Camaleón

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Camaleón

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Llegó el verano y con él uno de nuestros relatos que tanto os gustan. Os presentamos Camaleón, una historia llena de pasión escrita por Laura R. Sábado, donde un bonito amor de antaño se apodera del relato. Junto a los protagonistas, Ramón y Dorotea, conoceremos el verdadero significado del sacrificio por la persona a la que amas.

Esperamos que os guste!!! 

Capítulo 1.

Cuando nos llegó la noticia de que mi abuelo había dejado la ciudad  para trasladarse a vivir al campo, pensamos que su cabeza había dejado de regir bien. Jamás comentó que conservara allí propiedad alguna.

Atrás dejaba su pasado, su posición. Era una eminencia, vivía rodeado de lujos y de comodidades, adulado por unos y envidiado por otros. Tomada la decisión, no se molestó ni en descolgar los diplomas de las paredes, reconocimientos merecidos por una vida entera, conseguidos con mucha dedicación y esfuerzo.

Solo se llevó el retrato de mi abuela Dorotea, de la que se enamoró siendo ambos muy jóvenes, y con la que lo compartió todo. Lo abrazó y lo envolvió con esmero, según palabras del conserje, único testigo de su partida.

—Le gustaba ese cuadro en especial —dijo con timidez el señor Alfredo, al tiempo que nos entregaba una copia de la llave para que pudiéramos entrar en casa del abuelo—. Tuve que cerrar, ¿saben?  Él no se molestó en hacerlo. Dijo que les entregara a ustedes esta nota, pero que no se preocuparan por él, que estaría bien allá donde iba. Parecía feliz, como nunca le había visto desde hacía mucho tiempo. Éramos amigos ¿saben? Aquí  los dos solos, tantos años… Cuando mi Emiliana también se fue, comenzó nuestra verdadera amistad. Siempre nos gustaba imaginar que ellas estarían juntas, charlando sobre nosotros dos, sabiendo con certeza que nunca las olvidaríamos y que seguirían presentes aquí, en cada rincón de nuestras casas.

“Su abuelo le hablaba al retrato de doña Dorotea, ¿saben? Como si ella todavía estuviera a su lado. Cualquier extraño podría pensar de él que estaba ido, pero yo fui testigo, día tras día, de cuánto la había amado y de cuánto la añoraba todavía. Su cordura regresaba cuando sus recuerdos se alejaban, y era entonces cuando, intentando recuperar la compostura, me decía:

—Qué, Alfredo, ¿hace un vermut y una partida?—. Y ese era el comienzo de largas horas pasadas entre alfiles, reinas y torres, en completo silencio. Y así transcurrían sus días, hasta que los recuerdos regresaban de nuevo, haciéndolo cada vez con mayor frecuencia, pero siempre sin avisar y sorprendiéndole con la guardia bajada.”

Las palabras del conserje nos conmovieron. Mi abuela fue su vida, su “camaleón”, como le gustaba llamarla, la que renunció a una vida propia al unirse a él, aunque ese no fuera su mundo. Aprendió a ser una gran señora, querida por todos. Su bondad y su saber estar obraron milagros en la encorsetada sociedad de la época que a ambos les tocó vivir. Siempre estuvieron rodeados de gente reacia a admitir en su círculo a los llegados desde provincias. Si además se erigían como triunfadores entre los adinerados, cuyas fortunas les habían venido dadas desde la cuna sin esfuerzo alguno, la situación se tornaba más delicada. Pero supieron moverse entre ellos y salir adelante.

La abuela Dorotea, ahogada entre el cemento de la gran ciudad, nunca alzó su voz. Siempre estuvo a la altura, fuesen cuales fuesen las circunstancias, pero se fue demasiado pronto.

La enfermedad de la tristeza la consumió poco a poco, sin que nadie nos diésemos cuenta, como tampoco ahora éramos capaces de ver que la soledad, lentamente, se había apoderado del abuelo.

Regresaba a su hogar.

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Capítulo 2.

Como cada tarde de domingo, Ramón se había presentado a las cuatro en casa de doña Sacramento, madre de Dorotea, la Sacra como era conocida en el pueblo, saludándola con mucha cortesía:

—Que tenga buena tarde, doña Sacra.

—Que la tuya también lo sea, hijo.

—¿Don Sebastián descansa?

—No, hijo, no sabe qué quiere decir esa palabra. Ha salido un rato con sus aperos a trabajar en la huerta. Con lo que me traiga prepararé una buena cena, que hoy cenaremos al fresco. Dile a tus padres si quieren pasarse, anda, que también he preparado unas rosquillas de azúcar y vino, que con un anisete te hacen rejuvenecer.

—Delo por hecho, mujer. Seguro que madre, con su inseparable rebeca, tomará el fresco y las rosquillas con ustedes. El anisete será padre quien dará buena cuenta de él. Prepárese para oírle cantar sus jotas de toda la vida. No cambia nunca de repertorio. Bueno, solo a veces deja tranquilas las jotas para cantar por Valderrama. Y sepa que madre ha tejido una toquilla para usted, siendo tan friolera como es ella, cree que todos vamos por ahí dando tiritones. En fin…

La Sacra, a quien le gustaba más hablar que escuchar, continuó hablando interrumpiendo a Ramón:

—Y, como te decía, hijo, no será porque no le digo veces a Sebas: “¡Válgame Dios, que un día le va a dar algo, con este sol que parece dispuesto a dejarnos el cuerpo sin humedad!” Pero ya ves, él es así. Todo le parece poco, siempre pensando en todos antes que en él mismo. Y claro, que yo no digo que el campo no sea sacrificado, pero él no tiene medida ni fin. Y no será porque no le diga, pero Sebastián…

En ese momento apareció una jovencísima Dorotea que, dando un sonoro beso a su madre en la mejilla, y con la gracia natural con que se desenvolvía siempre, no tardó en recriminarle con un guiño de ojo:

—Madre, déjeme algo que contar a mí. Si usted ya le cuenta todas las novedades a Ramón, esta tarde nos aburriremos porque ya no sabremos de qué charlar.

—¿Aburriros los jóvenes? —continuaba imparable la Sacra—. ¡Anda, zalamera!, que no tendréis cosas mejores que hacer que contaros historias de viejos. Y no te sonrojes hija, que yo también he sido joven. Menudo mozo era tu padre cuando íbamos a la alameda a merendar y a refrescarnos en el río. Recuerdo un día en que…

—Madre, por favor,…

—Ya ves, hija, no tengo remedio, claro, si tu padre no fuera tan suyo y tan callado… Marchad y regresad antes de que anochezca. Y tú, Ramón —añadió con un dedo amenazador que no atemorizaba a nadie—, trátala bien. Que si yo me entero que a mi niña…

—Madre…

Y lanzándole a su madre un beso al aire, Dorotea tomó a Ramón de la mano y ambos salieron riendo, dando un portazo que hizo que la Sacra se sobresaltara.

—¡Por Dios, esta juventud! ¡Qué pocos modales tienen! Todo vale, hasta dejar a una con la palabra en la boca ¿No cree, madre?

Continuó su perorata, dirigiéndose ahora al retrato de la anciana doña Micaela que, en vida, había sido tan callada y abnegada que costaba imaginar que “La Sacra” y Dorotea llevaran su misma sangre.

