atención el niño.

— Es un libro muy especial, cariño. — intervino su madre — Lo leeremos todas las noches.

— ¿Te ha gustado?

— Mucho, abuelo.

— Bueno. Por si acaso no te gustaba, tenía otro regalo preparado, pero como veo que sí, pues ya no hace falta que te lo de… ¿no?

— Sí, sí. — reaccionó rápido el crío, ante las risas de los dos adultos.

En esta ocasión se trató de otro paquete un poco más grande, que contenía un juguete de construcción a base de diminutas piezas y que al niño pareció entusiasmar.

Por un instante Melchor se sintió pleno. Sus dos seres más queridos estaban inmensamente felices y él era el responsable de aquella felicidad. No podía pedir más. Y de hecho no esperaba nada, cuando su hija se giró, metió la mano en su bolso y sacó un sobre con un pequeño lazo, que le ofreció a su padre.

— ¿Y esto?

— Tu regalo.

— Pero… no hacía falta. Ya habéis venido.

— Bueno. A veces el que da regalos también tiene derecho a una sorpresa.

Cuando el anciano abrió el sobre, una marea de sentimientos le abrumaron. Miedo, alegría, sorpresa, nervios, esperanza y un largo etcétera, que se amontonaron en su pecho. Era un billete de avión para viajar a Zurich.

— Queremos que vengas a pasar un tiempo con nosotros a Suiza y que estés más con Martín. — dijo ella — Si tu quieres, claro.

— Yo… — Melchor estaba tan emocionado, que tuvo que tomar un par de bocanadas de aire profundas — Claro que quiero.

— Pues entonces arreglado. — ella se giró a su hijo — El abuelo se vendrá a casa con nosotros. ¿Qué te parece?

— ¡Genial!

 

Y así, entre regalos, risas, sorpresas y villancicos, el día fue pasando hasta que el último de los visitantes se hubo marchado, quedando los tres ancianos sentados en sus tres butacas del salón, junto con otros tantos compañeros. Todos ellos cansados por tanto ajetreo, pero todos ellos con inmensas sonrisas dibujadas en sus veteranos rostros.

— ¿Así que te marchas? — Preguntó Baltasar.

— Sí, pero serán sólo unos meses, hasta septiembre. — aclaró Melchor, ante la sutil inquietud de sus buenos amigos — No puedo dejar el trío de los Reyes Magos cojo para la próxima navidad.

— Más te vale. — inquirió Gaspar, con malicia — Que a este no lo aguanto yo solo.

— Eh. — Baltasar se hizo el ofendido — Que aquí el que más aguanta soy yo.

— Sí. Seguro.

Ante la réplica de Gaspar los tres rieron al unísono.

—Es agradable ser los Reyes Magos por un día, ¿verdad chicos? — Preguntó tras un suspiro de satisfacción Melchor.

— Y tanto que sí. — asintió Gaspar.

— Es un gustazo. — confirmo Baltasar.

— Creo que hemos acertado con todos los regalos, ¿a que sí? — preguntó retóricamente Gaspar.

— Claro que hemos acertado, — dijo con satisfacción Melchor, mesándose su frondosa barba blanca — si no vaya Reyes estaríamos hechos.

 

Los tres rieron y alzaron sus tazas de chocolate caliente para brindar por sus familias, por su amistad y por más Navidades como aquella.

Sin duda en aquel lugar de descanso, ellos eran los tres Reyes, aunque no fuesen magos.

 

FIN

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