Camaleón

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Camaleón

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Llegó el verano y con él uno de nuestros relatos que tanto os gustan. Os presentamos Camaleón, una historia llena de pasión escrita por Laura R. Sábado, donde un bonito amor de antaño se apodera del relato. Junto a los protagonistas, Ramón y Dorotea, conoceremos el verdadero significado del sacrificio por la persona a la que amas.

 

Esperamos que os guste!!! 

 

Capítulo 1.

Cuando nos llegó la noticia de que mi abuelo había dejado la ciudad  para trasladarse a vivir al campo, pensamos que su cabeza había dejado de regir bien. Jamás comentó que conservara allí propiedad alguna.

Atrás dejaba su pasado, su posición. Era una eminencia, vivía rodeado de lujos y de comodidades, adulado por unos y envidiado por otros. Tomada la decisión, no se molestó ni en descolgar los diplomas de las paredes, reconocimientos merecidos por una vida entera, conseguidos con mucha dedicación y esfuerzo.

Solo se llevó el retrato de mi abuela Dorotea, de la que se enamoró siendo ambos muy jóvenes, y con la que lo compartió todo. Lo abrazó y lo envolvió con esmero, según palabras del conserje, único testigo de su partida.

—Le gustaba ese cuadro en especial —dijo con timidez el señor Alfredo, al tiempo que nos entregaba una copia de la llave para que pudiéramos entrar en casa del abuelo—. Tuve que cerrar, ¿saben?  Él no se molestó en hacerlo. Dijo que les entregara a ustedes esta nota, pero que no se preocuparan por él, que estaría bien allá donde iba. Parecía feliz, como nunca le había visto desde hacía mucho tiempo. Éramos amigos ¿saben? Aquí  los dos solos, tantos años… Cuando mi Emiliana también se fue, comenzó nuestra verdadera amistad. Siempre nos gustaba imaginar que ellas estarían juntas, charlando sobre nosotros dos, sabiendo con certeza que nunca las olvidaríamos y que seguirían presentes aquí, en cada rincón de nuestras casas.

“Su abuelo le hablaba al retrato de doña Dorotea, ¿saben? Como si ella todavía estuviera a su lado. Cualquier extraño podría pensar de él que estaba ido, pero yo fui testigo, día tras día, de cuánto la había amado y de cuánto la añoraba todavía. Su cordura regresaba cuando sus recuerdos se alejaban, y era entonces cuando, intentando recuperar la compostura, me decía:

—Qué, Alfredo, ¿hace un vermut y una partida?—. Y ese era el comienzo de largas horas pasadas entre alfiles, reinas y torres, en completo silencio. Y así transcurrían sus días, hasta que los recuerdos regresaban de nuevo, haciéndolo cada vez con mayor frecuencia, pero siempre sin avisar y sorprendiéndole con la guardia bajada.”

Las palabras del conserje nos conmovieron. Mi abuela fue su vida, su “camaleón”, como le gustaba llamarla, la que renunció a una vida propia al unirse a él, aunque ese no fuera su mundo. Aprendió a ser una gran señora, querida por todos. Su bondad y su saber estar obraron milagros en la encorsetada sociedad de la época que a ambos les tocó vivir. Siempre estuvieron rodeados de gente reacia a admitir en su círculo a los llegados desde provincias. Si además se erigían como triunfadores entre los adinerados, cuyas fortunas les habían venido dadas desde la cuna sin esfuerzo alguno, la situación se tornaba más delicada. Pero supieron moverse entre ellos y salir adelante.

La abuela Dorotea, ahogada entre el cemento de la gran ciudad, nunca alzó su voz. Siempre estuvo a la altura, fuesen cuales fuesen las circunstancias, pero se fue demasiado pronto.

La enfermedad de la tristeza la consumió poco a poco, sin que nadie nos diésemos cuenta, como tampoco ahora éramos capaces de ver que la soledad, lentamente, se había apoderado del abuelo.

Regresaba a su hogar.

 

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Capítulo 2.

Como cada tarde de domingo, Ramón se había presentado a las cuatro en casa de doña Sacramento, madre de Dorotea, la Sacra como era conocida en el pueblo, saludándola con mucha cortesía:

—Que tenga buena tarde, doña Sacra.

—Que la tuya también lo sea, hijo.

—¿Don Sebastián descansa?

—No, hijo, no sabe qué quiere decir esa palabra. Ha salido un rato con sus aperos a trabajar en la huerta. Con lo que me traiga prepararé una buena cena, que hoy cenaremos al fresco. Dile a tus padres si quieren pasarse, anda, que también he preparado unas rosquillas de azúcar y vino, que con un anisete te hacen rejuvenecer.

—Delo por hecho, mujer. Seguro que madre, con su inseparable rebeca, tomará el fresco y las rosquillas con ustedes. El anisete será padre quien dará buena cuenta de él. Prepárese para oírle cantar sus jotas de toda la vida. No cambia nunca de repertorio. Bueno, solo a veces deja tranquilas las jotas para cantar por Valderrama. Y sepa que madre ha tejido una toquilla para usted, siendo tan friolera como es ella, cree que todos vamos por ahí dando tiritones. En fin…

La Sacra, a quien le gustaba más hablar que escuchar, continuó hablando interrumpiendo a Ramón:

—Y, como te decía, hijo, no será porque no le digo veces a Sebas: “¡Válgame Dios, que un día le va a dar algo, con este sol que parece dispuesto a dejarnos el cuerpo sin humedad!” Pero ya ves, él es así. Todo le parece poco, siempre pensando en todos antes que en él mismo. Y claro, que yo no digo que el campo no sea sacrificado, pero él no tiene medida ni fin. Y no será porque no le diga, pero Sebastián…

En ese momento apareció una jovencísima Dorotea que, dando un sonoro beso a su madre en la mejilla, y con la gracia natural con que se desenvolvía siempre, no tardó en recriminarle con un guiño de ojo:

—Madre, déjeme algo que contar a mí. Si usted ya le cuenta todas las novedades a Ramón, esta tarde nos aburriremos porque ya no sabremos de qué charlar.