—Ramón, dime qué te ocurre. Llevas toda la tarde sin dirigirme la palabra, pensativo y ausente. Creía que veníamos a refrescarnos en el río y, en cambio, estoy empezando a preocuparme. No quiero verte así, tan triste. ¿Dónde está esa risa que tanto me gusta, Ramón? ¿Qué sucede para que hoy la hayas dejado olvidada en la casa? —le increpó Dorotea esa calurosa tarde de julio.

Con las faldas arremangadas hasta las rodillas y los pies metidos en el agua, esperaba una respuesta, pero él seguía con la mirada fija en el horizonte, sobrepasando las huertas, y en un silencio absoluto solo alterado por las palabras de la joven.

—Padre quiere que marche a la ciudad el próximo otoño a cursar el bachillerato. Dice que en la escuela don Matías ya no puede enseñarnos más y que, sin estudios superiores, nunca seré un hombre de bien. Él jamás salió del pueblo, no entiendo a qué viene este apremio. Vivimos estupendamente y, además, no quiero dejarte aquí, Dorotea, pero no puedo desobedecer.

La joven asintió al mismo tiempo que un nudo se había formado en su garganta y las palabras atragantadas no conseguían abrirse paso.

—Madre dice que el pueblo se está muriendo  y que los mozos debemos labrarnos un futuro fuera de estas tierras —continuó cabizbajo Ramón—. No conozco nada más que estos campos, la ciudad es demasiado grande para nosotros. No es justo. Nacimos aquí, aquí es donde está nuestra gente y nuestro sustento. ¿Por qué quieren ahora, de pronto, que me vaya tan lejos? ¿Qué me van a enseñar esos señoritos que tenga algo que envidiar a las sapiencias de padre y del abuelo?

Dorotea siempre imaginó que Ramón trabajaría las tierras de su familia, como lo hacía su padre, don Cosme “El Chato”, a quien llamaban así porque su pequeña nariz contrastaba con sus grandes facciones, y como antes también hizo el anciano Tomás Carpio, “Carpi”,  como le conocían sus vecinos, abuelo paterno de Ramón.

Ella era feliz allí pero, al mismo tiempo, no concebía su vida sin él. Su cabeza se llenó de contradicciones y las lágrimas resbalaron mudas por sus mejillas.

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Capítulo 3.

Desde niños se habían criado juntos, compartiendo juegos y risas que después se convirtieron en confidencias. Con la adolescencia llegó el primer beso y al calor de los susurros y de los abrazos fugaces empezaron a imaginar un futuro juntos, entre campos y ganado.

Vivían uno al lado del otro. A simple vista sus familias y sus casas no podían ser más distintas, pero tuvo que ser una desgracia la que les uniera a todos.

La madre de Dorotea siempre quiso que su casa fuera una casa alegre, como le gustaba decir, con rejas luciendo repletas de tiestos floridos y ventanas de estampados visillos que tamizaran los rayos del implacable sol, solo traspasadas por el griterío de los niños.

Con el tiempo tuvo que conformarse con una casa adornada con flores de todos los colores imaginables y estrambóticas cortinas, pues la familia numerosa que tanto anhelaba nunca llegó. Un embarazo complicado y un parto difícil hicieron que solo pudiera dar a luz a una única hija.

Junto a la puerta de la Sacra, la casa de sus vecinos no tenía floridas ventanas ni llamativos visillos. Si algún día las tuvo, en el pueblo ya no las recordaba nadie. Amalia, la madre de Ramón vivía en un luto permanente desde que su primogénito, el pequeño Cosme, con tan solo dos años de edad, falleciera al caer en un balsón de riego, dejando a Ramón siendo hijo único cuando solo tenía unos meses. Nunca quiso tener más hijos, pese a que así se lo habían aconsejado los médicos, pero ella siempre contestaba, taciturna y ojerosa, que no quería sufrir más de lo necesario.

—Si tienes uno, sufres por uno. Si tienes más, entonces el sufrimiento se vuelve insoportable —sentenciaba retorciéndose las manos y enjugando sin éxito una lágrima que se escapaba por el rabillo del ojo para acabar mojando su mandil negro.

Nadie logró convencerla jamás y la sobriedad se apoderó de su casa y de su carácter. Tuvieron que pasar muchos años para que Amalia, Malita como la llamaba cariñosamente su marido, recuperara la sonrisa y se volcara en cuerpo y alma en hacer del pequeño Ramón el mayor orgullo de su vida. Aún así, sus ventanas seguían reflejando la tristeza que un día vivió, dejando testimonio de una desgracia que no podrían olvidar nunca.

Ambas familias se acercaron más tras el fatal accidente, y ese sentimiento de unión, hizo que siempre vieran con buenos ojos la relación entre ambos jóvenes.

—Pero deja de llorar, chiquilla, todo se solucionará. Hija, podemos arreglarlo para que vayas con él. Es un buen muchacho y te quiere de veras, desde que eráis chicos.

Con estas palabras doña Sacramento intentaba animar a su hija que, entre lágrimas, a duras penas había sido capaz de contarle la noticia.

—Madre, no sé si yo podré vivir fuera de aquí. Necesito respirar el aire de nuestras tierras tanto como el calor de nuestras ovejas, y ver salir y ponerse el sol cada jornada, y el olor de la huerta que sigue a la lluvia. Y estar con usted y con padre. Allí ¿quién me va a consolar si estoy triste? ¿A quién contaré mis cosas, madre?

Dorotea hubiera seguido enumerando todo aquello que formaba parte de su vida y que pensaba que la acompañaría hasta el final de sus días.

—Dorotea, sabes que el campo es duro y arreglar un buen matrimonio para una hija es lo que todos los padres deseamos. Así ha sido durante generaciones y no creo que cambie en las próximas décadas. Y te hablo de uniones en las que el amor no cuenta, simplemente, en el mejor de los casos, va naciendo con el roce de cada día, pero no siempre es así. Tú adoras a ese muchacho tanto como él a ti, será un buen marido. Debes considerarte muy afortunada, mi niña.

—Madre, usted siempre dijo que después de mi nacimiento su vientre se secó y que no fueron bendecidos con más hijos. Padre siempre quiso un varón que nunca llegó. ¿Quién cuidará de ustedes si yo marcho de aquí? ¿Qué será de nuestra granja y de nuestros sembrados? La ciudad está muy lejos. Solo podremos visitarles de vez en cuando, en verano, Año Nuevo y poco más.

—Siempre estarás con nosotros. Te tendremos presente cada día, en el espliego del campo, en la tierra mojada y en cada rincón de la casa. Aunque estés lejos, será como si nunca te hubieras ido, hija. Deja ya las cavilaciones, es hora de preparar tu ajuar. ¡Orgullosa estaría la vieja Micaela viendo a su nieta irse a trabajar a la ciudad! Hablaré con don Froilán después del sermón. Él tiene buenos contactos y podrá buscarte una casa respetable para que entres a servir mientras Ramón cursa sus estudios. Cuando llegue el momento de casaros, serás una ejemplar ama de casa. Desde chica te enseñé todo lo que una buena esposa debe saber. Se te da bien la cocina y tienes buena mano para la costura y la plancha. Limpiar sabe hacerlo cualquiera y, aunque nunca tuviste hermanos, los mocosos también te adoran y te rondan para que les cuentes historias y les regales dulces. Te defenderás muy bien en tu nuevo hogar. Y cuando vengáis a vernos por Navidades, o en verano, traed a este pueblo la alegría de muchos zagales. Me encantará ser abuela, y sabes cuánta paciencia tiene padre con los niños, más que con las ovejas.

