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La Herencia

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Un secreto, una herencia, tres hermanas y un reencuentro… Como condición, las tres deberán convivir durante un mes en la casa de su infancia para poder heredarla y así decidir qué hacer con ella. Durante ese reto surgen momentos inesperados que harán a las hermanas verse en situaciones delicadas…

Capítulo 1. – El triste reencuentro

Siempre creí que en la vida las despedidas son menos difíciles cuando la edad anciana se aproxima. Los años y los golpes acaban por otorgar una sabiduría vital, que nada tiene que ver con lo que sabemos, sino con lo que sentimos. Es por ese mismo motivo que, llegado el momento, la muerte pasa de ser un fantasma que nos perseguía a ser sólo una sombra, la nuestra propia, que nos acompaña hasta que sencillamente un día se desvanece sin más.

Sé que hablo con mucha ligereza de algo tan trascendental, pero eso es porque  mi momento ya llegó y mi sombra ya se desvaneció. Sucedió hace apenas unos días, tras una dura pero afortunadamente breve enfermedad. Curiosamente la supuesta despedida de mi vida no ha resultado ser tan dramática como siempre imaginé. De hecho todavía sigo aquí, en la que fue mi casa. Paseo muy tranquila a través de sus paredes, deambulando entre mis recuerdos, sin sentir tristeza en absoluto. De hecho es agradable no sentir pesar alguno. Simplemente disfruto de esta extraña paz que he dejado tras mi marcha.

No sé muy bien por qué sigo aquí. Siempre fui una mujer cabezota y algo obstinada, pero esto ya sería el colmo. Tengo la corazonada de que todavía permanezco aquí a causa de mi último deseo. He sentido por muchos años esa pequeña pero afilada pena, al intuir que mis tres niñas se han alejado tanto, que podrían haber olvidado que se quieren. Y ese es sin duda un pesar que una madre sería capaz de llevarse al más allá.

****

Amelia, la mayor, ya estaba aquí desde primera hora del día. Ella siempre está cerca y siempre es la primera en llegar. La observo sentada en el que era mi butacón, tratando de reconectar con mi ausencia, mientras su rostro luce pálido y compungido. Me duele verla así. Ojalá pudiera decirle que estoy bien y que todavía estoy a su lado. Mientras tanto Valeria, mi segunda hija, está en la cocina tratando de ser útil y preparando la segunda cafetera de la mañana. No puede estar quieta, pero sobre todo es incapaz de estar mucho rato en presencia de su hermana mayor. Es una realidad triste que me produce una creciente desazón, al verlas bajo el mismo techo y aun así tan lejos la una de la otra.

Pero entonces se escucha la puerta principal y seguidamente una especie de pajarillo dulce y armonioso lanza un reclamo, que me hace sonreír.

― ¿¡Hay alguien en casa!? ― es la voz alegre de Martina, hoy suena algo más apagada, pero aun así parece iluminar las paredes en las que rebota.

― ¡En el salón! ― responde Amelia, aliviada por la llegada de la pequeña de la casa.

Mi pajarillo se reencuentra por fin con sus dos hermanas mayores y por un instante los kilómetros de distancia emocional parecen desvanecerse. Sin duda Martina es ese pegamento de cariño, que es capaz de unir cualquier corazón. Espero que lo que están a punto de descubrir mis tres hijas no les resulte demasiado desconcertante. Nunca fui una madre convencional y en mi testamento he dejado un último deseo, que de seguro será toda una sorpresa.

Puede que no les guste, pero valdrá la pena esa última jugada con tal de volver a ver a mis queridas hijas unidas y queriéndose como yo sé que pueden hacerlo.

 

Capítulo 2. – El testamento

Si pudiese, habría llorado de felicidad al verlas a las tres de nuevo juntas. Creo que no sucedía tal cosa desde mucho antes de que yo enfermase. Me he alegrado mucho. Son mis tres princesas y no podría quererlas más, a cada una con todas sus virtudes y defectos. Pero el momento dura poco. El timbre repica. Al otro lado se encuentra mi albacea, el señor Gregorio Bonmatí, que con su solemnidad y rigor habitual entra en la casa y, una vez en el salón, se dispone a la lectura del testamento.

― En primer lugar les ofrezco mis más sinceras condolencias. Su madre era una gran mujer. ― las tres sonríen educadamente entristecidas y él prosigue ― Voy a dar comienzo a la lectura del testamento abierto de doña Desamparados Redondo García. La notaría Bonmatí y asociados, en cuya representación actúo, se hace cargo de la última voluntad de la fallecida, la cual indicó que su herencia debería ser dividida a partes iguales entre sus hijas aquí presentes, siempre y cuando las tres accediesen a las condiciones expresadas en este documento firmado ante este notario.

De repente los ojos de mis niñas se buscan entré sí. Se han extraviado en la solemnidad del acto y creen haber comprendido mal, mientras yo confieso estar disfrutando un poco. Siempre fui un poco juguetona.