—¿Aburriros los jóvenes? —continuaba imparable la Sacra—. ¡Anda, zalamera!, que no tendréis cosas mejores que hacer que contaros historias de viejos. Y no te sonrojes hija, que yo también he sido joven. Menudo mozo era tu padre cuando íbamos a la alameda a merendar y a refrescarnos en el río. Recuerdo un día en que…

—Madre, por favor,…

—Ya ves, hija, no tengo remedio, claro, si tu padre no fuera tan suyo y tan callado… Marchad y regresad antes de que anochezca. Y tú, Ramón —añadió con un dedo amenazador que no atemorizaba a nadie—, trátala bien. Que si yo me entero que a mi niña…

—Madre…

Y lanzándole a su madre un beso al aire, Dorotea tomó a Ramón de la mano y ambos salieron riendo, dando un portazo que hizo que la Sacra se sobresaltara.

—¡Por Dios, esta juventud! ¡Qué pocos modales tienen! Todo vale, hasta dejar a una con la palabra en la boca ¿No cree, madre?

Continuó su perorata, dirigiéndose ahora al retrato de la anciana doña Micaela que, en vida, había sido tan callada y abnegada que costaba imaginar que “La Sacra” y Dorotea llevaran su misma sangre.

—Ramón, dime qué te ocurre. Llevas toda la tarde sin dirigirme la palabra, pensativo y ausente. Creía que veníamos a refrescarnos en el río y, en cambio, estoy empezando a preocuparme. No quiero verte así, tan triste. ¿Dónde está esa risa que tanto me gusta, Ramón? ¿Qué sucede para que hoy la hayas dejado olvidada en la casa? —le increpó Dorotea esa calurosa tarde de julio.

Con las faldas arremangadas hasta las rodillas y los pies metidos en el agua, esperaba una respuesta, pero él seguía con la mirada fija en el horizonte, sobrepasando las huertas, y en un silencio absoluto solo alterado por las palabras de la joven.

—Padre quiere que marche a la ciudad el próximo otoño a cursar el bachillerato. Dice que en la escuela don Matías ya no puede enseñarnos más y que, sin estudios superiores, nunca seré un hombre de bien. Él jamás salió del pueblo, no entiendo a qué viene este apremio. Vivimos estupendamente y, además, no quiero dejarte aquí, Dorotea, pero no puedo desobedecer.

La joven asintió al mismo tiempo que un nudo se había formado en su garganta y las palabras atragantadas no conseguían abrirse paso.

—Madre dice que el pueblo se está muriendo  y que los mozos debemos labrarnos un futuro fuera de estas tierras —continuó cabizbajo Ramón—. No conozco nada más que estos campos, la ciudad es demasiado grande para nosotros. No es justo. Nacimos aquí, aquí es donde está nuestra gente y nuestro sustento. ¿Por qué quieren ahora, de pronto, que me vaya tan lejos? ¿Qué me van a enseñar esos señoritos que tenga algo que envidiar a las sapiencias de padre y del abuelo?

Dorotea siempre imaginó que Ramón trabajaría las tierras de su familia, como lo hacía su padre, don Cosme “El Chato”, a quien llamaban así porque su pequeña nariz contrastaba con sus grandes facciones, y como antes también hizo el anciano Tomás Carpio, “Carpi”,  como le conocían sus vecinos, abuelo paterno de Ramón.

Ella era feliz allí pero, al mismo tiempo, no concebía su vida sin él. Su cabeza se llenó de contradicciones y las lágrimas resbalaron mudas por sus mejillas.

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6 Comentarios
  • Elisa
    Publicado el 22:22h, 09 julio Responder

    Me encanta vuestras historias.

  • Rosa
    Publicado el 13:15h, 10 julio Responder

    Qué conmovedor Laura. Tan real como la vida que les tocó vivir a nuestras abuelas y a nuestros abuelos. Una vida de renuncias y sacrificios, aún cuando la posición social y económica fuesen holgadas. Una hermosa historia de amor y recuerdos. Gracias por escribirla Laura. Un abrazo inmenso.

  • Clàudia Salgado
    Publicado el 20:00h, 12 julio Responder

    Es de los relatos más bonitos y que más promete. Gracias Laura por escribirlo y gracias a El Abuelo de los Melones por hacernoslo llegar. Esperando más entregas con mucha ilusión.

    • Melones el Abuelo
      Publicado el 08:22h, 15 julio Responder

      Gracias a ti Claudia, Laura ha escrito una historia muy bonita y emocionante!

      Un saludo.

  • Olga Gonzalez
    Publicado el 15:47h, 14 julio Responder

    doble sorpresa para mi hoy,me sorprendío el capitulo 2 sin percatarme del anterior,me encanta la historia y disfruté de 2 capitulos en uno,qué no demore la próxima,gracias por entretenernos con tan bellas y romanticas historias

    • Melones el Abuelo
      Publicado el 08:21h, 15 julio Responder

      Gracias a ti por seguirlas Olga!

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