Dorotea escuchaba a su madre, pero su cabeza estaba lejos de allí. Se veía encerrada entre calles y autos, entre edificios que no dejaban pasar los rayos de sol y rodeada de gente desconocida. Antes de partir ya añoraba el calor de sus vecinos y amigos. Presentía que una parte de ella se quedaría para siempre en su pequeño pueblo natal.

 

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Capítulo 4.

Sebastián, el padre de Dorotea, a la que desde que nació siempre llamaba cariñosamente Dori, había estado escuchando, en silencio, a las dos mujeres de su casa. Sin pronunciar palabra para no interrumpir la conversación entre madre e hija. Siempre envidió y admiró, a partes iguales y en secreto, esa complicidad que tanto las unía y que en ocasiones le hacía sentir relegado a un segundo plano, pensamientos que con un par de besos y carantoñas de su hija desaparecían de inmediato para dar paso a una gran sonrisa.

No podía expresar con palabras cuánto las quería a las dos. La Sacra era una gran mujer y una mejor esposa y madre. Dorotea era la niña de sus ojos y nada deseaba Sebastián con más ahínco que su felicidad. Cuando su mujer se puso de parto rezó para que fuera un varón, pero hoy reconocía que nada podría ser mejor que las alegrías que su hija le regalaba a diario.

Con su intervención quiso dar por finalizada la charla y, abrazando a la joven, contuvo la emoción antes de decirle:

—Dori, cariño, ve con él y sé feliz, cuentas con nuestra aprobación. Con el tiempo llegarás a convertirte en una gran señora y vivirás con lujos y comodidades que aquí solo alcanzarías a soñar. Madre y yo estaremos bien, juntos, como siempre hemos estado. Cuando no podamos valernos por nosotros mismos, tenemos unos ahorros que nos permitirán contratar a alguien para que lleve la granja, o la arrendaremos. Eso no tiene que preocuparte, mi niña. Esta es nuestra vida y tú debes vivir la tuya. Y si eres bendecida con hijos, estaremos esperándolos con los brazos abiertos. Me encantará enseñar a mis nietos sus orígenes, sus raíces. Recuérdalo siempre, hija, es muy importante que nunca olvidemos de dónde venimos.

En cuanto Sebastián se apartó de ella, no pudo evitar que una lágrima alcanzara su barbilla, que disimuladamente se apresuró a secar con el dorso de la mano.

—Los hombres nunca deben llorar —decía siempre el viejo “Carajo”, su padre, y abuelo de Dorotea.

Pero él no era capaz de imaginar un solo día sin su única hija en la casa.
Tomó una pequeña azada y, sin apenas volverse hacia su mujer para que no advirtiera su momento de flaqueza, solo acertó a decir con voz entrecortada:

—Mujer, volveré para la cena. Tendréis muchas cosas de que hablar y sería una buena idea comenzar con los preparativos. Os mantendrá ocupadas y el tiempo pasa muy rápido.

Con el corazón encogido se dirigió hasta el cercado de sus huertas y, dando rienda suelta a sus sentimientos, lloró como un niño mientras los recuerdos de su pequeña Dori, en pañales primero y con largas trenzas después, se iban sucediendo en su cabeza, sin alcanzar a imaginarla vestida de novia. Siempre sería su niña.

—Padre, ¿me deja usted que le ayude a pintar las cercas? Doña Flora siempre dice en la escuela que yo pinto muy bien, y que seré una gran pintora. Podría empezar por esta más pequeña ¿no cree?

Y una parte del cercado fue pintado en color rosado por una pequeña Dorotea que, según pasaban los años, seguía enorgulleciendo a su padre.

—Padre, me gustaría ir a la verbena de San Juan que se celebrará el sábado por la noche. Si me diera su permiso para que en lugar de ir con madre y con usted, este año pudiera acompañarme Ramón…

Y Dorotea, con un discreto maquillaje adolescente y las trenzas recogidas en un entramado moño que la hacía parecer mayor, asistió a la verbena del brazo de Ramón, vigilados ambos muy de cerca por la Sacra y doña Amalia.

 

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Capítulo 5.

– Estás preciosa, Dorotea. ¿Acaso has crecido durante la noche? Déjame pensar… ¿Cenaste espinacas o tal vez cebollas asadas? Dicen que unas te desarrollan y que las otras resaltan la belleza. ¡Ah, no! ¡Qué estúpido soy! Te has empolvado la nariz y llevas unos zapatos de tacón como los de doña Sacra. ¿Y dónde te has dejado las trenzas de colegiala?

Ramón seguía incansable con sus bromas y la hizo reír durante toda la velada de San Juan. Sus ojos brillaban, sus palabras aduladoras sonaban muy dulces a sus oídos y su contagiosa vitalidad la arrastraba. Sabía que era cierto lo que todos cuchicheaban. Sí, formaban una estupenda pareja, y estaba convencida de que serían capaces de formar una familia maravillosa.

Cuando Ramón pasó esa tarde por su casa, ella ya había cerrado la cesta que había preparado con ayuda de su madre: rebanadas de pan y queso curado, una marmita con guisado de venado, encurtidos y cecina. La completó con un par de manzanas y dulce de membrillo. Dispuso encima la raída mantita de cuadros que su abuela tejió para ella con mucho empeño cuando nació. Tras un breve saludo de Ramón a doña Sacra, se colgó la cesta de un brazo y con el otro se enlazó a Ramón, para dirigirse juntos hacia la campa al lado del río, sin dar ocasión a que su madre comenzara a contarle al joven las últimas novedades que habían ocurrido en el pueblo, pues se sabía cuándo empezaban estas pero no cuánto rato iba a durar su monólogo.

Ramón había cargado a su espalda un saco de leños que dejó caer junto a los que ya habían recopilado entre el resto de vecinos. La hoguera que ardería a la medianoche se vería desde muy lejos. Cuando bañaran sus pies en la orilla del río, comenzaría una noche mágica, noche de deseos y de sueños.

Sentados uno junto al otro sobre la sufrida manta y, al calor de la hoguera, fueron felices en su primera noche de San Juan, sabiéndose vigilados de cerca por sus madres, siempre devotas, siempre preocupadas por el qué dirán, y siempre orgullosas de que sus hijos, convirtiéndose ya en adultos ante sus ojos, las hicieran sentirse completas como mujeres.

Ramón y Dorotea, conscientes de que esos dos pares de ojos posados en sus nucas seguirían allí hasta que el último rescoldo de la monumental hoguera hubiera desaparecido, disfrutaron del fuego, del agua helada, de los fuegos artificiales y de la verbena. Y también de un furtivo beso que, con la complicidad de la noche y al amparo de la oscuridad, pasó desapercibido al resto del mundo.