― Ahora pasaré a leer el testamento, de su puño y letra:

“Queridas hijas mías. Sé que estaréis tristes y ahora además un poco desconcertadas. Siento no haber podido quedarme más tiempo a vuestro lado, pero así es la vida. Esto se veía venir, así que ahora os pediré algo que no pudisteis darme en vida y que me haría inmensamente feliz allí donde ahora esté. Sabéis que vuestro padre fue un hombre trabajador y honrado y junto a él ahorramos lo suficiente para pagar esta casita, que ahora debería ser para vosotras. Pero antes quiero poneros unas condiciones que serán de obligado cumplimiento para que disfrutéis de mi legado.

Siento ponerme tan sargento, pero no quiero marcharme sintiendo que fracasé como madre y para ello necesito saber que estaréis juntas de nuevo. Y sin más dilación estas son mis condiciones: deberéis pasar un mes entero las tres bajo este mismo techo, conviviendo y reencontrando aquello que perdisteis hace años. Además quiero que, a lo largo de ese mes, hagáis unas reformas en la casa; pero nada de ir cada una su aire, que os conozco. Quiero que arranquéis el viejo olivo del jardín y lo convirtáis en leña para la chimenea. También quiero que hagáis un estanque bien bonito justo donde está mi huerto. Y por último quiero que pintéis todas las habitaciones de la casa y descolguéis todos los cuadros y retratos.

Estas son mis últimas voluntades. Por favor, no seáis cabezotas, ahorraros los esparajismos de incredulidad y aceptad mi último deseo. Me haríais muy, muy feliz. Vuestra madre, que os querrá siempre.”

― Y hasta aquí la lectura del testamento.

Un segundo de silencio sepulcral, mientras el desconcierto va creciendo en sus caras. No puedo evitar sonreír. Sé que he sido un poquito traviesa, pero merecerá la pena.  Al final es Valeria es la primera en explotar:

― ¿¡Pero qué clase de chaladura es esta!?

 

Capítulo 3. – Asimilando los cambios

Han pasado casi dos horas desde que Gregorio se ha marchado de casa, no sin antes responder a un sinfín de cuestiones legales al respecto de la obligatoriedad de cumplimiento de mis últimas voluntades. Él, muy respetuoso y sereno, les ha confirmado que de no ser así no tendrán derecho a ninguna herencia y que todo pasará a pertenecer a la cruz roja, tal y como dejé indicado.

Y aquí estamos las cuatro en el pequeño pero acogedor jardín de la casa. Cada una de ellas está sentada en una silla, tratando de ordenar sus pensamientos, mientras yo las observo llena de amor con una sonrisa.

― ¿En serio vamos a hacerlo? ― Valeria es la más indignada de todas.

― ¿Tenemos otra opción? ― le replica Amelia, que sistemáticamente siempre va en contra de lo que diga su hermana.

― Se ve que no. ― dice Martina sin mucha oposición.

Yo sabía que ella sería mi aliada. Siempre lo fue.

― Menuda jugada, mamá. ― murmura Valeria al viento, bastante molesta conmigo.

― No hables así. ― le responde mordiente su hermana mayor.

― Vale… ― esta vez Valeria no entra al trapo, pero sigue contrariada ― Pero es una jugada.

― Bueno, no es para tanto. ¿No? ― les pregunta mi pequeña artista.

― Ya habló la vivalavirgen… ― ahora mismo Valeria está molesta con todo y con todos.

― No lo pagues con ella. ― le regaña Amelia.

― Haré lo que quiera. ― Valeria se revuelve ― ¿Ya estás otra vez ejerciendo de madre?

― ¿Cómo te atreves? ― Amelia se levanta ofendida.

― Vale, chicas. Ya está. Dejadlo, por favor. ― al final, la siempre pacifista Martina, es quien pone fin a esta pueril discusión, con sensatez y madurez ― ¿Tan difícil os resulta? Es lo que mamá quería.  ― sus palabras acaban por avergonzar a sus hermanas mayores, que agachan las cabezas ― Ya lo quiso cuando estaba viva y no fuimos capaces de darle ese gusto. ― su voz se quiebra un poco, pero se contiene ― Y ahora ya no está. ¿Podemos por favor plantearnos cumplir su voluntad? No por la herencia, sino por ella. ¿Tanto os cuesta?

Las aguas se calman gracias a mi pequeña, siempre sensible y empática. Necesitan un par de horas para acabar asumiendo que lo que les he pedido no es para tanto. Convivir juntas como antes no puede ser tan difícil. En realidad son las tareas que les he encargado lo que no acaban de ver claro. Siendo Valeria la más confusa;

― ¿Por qué querría que nos deshiciésemos justamente de esas cosas que tanto le gustaban? ― lanza la cuestión, pero ninguna sabe la respuesta.

Me sonrío satisfecha y algo traviesa. Ellas todavía no lo saben, pero ya están cayendo en mi sutil trampa de amor. Nada en absoluto me podría hacer más feliz ahora mismo que este instante, con mis tres hijas sentadas en mi jardín, aceptando mis deseos y abriendo la puerta de sus corazones para quizás con suerte volver a quererse como un día hicieron.

 

Continuará…

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