Los días pasados | Melones el Abuelo desde 1928
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Los días pasados

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Los días pasados

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Con la entrada del otoño volvemos con un nuevo relato, “Los días pasados” trata de  una historia de valentía y coraje que tiene lugar entre el siglo XIX y XX. Una historia que relata la vida de una niña hecha mujer que desciende de una familia acomodada, y por infortunios de la época va perdiendo puestos en la escala social. Mostrando los problemas de subsistencia a los que se enfrenta una mujer en ese tiempo y haciendo grandes sacrificios para superar cuantas dificultades se le presentan.

Esperamos que os guste!!! 

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Los días pasados:

Capítulo 1. Un cabrito para San José

“El tiempo es como un río que arrastra rápidamente todo lo que nace.” Marco Aurelio, emperador romano del 161 al 180 d.C

19 de marzo de 1935, el tibio invierno en el campo de Cartagena da sus últimos coletazos, ese avance inevitable de los días que pospone el ocaso, va anunciando la venida de una nueva estación. Allí donde se confunden los términos de San Javier, Torre Pacheco y Murcia, el paisaje es marcadamente rural, un espacio salpicado de tierras de labor y pequeños núcleos de población que han ido extendiéndose al calor de las parroquias y sus anejas. En él conviven pequeñas propiedades con vastos latifundios, los cuales dan cabida en sus dominios a humildes casas de labradores que desarrollan su actividad agraria a cambio del pago de una renta; a veces en dinero, otras muchas en especie. El trigo y el olivo predominan en este paraje como sustento elemental de los lugareños, también, aunque en menor medida las viñas, higueras y garroferos. La vida resulta especialmente dura por la escasez del bien más preciado para la existencia; el agua, dependiendo en su mayoría de las lluvias ocasionales, tanto para el riego de los campos como para el uso en el hogar y la cría de animales. El producto que da la tierra es el motor de una economía orientada al autoconsumo, y los pocos excedentes son utilizados para el trueque, venta o pago en especie para el desahogo de la familia. Empinar la olla es la preocupación más presente en el día a día de sus gentes.

En pocos días, serán cuatro las fechas desde que el Rey Alfonso XIII tuvo que abandonar el país embarcando desde el puerto de Cartagena hacia el exilio con destino a Francia. Son tiempos convulsos y de incertidumbre en una España recientemente despojada de sus últimos reductos imperiales. Una decadencia que la aleja irremediable de la vanguardia europea. En casa de Rosa, como en muchos otros hogares de la zona, son ajenos al devenir del país, en su quehacer diario no se encuentran inquietudes de este tipo, siempre más centrados en la supervivencia y en el bienestar de sus familias. No caben distracciones que no les atañen.El pequeño José María de cinco años muestra una vitalidad arrolladora; brinca, corretea y provoca a sus hermanos mayores, Antonio y Joaquín a perseguirlo. Los tres han salido adelantados por el camino que cruza el pueblo hacia la casa de la abuela Rosa. Es cerca de mediodía. Tras ellos, su padre Antonio les sigue con paso firme, mantiene la distancia, ellos saben que su padre les observa, y por el respeto que le tienen no quieren molestarlo. Antonio les mira, pero su cabeza está en otro sitio, tuerce el gesto, le apena recordar a los que ya no están en un día como aquel, no quiere entristecerse, o por lo menos demostrarlo. Como hombre que es, debe mantener la entereza y seguir siendo recio en el sentir, un espejo donde sus hijos puedan mirarse.La travesía llega a su fin tras recorrer algo más de un kilómetro por caminos y sendas que se alejan del pueblo, se detienen ante una humilde casa de un solo cuerpo. Dos ventanales sin reja miran al mediodía, al frente un robusto pino sostiene la única sombra que alivia las crudas tardes de verano. Ya en la puerta, los tres hijos se detienen hasta que su padre llega, Antonio empuja la puerta entreabierta y se cuela a través de un pasillo que da a la estancia principal de la vivienda. Una pequeña mesa de madera con seis sillas de pleita presiden aquella sala, un candil aún apagado cuelga de una de las paredes, y un retrato que dibuja una pareja de otro tiempo, son los únicos ornamentos que rompen con la monotonía de aquellos sobrios muros bañados de cal. En torno a la cocina de leña dos mujeres hablan en tono afable, una de ellas es Carmen, la mujer de Antonio, la otra es una anciana de setenta y tantos, viste de riguroso luto, falda por los tobillos y blusa abrochada hasta el cuello. De mirada penetrante, ojos verdes y gesto altivo. Su tez ajada de los años, muestra los estragos de una vida que aprieta pero no ahoga, cada huella imborrable que el tiempo ha grabado en su rostro revela el peso de su existencia.

Al entrar, Antonio anuncia su llegada. -¡A la paz de Dios!- Los niños continúan con el saludo, -¡hola abuela!- , seguidamente los tres se acercan a la anciana que les corresponde con gestos de aprobación tocándoles la cabeza. Instintivamente, Antonio busca la mirada de aquella vieja que no tarda en encontrar, ambos se interpretan con breve sigilo. Tras unos segundos de silencio, -¿Cómo va la mañana madre?- Preguntó el. –Bien, hijo. Preparando la comida hemos estado-. Ella replicó escueta sin entrar en más detalles. Rosa sí tenía algún achaque de última hora no es de las que le gustara preocupar a los suyos.Aquel día era una cita marcada en rojo en el calendario, es la onomástica de San José; cabeza y defensor de la Sagrada Familia, aquel que abnegado acató la misión de proteger al hijo de Dios. En jornadas así, tocaba comer carne, solo reservada para fechas especiales. Al caer la tarde del día anterior, Carmen y su suegra habían matado un cabrito de los que con mucho esfuerzo esta criaba en casa. Colgado en el patio, el helor de la noche lo prepararía para partirlo a otro día.Sentados a la mesa, los niños comen con afán porque en raras ocasiones varía el menú diario de migas con algún huevo duro. Rosa interrumpe los silencios del que tiene todo dicho con breves comentarios, -Aprovecha Pepito que hoy es tu Santo y no sabemos cuándo nos veremos en otra de estas. El pequeño José María le contesta con una sonrisa cómplice que a la anciana le llena de satisfacción. La dicha que le embarga por tener a esos tres jovencitos en su mesa apacigua el malestar de los recuerdos que le abruman. –Tomen la enseñanza que les da esta vieja señoritos-, apostilló -el tiempo es vida, y la vida es tiempo. “Todo es cuestión de tiempo. Del tiempo que das, del tiempo que te dan, del que dispones, del que malgastas, del que disfrutas…Todo es cuestión de tiempo. Es lo más valioso que tienes y es lo más valioso que alguien te puede dar” .

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