Bailaron hasta entrada la noche y, de no ser por doña Sacra y doña Amalia que a duras penas conseguían mantener los ojos abiertos, les hubiera sorprendido allí el amanecer. De regreso a casa, Dorotea colgada del brazo de su madre no dejó de parlotear. Estaba feliz, y con esa alegría capaz de contagiar a quienes la rodeaban, hizo que la Sacra después no pudiera conciliar el sueño y, muy a su pesar, reconoció que su hija era ya toda una mujer y que pronto volaría de su lado. Su último deseo para ella, antes de dormirse después de tan larga noche, fue que fuera bendecida con una numerosa prole y que nunca llegara a sentir la soledad de la casa, como sucedería en la suya cuando ella marchara de su lado.

Le seguirían otras muchas Noches de San Juan bajo la luz de las estrellas, hasta que, unos años después, ya con una decisión tomada, Ramón y Dorotea suspiraron a la vez y su deseo fue que, en la gran ciudad, entre asfalto y bloques de hormigón, una vida mejor les aguardara a ambos.

 

Capítulo 6.

La Sacra despertó ese domingo más alterada de lo habitual. No había tenido un buen sueño, y era consciente de que los nervios que la comían no la dejarían estar tan pendiente del sermón de las diez, como acostumbraba. Un par de semanas antes había hablado con don Froilán, el párroco, y quedaron que hoy, al acabar la misa, disfrutaría con su familia de la comida dominical y charlarían sobre el futuro de su hija Dorotea.

Don Froilán, siempre volcado en echar una mano a sus parroquianos, tras la conversación mantenida con la Sacra se apresuró a contactar con algunos de sus antiguos feligreses. Conservaba buenas amistades de cuando todavía oficiaba misa en la ciudad, en la Iglesia de Santa María Catalina. Y, sería hoy, cuando les comunicaría si había logrado encontrar alguna casa decente en la que su hija pudiera entrar de doncella, hasta el día en que se desposara con Ramón. Solo entonces dejaría su trabajo para encargarse de su propia casa y de formar una familia.

La Sacra y su marido, Sebastián, confiaban plenamente en el párroco, e intentarían agasajarlo lo mejor que sabrían.

Cualquier conflicto vecinal, incluso a veces familiar, llevaba a don Froilán a interceder y mediar en busca siempre de paz y de soluciones. Así se ganó el cariño y el respeto de todos. Cuando falleció don Damián, el viejo cura, que en sus últimos sermones gustaba más del vino sagrado que de predicar las divinas enseñanzas, fue don Froilán quien llegó a su pueblo y a sus vidas.

Al principio, la gente le miraba con un cierto recelo, pues no era habitual que un sacerdote de la gran ciudad fuese enviado como párroco rural, pero le habían bastado unas semanas para ser considerado por todos como uno de los suyos. Tanto fue así que, cada domingo al finalizar el sermón, era invitado a una de las casas para compartir su comida familiar alrededor de la mesa. Y de eso, hacía ya once años.

Se rumoreaba en los corrillos femeninos del pueblo, sin malicia alguna, que cada año que pasaba don Froilán, quien llegó siendo un joven muy apuesto, para sonrojo de algunas de las mujeres y envidia de algunos de sus esposos, engordaba un par de kilos. Lo cual, lejos de imaginar lo contrario, era un orgullo para todo el vecindario, en especial, para las señoras, que competían entre ellas afanándose en sus tareas culinarias dominicales.

Cuando dejaba los hábitos en la iglesia, su solemnidad eclesiástica se relajaba,  mostrando a un hombre ya en la madurez, todavía apuesto aunque con un justificado sobrepeso, pero, sobre todo, charlatán y divertido, que incluso se permitía algún comentario, de matices ligeramente picantes, que causaba el rubor de sus feligresas, y las miradas de reproche de los celosos maridos. Pese a ello, obviamente, nunca le vieron como un rival.

Esa mañana, al poco de salir el sol, la Sacra ya estaba en los corrales de las gallinas. Una en especial llamó su atención, porque era distinta a las demás. Nació con el pico torcido, que no se enderezó con el paso del tiempo,  y siempre tuvo dificultades para alimentarse como lo hacían el resto de sus congéneres. Fue Dorotea, la que en las primeras semanas de vida, logró a duras penas alimentarla, sintiéndose feliz cuando consiguió sacarla adelante. Desde niña siempre estuvo convencida de que los huevos que ponía su gallina, a la que había bautizado como Picopallá, eran mejores que los que habían sido puestos por el resto de las gallinas de su granja, dado el trato especial que la susodicha había recibido en su infancia de corral, como repetía a menudo entre risas.

La Sacra preparó para don Froilán unas gachas y un asado que hicieron las delicias de este, acompañados de una suculenta ensalada con las hortalizas que había recogido Sebastián de la huerta. Todo era poco para agradecerle al párroco su desinteresada ayuda. De postre, llevó a la mesa un exquisito arroz con leche recién ordeñada, que sirvió condimentado con canela de primera calidad. Mientras degustaba una segunda ración, don Froilán afirmó que no lo superaba ninguno de los que, hasta la fecha, habían preparado sus vecinas.

La Sacra, hinchada de orgullo y con la estima por encima de los niveles que podrían considerarse como normales, estaba deseando que la comida finalizara, para tomar su cafelito con dulces en la merienda que, cada domingo a media tarde, organizaba en la terraza trasera de su casa doña Nieves, la boticaria.

Como quien no quiere la cosa, ella misma sacaría a colación las palabras de don Froilán, y  mirando de reojo a sus contertulianas, podría ver los mohines de envidia de sus vecinas, en especial el de la Casilda, segunda esposa del tendero, que siempre presumía de ser la que mejores postres cocinaba de todo el pueblo, y también de los de los alrededores. Según sus palabras, solo hacía falta mirar la panza de su marido, quince años mayor que ella, a quien su primera mujer, en paz descanse, aseguraba que nunca fue capaz de alimentar como era debido, y menos de endulzar. Sus comentarios, vulgares muchas veces, y su llamativa manera de vestir, no muy acorde al ambiente rural en el que se movía, siempre provocaban cuchicheos femeninos a su paso, y lascivas miradas y comentarios de otra índole en los círculos masculinos. Y el bueno de Bernardo, su marido, el tendero, besaba por donde ella pisaba.

Don Froilán, finalizada la comida, y animado ante el ponche que le había servido Sebastián, comenzó a relatar en qué habían consistido sus gestiones, tan decisivas para la vida futura de la joven Dorotea:

—Muchacha —dijo mirándola a los ojos—, he conseguido que una estupenda familia te acoja en la ciudad. Vivirás con ellos y estoy seguro de que te recibirán como si de su propia hija se tratara. Sebastián, Sacra, no tenéis que preocuparos por ella en absoluto. Os doy mi palabra. El dueño de la casa es un respetado juez, y su esposa, una devota mujer, buena de corazón y dulce donde las haya. Llevan casados más de treinta años. Cuando vivía en la ciudad, estuve en su residencia en muchas ocasiones, y todavía nos une una buena amistad, aunque ahora nos visitamos muy de vez en cuando, por la distancia que nos separa. Aún así, os digo, que he sido testigo en infinidad de ocasiones de que son un matrimonio ejemplar.

Llegada la hora, y agradecida por los resultados de la visita de don Froilán, la Sacra se fue feliz a la cama. Sabiendo que su hija tenía asegurado un  buen futuro, y también que sus vecinas, en especial la Casilda, no tendrían tan dulces sueños como los de ella. Seguro que estarían retorciéndose de envidia, y mirando ya, en el calendario que colgaba en sus cocinas, qué domingo tenía prevista don Froilán la comida dominical en sus casas. Intentarían superar su arroz con leche, de eso estaba segura, aunque en ello les fuera la vida.

Y con estos pensamientos sucediéndose en su cabeza, la Sacra, esa noche, durmió en paz.

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Capítulo 7.

Llegado el día de la partida, una húmeda madrugada de septiembre, las lágrimas inundaron el andén de la pequeña y anticuada estación, y los abrazos, imantados e interminables, hablaban por sí solos. El aire, en algunos momentos irrespirable, fue invadido por una mezcla de orgullo y de tristeza, como los de tantas familias que, viendo marchar a sus hijos del campo a la ciudad en busca de una vida mejor, a duras penas podían disimular sus encontrados sentimientos.

Don Froilán les acompañaría durante el trayecto, aprovechando la ocasión para compartir la comida con sus viejos amigos y tranquilizar al mismo tiempo a la Sacra, que ya imaginaba a una Dorotea sola y desorientada, recorriendo un laberinto de calles todas iguales, sin ser capaz de llegar a su destino.

Cuando se anunció la inminente salida, el orgullo de Cosme, padre de Ramón, se hizo patente. Dándole a su hijo unas palmaditas en la espalda, el Chato le dijo con satisfacción:—Hazte valer en la ciudad, hijo. Ten siempre presente que nadie es mejor que nadie, y que todos hemos nacido iguales, de un hombre y de una mujer. Tienes a tu alcance todo aquello que a madre y a mí solo nos estuvo permitido soñar. Nuestra juventud fueron otros tiempos. La vida sigue y nuestras reprimidas ilusiones ahora se materializan en ti.

Al joven Ramón no le bastaban las palmadas de su padre, y ahogando por completo su dolor, y sin mencionar palabra, se fundió con él en un abrazo, de hombre a hombre, como acostumbraba a decir el viejo Carpi. Por un momento, su mente retrocedió a cuando era niño y recordó a su abuelo el día en que un pequeño Ramón, de tan solo siete años, había logrado por primera vez ordeñar una cabra:

—¡Venga ese abrazo, de hombre a hombre!—. Y el viejo Tomás Carpio, satisfecho por la hazaña de su nieto, suspiró profundamente y encendió su cigarro para celebrarlo.

Doña Amalia y la Sacra no fueron tan comedidas. Sus lágrimas parecían no tener fin, y las mejillas de sus respectivos hijos eran invadidas por sonoros besos, no dejando un solo centímetro libre de ocupación. Sus consejos y recomendaciones dejarían de escucharse cuando el tren ya se hubiera alejado del andén, pero no antes.

Sebastián se mantenía apartado y silencioso, sobrecogido por el dolor de la marcha de Dorotea, e intentando que este no fuera advertido por su hija. Dirigiéndose a los dos jóvenes les deseó que fueran felices, recordándoles que ahora solo se tendrían el uno al otro y que estarían siempre presentes en sus oraciones. El beso en la mejilla con que despidió a su hija, fue la máxima expresión del amor de un padre. Dorotea, tragando saliva, y ayudada por Ramón subió las escalerillas del tren y ambos dejaron atrás su infancia.

La ciudad, a ojos de Dorotea, era mucho más grande de lo que ella la recordaba. Solo en una ocasión, cuando falleció el marido de doña Nieves, la boticaria, y esta puso en venta unas tierras, había acompañado a su padre al notario para formalizar la compra.

Don Froilán propuso acercarse hasta la residencia de estudiantes donde se alojaría Ramón y presentar sus recomendaciones a doña Matilde, la regente de la misma. La despedida entre ambos jóvenes fue triste y llena de incertidumbre. Dorotea mandaría recado a doña Matilde para que esta comunicara a Ramón las señas de su nueva casa y el día en que podrían verse de nuevo. En el último momento, Ramón tomó las manos de Dorotea y fugazmente la besó en los labios. Don Froilán, fingió ultimar detalles con la regente para no tener que recriminarles ese beso en público.

—Hemos llegado, Dorotea. Como verás la residencia de Ramón está a tan solo veinte minutos a pie. No te preocupes, hija. Le tendrás siempre muy cerca, y podréis veros más a menudo de lo que crees. Doña Teresa, la esposa del juez se hará cargo de vuestra situación y facilitará sus visitas.

Dorotea, a quien las piernas le temblaban, vio ante ella una espléndida mansión de dos plantas. Junto a la verja de la entrada, que según recordaba don Froilán, siempre permanecía entreabierta, una reluciente placa de latón rezaba:

D. Francisco Javier Buenaventura de los Campos
Dña. Teresa María de la Torre Alba
Ronda del Puig, 41

Cruzaron el jardín que se extendía a ambos lados del empedrado y que llegaba hasta la puerta de entrada. Era de pequeñas dimensiones pero cuidado con una exquisitez que Dorotea nunca había visto en su pueblo, donde las plantas y flores crecían a su antojo por doquier.

Fueron recibidos por el mismo juez quien, acompañado de su mujer, mostró su alegría ante el encuentro con su viejo amigo, y, con una calidez paternal, acogieron a la joven.

Dorotea sirvió en la residencia de don Francisco Javier durante varios años, intentando adaptarse a la vida en la gran ciudad.

Tanto él como doña Teresa, siempre la trataron como a una hija, más que como a una sirvienta. Nunca pudieron ver cumplido su deseo de ser padres y agradecieron a Dorotea que depositara en ellos su confianza, manteniendo una estrecha relación durante su estancia allí.

Cada mañana, doña Teresa y Dorotea iban juntas hasta el céntrico mercado para hacer las compras diarias y, por las tardes, la señora le pedía que la acompañara a visitar a alguna de sus amigas o a tomar una taza de café a un salón cercano. Ella lo hacía complacida, viendo en sus ojos el brillo de una tardía maternidad hecha realidad por unas horas.

Aún así, cada noche, en la intimidad de su pequeña pero cálida habitación, al colgar su uniforme en el respaldo de la silla que ocupaba los pies de la cama, no podía evitar recordar a sus padres.

Les imaginaba sentados al fresco a la puerta de la casa cuando hacía bueno o junto al calor de la gran cocina, encendida durante largas horas, cuando las temperaturas eran bajas.

La casa del juez era muy confortable. Había mandado instalar, hacía ya unos años, una calefacción que daba un ambiente agradable a todas las estancias, pero que a ella no le daba el calor de hogar que recordaba con tanta añoranza. Tampoco el fresco que entraba por las ventanas le recordaba al de los amaneceres de su pueblo, ni al de los atardeceres, cuando la noche empezaba a apuntar mientras las montañas apagaban el sol.

 

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Capítulo 8.

Libraba los domingos por la tarde y era entonces cuando podía reunirse con Ramón que la esperaba junto a la verja de la casa.

Daban largos paseos hablando de sus cosas, de los interminables días que habían estado separados. Siempre era Dorotea la que tomaba primero la palabra informando con detalle de cada hora pasada en su ausencia.

—Dorotea, respira chiquilla que te vas a ahogar. Yo también quiero contarte mi semana y si no te paro nos da la hora de regresar.

Con estas palabras y con una sonrisa, Ramón tomaría su turno de palabra cedido por una incansable Dorotea que, para regocijo de Ramón, y a pesar de las circunstancias, se sentía muy feliz en la casa del juez.

La joven no podía haber encajado mejor en su nuevo papel de hija adoptiva al cuidado del casi anciano matrimonio. Ya hacía semanas que doña Teresa le había comentado que no era necesario que se pusiera el uniforme del servicio. Ella, primero se mostró reacia a la idea, en señal de respeto, pero, tras la insistencia de la señora, pasó a vestir sus modestas ropas de calle a diario, vestuario que la propia señora de la casa renovó y amplió para sorpresa de Dorotea, que rebosaba de agradecimiento.

Fue el destino el que hizo que Natividad, una reciente viuda de mediana edad con tres hijos adolescentes todavía a su cargo, acudiera al domicilio de don Francisco Javier en busca de trabajo, ante su nueva situación y su inminente necesidad. Sería Nati, como prefería ser llamada, la que pasó a desempeñar las tareas domésticas que, hasta la fecha, eran responsabilidad de Dorotea. Y esta, cada día que pasaba, acompañaba a doña Teresa a más actos sociales y benéficos, como si de su verdadera hija se tratara, y compartía con ella la responsabilidad de las decisiones cotidianas.

Poco a poco, aprendió a moverse entre la alta sociedad de la urbe. Pese a sus estudios rudimentarios, tuvo el privilegio de que la propia doña Teresa, y algunas veces también su esposo, se encargaran de enseñarle todo lo imprescindible para moverse entre sus amistades y conocidos como pez en el agua.

Aprendió modales, protocolo, e incluso pudo dedicarse a labores de ocio en su tiempo libre: entre sus preferencias las lecturas y los bordados de medio punto. Su rápido aprendizaje en cuanto a saber estar y hacer impresionó sobremanera a doña Teresa. Dorotea no sabía cómo agradecer el trato que recibía, aún así, a diario se esforzaba en demostrarlo a su manera y con los escasos medios que tenía a su alcance.

Una tarde de miércoles, sin avisar, cuando las amigas de doña Teresa fueron citadas a la tertulia  semanal que tenía lugar en la casa, las sorprendió con unas rosquillas de vino como las que tantas veces había preparado la Sacra. Complacidas por el detalle, recibió toda clase de elogios.

En otra ocasión, ya entrado el invierno, quiso agasajar a don Francisco Javier, mientras este fumaba su pipa sentado al lado de la chimenea, con una bufanda gris que ella misma había tejido, y que le valió una gran sonrisa del juez. Su esposa, con fingido enfado, simuló estar celosa ante el regalo que la joven había hecho a su marido. Ni corta, ni perezosa, Dorotea puso sobre las rodillas de doña Teresa un paquete envuelto con un precioso papel azul y ocre, con un espléndido lazo dorado, del que las temblorosas manos de la anciana sacaron una preciosa toquilla de color marrón claro. Fue la primera vez, que Dorotea recibía de ambos, sendos besos en las mejillas. Serían los primeros de muchos, tan agradecidos estaban por la presencia de la joven en la casa, que había hecho renacer en ellos sentimientos ya frustrados en otro tiempo.

Y así, poco a poco, fue formando parte de esa familia que querían que ella sintiera como propia. Pero, pese a sentirse inmensamente afortunada en su nuevo hogar, no pasaba un solo día en que los pensamientos de Dorotea no anduvieran por su pueblo, sus huertas y su granja; añorando olores, sabores o paisajes que habían quedado atrás hacía ya mucho tiempo.

Ramón, aunque mucho más comedido que Dorotea, siempre contaba historias divertidas que ocurrían en la residencia de estudiantes donde vivía, y anécdotas acerca de la paciencia de doña Matilde, la regente, que pese a ser madre de cinco hijos varones, seguía soportando cada día, las incansables bromas de los jóvenes que alojaba bajo su techo. Siempre decía que sus hijos ya no la necesitaban, que ya eran hombres hechos y derechos, no como los estudiantes que, según sus palabras, estaban todavía a medio cocer. Tantas veces se lo repetía a Ramón y a sus compañeros, que le valió el sobrenombre de doña Matilde la de los Fogones. Ella, sabedora del mote con que la habían rebautizado, simulaba enfadarse, pero era feliz recordando en cada uno de ellos a sus propios hijos cuando apenas eran unos mocosos.

En las frías tardes de invierno buscaban cobijo en la chocolatería de Marcial, y en verano la terraza de María era perfecta para tomar un refresco. No eran los únicos que se reunían allí. Otros estudiantes, unos conocidos de Ramón y otros desconocidos para ambos, se citaban allí con alguna joven con la que empezaban a tontear, y en las mesas más alejadas siempre podía verse a algunas señoras maduras con la mirada fija en sus espaldas, que siempre recordaba a Dorotea y Ramón su primera noche de San Juan, la que pasaron juntos en el pueblo. A pesar de que transcurrían los años algunas cosas cambiaban muy despacio.

La despedida siempre era dolorosa. Un beso y un abrazo que guardarían durante una semana entera.

Ramón acabó el bachillerato y sus excelentes calificaciones le hicieron merecedor de una beca que le permitiría costearse los estudios superiores en la universidad. Los resultados altamente satisfactorios de su licenciatura en derecho, le valieron una plaza de docente en la facultad.

Se sentía afortunado. Además de su vida laboral que iba viento en popa, su relación con Dorotea era cada día más sólida y sincera. Con el tiempo, ya formalizado su compromiso, pusieron fecha para que su unión fuera para siempre.

 

 

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Capítulo 9.

Raramente veían a sus padres. En varios años, solo habían vuelto al pueblo en unas pocas ocasiones, cuando Dorotea conseguía camelarse a la buena de doña Teresa para que le diera permiso un par de días seguidos.

Esta vez todo sería diferente. Ya a la llegada pudieron ver la plaza engalanada para la ocasión y las mesas dispuestas frente a la iglesia que, en pocas horas, estarían repletas de guisos y dulces para el banquete.

El enlace fue considerado por todos como un acontecimiento extraordinario. Invitaron a vecinos, amigos y familiares. En realidad, fueron invitados todos los que allí quedaban, que ya eran pocos. Los padres de ambos no podían disimular su orgullo pero, doña Sacra vio en los ojos de su hija cuánto echaba de menos su vida anterior, no así en los de Ramón que parecía haber olvidado sus orígenes, haciendo de su nueva situación toda su historia. Los muy esperados y ausentes fueron don Francisco Javier y doña Teresa que, afectado el primero de una pulmonía, se vio obligado a permanecer en cama, para desconsuelo de su esposa.

Se desvivieron las mujeres que aún quedaban en el pueblo por ayudar a las madres de los novios a disponer los más exquisitos manjares que eran capaces de preparar. Los padres de ambos, por su parte, fueron los encargados de que el vino y el aguardiente corrieran a raudales en la gran celebración.

Sebastián, con sienes grisáceas que Dorotea no recordaba haber visto antes, fue el padrino de boda. Ya había dejado a un lado las palabras del viejo Carajo, pues habían sido muchas las lágrimas derramadas junto a su mujer desde la partida de su hija, invadidos por el silencio y la soledad de la casa.

La Sacra le hizo prometer que Dorotea nunca sabría de la tristeza que sembró en ellos con su marcha. Y, con su mejor sonrisa, Sebastián tomó a su hija del brazo para llevarla al altar, donde ya les aguardaba el novio.

Ramón, impoluto, sereno y con porte, como nunca antes nadie había visto en aquel mozo que se fue a estudiar a la ciudad, sonrió al ver entrar en la iglesia a su prometida. Junto a él, doña Amalia, ataviada con sus mejores galas para cumplir a la perfección con su papel de madrina, a duras penas podía contener los sollozos.

El día transcurrió muy rápido. Los recién casados, para quien entre todos los vecinos del pueblo habían acondicionado una pequeña casita que se arrendaba a la entraba del pueblo, disfrutaron de unos días de descanso en compañía de sus familias, haciendo que, llegado el momento de la despedida, esta fuera mucho más dolorosa de lo habitual, en especial para la joven Dorotea.

Ramón, con su esfuerzo había logrado estar muy bien considerado en su trabajo de profesor. Su salario, en principio no excesivo pero sí suficiente, les permitiría vivir bien, y habían tomado la decisión de alquilar un modesto piso de dos habitaciones, cercano a la facultad donde a diario impartía las clases.

Dorotea dejó la casa del juez para ocuparse de su nuevo hogar. Lejos quedaba ya la jovencita de piernas temblorosas que cruzó aquella verja por primera vez. Nadie que no la conociera diría que no había nacido allí, tal fue el cambio habido y su adaptación camaleónica al ambiente de la gran ciudad y de su elitista burguesía.

En más de una ocasión, cuando acompañaba a doña Teresa, un joven de adinerada familia se dirigió a esta, creyéndola madre de Dorotea, para pedir su permiso y poderla llevar a algún baile. Ambas sonreían ante la ocurrencia, causando el desconcierto del supuesto pretendiente de turno, que no podía ocultar su turbación al serle revelada la verdad. Ninguna contó jamás estas anécdotas a Ramón pues todo quedó en eso, en malentendidos. Dorotea solo tenía ojos para Ramón, y nada cambiaría por mucho que la rondaran los muchachos de la alta sociedad.

Un caro juego de maletas y sombrerera, regalo de bodas de doña Teresa y su esposo, esperaban listas en el vestíbulo de la mansión, junto a una elegante Dorotea que, sin perder el equilibrio sobre sus finísimos tacones, a pesar del temblor de sus piernas, esperaba impaciente a Ramón, apretando contra su pecho un exquisito abrigo de cachemir.

Fue una despedida entrañable donde no faltaron las lágrimas. Fundida con doña Teresa en un interminable y opresivo abrazo, tuvo que prometerle ,para que la soltara, que les visitarían a menudo y que apadrinaría en el bautizo a su primogénito, si llegaba el día.

Al año siguiente, nacería su primer hijo, a quien Dorotea quiso poner por nombre Sebastián para satisfacer a su padre, por el hermano que nunca tuvo. Doña Teresa, fue una perfecta madrina y anfitriona del evento, que se celebró en el salón principal de su residencia, con la asistencia de familiares y amigos.

En una ocasión, la Sacra acompañó a Sebastián a la ciudad para gestionar el arrendamiento de unas parcelas y visitaron a su hija y a su yerno. Doña Teresa quiso que todos comieran ese día en su casa, y  la primera vez que don Francisco Javier se dirigió a ella llamándola doña Sacramento, a sus oídos sonó como un regalo.

Así pues, cuando volvió a pisar el asfalto con motivo del bautizo de su primer nieto, lejos de molestarse con doña Teresa por el madrinazgo, le sonreía cada vez que esta o su marido se referían a ella de manera tan educada.

Muchas noches se iba a la cama pensando que su hija, en aquella misma sociedad que la asfixiaba poco a poco, algún día ya no sería la joven Dorotea llegada de provincias, sino doña Dorotea, la señora del catedrático don Ramón Urquijo Montiel. Y abrazada a sus sueños y al bueno de Sebastián, dormía feliz.

Al cabo de dos años, en su segundo parto, Dorotea trajo al mundo una niña, a la que bautizaron como Ana, patrona de su maltrecho pueblo.

El pequeño Sebastián y la recién nacida Ana crecieron entre altos edificios y ruidosas calles, entre abundante tráfico y caras desconocidas. Las visitas al pueblo cada vez fueron más espaciadas debido a los múltiples compromisos de Ramón, y a una Dorotea que nunca dijo no a su marido, relegando sus propios sentimientos a un segundo plano, y anteponiendo siempre los de él.

Yo soy la hija de Ana, la que creció desconociendo gran parte de sus raíces y  la que continuará relatando la historia de la marcha del abuelo Ramón.

 

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Capítulo 10.

Su despedida fue una breve nota que escribió apresuradamente y que entregó al señor Alfredo, el conserje, quien había asegurado haberle visto marchar con una sola maleta, con el retrato de la abuela debajo del brazo y con una gran sonrisa, dejando la puerta de su lujosa casa abierta, pero que él le confesó sentir vacía.

Allí dejó media vida, entre las paredes que vieron nacer sus primeras arrugas y sus canas, al tiempo que se sucedían también sus méritos. Por ella pasaron ilustres personalidades a quienes le unía una gran amistad desde hacía décadas, pero que hoy parecía haberse esfumado porque él así lo quiso. Se olvidó de todo y de todos.

Afirmó que no volvería jamás a pisar las aulas donde tantos años impartió clases, y a las que con frecuencia, después de retirarse, era invitado con motivo de la celebración de congresos y conferencias. ¡Le gustaba tanto moverse entre la gente! Llegó a amar de veras esta gran ciudad que le había abierto los brazos cuando la pisó por primera vez. A pesar de los años que habían transcurrido, siempre recordaría ese día como si fuese ayer mismo.

Ni su merecida jubilación había logrado apartarle del mundo académico. Y ahora renunciaba a todo, a los aplausos, a las tertulias de alto nivel… No entendíamos su decisión, que nos resultaba muy extraña. Mi abuelo nunca había sido un solitario hombre de campo. No, al menos, que nosotros supiéramos.

Formó una maravillosa familia que, sin ser demasiado numerosa, había permanecido unida. Adoraba a sus hijos y nietos, a los que vio crecer entre mimos y asfalto.

Es cierto que apenas hablaba de su niñez y, aunque sabíamos que había nacido en un pequeño pueblo, jamás nos llevó a visitarlo, y nunca llegamos a conocer su vida anterior. Desde que la abuela falleció, el hermetismo respecto a sus años mozos, como él decía, se hizo más patente. Tomando distancia tratábamos de aclarar si fue él, o nosotros, su familia, los que nos alejamos poco a poco y sin razón alguna, hasta provocar su marcha.

Seguíamos sin entender, pero había llegado el momento de saber qué había pasado por su cabeza y fuimos a visitarle a las señas que nos indicó.

Llegamos hasta una finca rural situada a las afueras de una pequeña aldea que, seguramente en otro tiempo habría sido un bonito pueblo, pero del que solo quedaban ya unas pocas casas habitadas. Las restantes a duras penas se mantenían en pie, o habían quedado reducidas a cobertizos para el ganado. Si antiguamente hubo calles, ahora estas solo se adivinaban.

No dábamos crédito. La vivienda era poco más que una cabaña de piedra oscura, franqueada la puerta por pequeñas ventanas. Junto a ella, una huerta y una destartalada casucha, que en otro tiempo bien pudo ser un corral de gallinas, o tal vez una pequeña granja de ganado. Un riachuelo de murmullo incesante que se perdía en el inmenso prado era todo lo que se escuchaba a nuestro alrededor. Al fondo, una pequeña arboleda daba cobijo a una glorieta. En el centro una rústica mesa, rodeada de bancos, algunos todavía inacabados y sin pulir. Se respiraba un fuerte olor a pino mezclado con tufo a estiércol, a partes iguales, que parecía venir de las parcelas colindantes. La calma era absoluta.

A lo lejos, reconocimos la enjuta silueta del abuelo que venía a nuestro encuentro. Nos sorprendió advertir que parecía haber rejuvenecido unos cuantos años.

—Pero abuelo…

—¡Basta! —nos interrumpió con solo una palabra, sin dejarnos continuar. Y se quedó unos instantes absorto en sus pensamientos, ausente.

Cuando su mente regresó, su discurso no se hizo esperar. Fue breve y contundente.

—No estoy solo, aquí estoy con ella. La he encontrado de nuevo. Noto su presencia en cada rincón, en cada leño de los que hay junto a la chimenea. Huelo su aroma en la hierba, en la huerta y en cada tarro de conserva. También escucho su voz junto al cauce del río y cuando la brisa agita las hojas.
Si vuestra abuela lo dejó todo por amor, ahora seré yo el versátil camaleón y me fundiré con su esencia. No puedo vivir sin ella. Aquí pasamos nuestros momentos de juventud más felices, sin público, sin multitudes. Solos Dorotea y yo, yo y Dorotea. El resto del mundo no existía para nosotros. Vivió mi vida y no la suya. Se lo debo. Permaneceré aquí hasta que me llegue la hora de partir hacia otro lado, pero lo haré con ella y esta vez será para siempre.

Muchas veces he recordado la historia de amor vivida por mis abuelos, y se la he relatado a mis hijos a medida que han tenido edad suficiente para comprenderla y darle su merecido valor. Mi familia y yo, siguiendo los pasos del abuelo Ramón, también hemos dejado la gran ciudad y regresado al pueblo, a nuestro pueblo, a los orígenes que no supimos que teníamos durante tantos años, a la parte desconocida de nuestras vidas.

Hoy el pueblo ha vuelto a renacer, como tantos otros, gracias al esfuerzo de quienes apostamos por una vida de calidad, al tiempo que cercana y entrañable.

Restauramos la propiedad del abuelo, acondicionándola para vivir y para alojamientos rurales de alquiler. Tenemos nuestra propia huerta de la que nos abastecemos, y la destartalada casucha volvió a ser una pequeña granja que nos da trabajo y satisfacciones. Mis hijos asisten orgullosos a la escuela rural. Aunque años atrás fuera impensable hasta aquí ha llegado también la tecnología. No envidiamos nada porque no carecemos de nada imprescindible. Somos felices así y nuestro aire, huela a pino o a estiércol, es nuestro y es puro.

También nuestros comienzos en el pueblo han sido difíciles pero han merecido la pena. Nuestros amigos de la ciudad nos visitan con frecuencia. Por algo será que, cuando están aquí, cada día les cuesta más volver al bullicio urbanita.

Por último, y en memoria de mis abuelos, Ramón y Dorotea, diré que a la entrada del camino que da acceso a nuestra finca, hoy luce un entrañable cartel que anuncia:

Sois bienvenidos a las «Tierras del Camaleón».

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14 Comentarios
  • Elisa
    Publicado el 22:22h, 09 julio Responder

    Me encanta vuestras historias.

  • Rosa
    Publicado el 13:15h, 10 julio Responder

    Qué conmovedor Laura. Tan real como la vida que les tocó vivir a nuestras abuelas y a nuestros abuelos. Una vida de renuncias y sacrificios, aún cuando la posición social y económica fuesen holgadas. Una hermosa historia de amor y recuerdos. Gracias por escribirla Laura. Un abrazo inmenso.

  • Clàudia Salgado
    Publicado el 20:00h, 12 julio Responder

    Es de los relatos más bonitos y que más promete. Gracias Laura por escribirlo y gracias a El Abuelo de los Melones por hacernoslo llegar. Esperando más entregas con mucha ilusión.

    • Melones el Abuelo
      Publicado el 08:22h, 15 julio Responder

      Gracias a ti Claudia, Laura ha escrito una historia muy bonita y emocionante!

      Un saludo.

  • Olga Gonzalez
    Publicado el 15:47h, 14 julio Responder

    doble sorpresa para mi hoy,me sorprendío el capitulo 2 sin percatarme del anterior,me encanta la historia y disfruté de 2 capitulos en uno,qué no demore la próxima,gracias por entretenernos con tan bellas y romanticas historias

    • Melones el Abuelo
      Publicado el 08:21h, 15 julio Responder

      Gracias a ti por seguirlas Olga!

  • Carmen
    Publicado el 19:48h, 25 julio Responder

    Me gustan mucho vuestras historias, hasta el proximo capitulo,

    • Melones el Abuelo
      Publicado el 07:38h, 31 julio Responder

      Nos alegra mucho leer eso Carmen, seguiremos publicandolas!!!

  • Olga Gonzalez
    Publicado el 05:40h, 26 julio Responder

    esta historia me transporta a mi juventud y a mi pueblo, hago mia estas vivencias que añoro y me encantan, gracias a los qué la hacen posible,un saludo

    • Melones el Abuelo
      Publicado el 07:42h, 31 julio Responder

      Qué bonito Olga, Laura ha sabido describir muy bien los lugares en los que se ambienta la historia. Esperamos poder seguir emocionándote.

      Un saludo.

  • M victoria
    Publicado el 21:31h, 06 agosto Responder

    Me a encantado e leído todo de un tirón capitulo tras capitulo hasta el final pero siempre con ganas de más muy buena historia de amor y respeto gracias

    • Melones el Abuelo
      Publicado el 15:08h, 07 agosto Responder

      Nos alegra que te haya gustado M Victoria,

      Un saludo!

  • José Vicente Ramón Moreno
    Publicado el 19:11h, 18 agosto Responder

    Estoy seguro que todos hemos quedado pendientes del desarrollo de una nueva parte o capítulo

  • Amalia
    Publicado el 20:50h, 15 octubre Responder

    Preciosa historia

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